La cultura popular y el Perú del mañana
1.- Introducción
El Perú moderno resulta de las migraciones y de la consiguiente concentración urbana. En poco más de cincuenta años la realidad se ha invertido de manera que el 65% de población rural del censo de 1940 ha dejado paso, en el último censo de 1993, a un 70% de población urbana. De otro lado con las migraciones la población se ha trasladado de la sierra a la costa. En conjunto, de 7 millones en 1940 ahora hemos pasado a ser cerca de 26 millones (2003). Ahora bien, si los cambios demográficos se registran con precisión, no ocurre lo mismo con las transformaciones culturales. ¿Qué rupturas y qué continuidades se producen en el migrante en su tránsito entre la vida campesina y la urbana?¿En qué medida el migrante marca la cultura de sus hijos, nacidos ya en el nuevo entorno urbano? En la nueva cultura que está surgiendo: ¿predomina la hibridación que sintetiza o la escisión que fragmenta? Por último ¿Cuál es el impacto de los cambios en la nueva urbe sobre la cultura campesina?
Estas preguntas han recibido respuestas que no dudaríamos de calificar de ideológicas en cuanto están definidas más por un deseo de poder, y de afirmación personal y colectiva, que por una investigación concienzuda de la realidad. La respuesta emblemática es la del escritor Mario Vargas Llosa que renueva la vieja tradición criolla de negación de lo andino. Para este autor la modernidad implica la uniformización de los modos de vida en torno al patrón occidental. Entonces la cultura andina representa lo arcaico, aquello que tiene que superarse para ser un país próspero de ciudadanos uniformes. Esta perspectiva explica mucho de lo que sucede en el Perú pero también invisibiliza las realidades, como la persistencia de gustos, valores y costumbres, que no encajan en el molde de una modernidad homogénea. La visión simétricamente opuesta sería la representada por el fundamentalismo andino. Se trata de una propuesta tradicionalista, que enfatiza la continuidad y que, sin rechazar lo moderno, lo percibe con hostilidad y desconfianza. En esta propuesta palpita un deseo de poder de las elites andinas desplazadas por la modernización. Apela a los valores de autenticidad y autonomía. Entraña, sin embargo, un rechazo, a veces visceral, del otro diferente. Hoy en día esta propuesta está encarnada por el Humalismo. En la propuesta representada por Vargas Llosa el deseo de identificación y mimetismo con la modernidad eurocéntrica produce un rechazo de parte de sí, una vergüenza, típica de la colonizada mentalidad criolla. Mientras tanto en el fundamentalismo andino la resistencia contra occidente y el deseo de una originalidad absoluta produce también una ceguera mutiladora, un purismo anacrónico. En todo caso ambos discursos son autoritarios pues reniegan de la diversidad y pretenden imponerse como verdades incontestables.
Las respuestas reseñadas son demasiado simples y poco matizadas. En realidad lo vasto y urgente del tema, el análisis de la cultura popular urbana, nos debe obligar tanto al esfuerzo como a la cautela. En efecto, si bien es necesario reducir la complejidad, tampoco se trata, sin embargo, de caer en la simplicidad. Entonces no queda otro camino que manejar una tensión entre las imágenes unificadoras y la información que por su propia abundancia, disgrega. Digamos que entre la necesidad de síntesis y la imposibilidad de absorber la enorme cantidad de datos existentes, sólo nos quedan soluciones de compromiso; algo así como planos intermedios que nos permitan intuir la realidad del bosque sin perder de vista la singularidad de los árboles. En concreto, lo que me propongo es presentar varios pequeños estudios que signifiquen calas monográficas, suerte de hitos que puedan ayudar a definir una cartografía de la cultura popular en el Perú de hoy.
Los migrantes y sus hijos son el sector más dinámico de la sociedad peruana. En la economía, en la política, en la cultura: en todas las esferas de la vida social este mundo emergente ha hecho sentir su influencia. En la economía ha aportado su laboriosidad y sentido de iniciativa para establecer una nueva economía. En este nuevo mundo social ha surgido un nuevo empresariado que algunos autores llaman una “burguesía chola”. Un sector pujante pero aún demasiado concentrado en los logros económicos como para producir una imagen de sí y del nuevo mundo que encabezan. En la política los migrantes y sus hijos han revelado una actitud pragmática. En efecto, faltos de una representación política más orgánica han apoyado a los candidatos que sienten como próximos e incluyentes. Han sido poco dados a lealtades doctrinarias, valorando sobre todo la efectividad por encima, incluso de principios y procedimientos. En el campo de la cultura este sector ha tendido al acriollamiento y a la apertura a la globalización. Esta proclividad al cambio oculta, sin embargo, apuestas decisivas por la continuidad. Se trata de la preservación de identificaciones, quizá avergonzadas y no del todo asumidas, pero vigorosas en sus expresiones prácticas. En este aspecto el logro más contundente es la recreación de la música vernacular en versiones en las que se fusionan ritmos y se integran los más diversos instrumentos. No debe sorprender que los logros más notables, en el campo de las continuidades culturales, se den en las artes que involucran más al cuerpo, como son la música y la danza. En verdad, se trata de expresiones más abiertas y accesibles pues no requieren de la reflexividad y de la autoconciencia que solo una dilatada educación puede otorgar; como es el caso de la Literatura y de las Ciencias Sociales. No obstante ya han comenzado a surgir los primeros intelectuales que son hijos o nietos de campesinos. Es decir, gente de libros que tiene muy cerca la cultura andina y que ha comenzado a elaborar la experiencia popular como solo puede hacerlo una persona que la ha vivido desde adentro.
Pero mostrar la continuidad del mundo urbano popular con la cultura andina campesina, y poner en evidencia sus logros, no significa cegarse a sus desgarramientos y alienaciones. De allí la conveniencia de las “calas monográficas”, de los estudios de caso. Entonces, en concreto, me remitiré a investigaciones concretas, y retomaré la discusión más general al final de esta ponencia.
2.- Referentes identitarios de los jóvenes escolares del colegio “José María Arguedas”
A continuación expongo los resultados de una investigación que trata de responder a las siguientes preguntas: ¿Cómo perciben la realidad social del Perú los jóvenes del colegio mencionado? ¿Cómo se definen a sí mismos?
La sociedad peruana es percibida por estos jóvenes como fundamentalmente injusta. Lo decisivo es el dinero y el poder; entonces los débiles, aún cuando tengan la razón y el derecho, permanecen excluidos.
En sus enunciaciones orales, los jóvenes no se identifican ni como abusivos ni como víctimas. Su posición suele ser la de espectadores que critican lo mal que van las cosas. Pero en el caso de la enunciación escrita aparece un panorama distinto. En el recuento de la realidad surge la posición personal de manera que en sus escritos (testimonios, relatos, crónicas) los jóvenes se refieren a experiencias en las que ellos mismos han sido objeto de abusos o autores de injusticias. Entonces, el problema no estaría sólo en una realidad externa de la que se es testigo impotente, sino también está en el propio individuo que hace lo que no debe. En la comunicación más privada se admite ser parte del problema. Este desfase entre lo público y lo privado debe ser comentado. Es claro que la enunciación pública está sometida a un control social. No es “correcto” decir que uno ha abusado y, quizá menos aún, confesar haber sido objeto de una injusticia. El control social prescribe invisibilizar la propia experiencia en función de los ideales sociales a los que supuestamente tenemos que responder. En la enunciación confidencial, privada, es más fácil revelarse como incriminado en la injusticia.
Es un hecho que los jóvenes se avergüenzan de manifestar en público sus experiencias. Hay una censura que niega y/o reprime la visibilización de lo vivido. Esta censura tiene muchas raíces. Es el pudor de no mostrarse en falta respecto a los códigos morales que prescriben no mostrar ni lo malo ni lo débil, porque ni lo malo ni lo débil deben existir y menos en nosotros.
Los jóvenes se definen a partir de identificar quiénes no son ellos. Se elude, en cambio, el tema de quienes son. Entonces, en su visión de la sociedad peruana tenemos a la “gente del campo”, vista como sufrida e ignorante, aislada de la civilización. Viven lejos y son buenos e inocentes, pero están atrasados, fuera de lo contemporáneo. Y tenemos, de otro lado, a los “extranjeros”, a los “pitucos”, al mundo de los patrones que son vistos como abusivos y discriminadores. Ahora bien, en este marcar la distancia respecto a estos dos grupos se configura un nosotros implícito. Un nosotros que no es ni extranjero, ni tampoco atrasado. Se concibe, implícitamente, como nacional (en contraste con los discriminadores) y actualizado (en referencia a la gente del campo). Pero este nosotros está oculto.
Ahora bien, pese a la distancia que enarbolan con lo indígena, muchos de estos jóvenes participan en conjuntos de bailes tradicionales. Y lo hacen con un entusiasmo que sería incomprensible si uno tomara al pie de la letra su (des)valoración del mundo andino como lejano e inactual. En realidad, la mayoría de los jóvenes son hijos de migrantes, sus padres y sus abuelos son esa “gente del campo” de la que ellos hablan con tanta distancia. Al figurarlos como remotos, al debilitar el vínculo, los jóvenes están actuando el mandato de negación de lo andino. La identificación es inconsciente o vergonzante; en todo caso, no da prestigio. Por otro lado, la visión hostil del mundo acomodado pone en evidencia una continuidad involuntaria con lo andino, entendido como lo nacional que fue excluido y que ahora excluye.
Este nosotros implícito, nacional y popular, tendencialmente excluyente, clama por una autoestima que aún no alcanza. Desde un sentimiento de carencia los jóvenes consideran que el problema del peruano es que se avergüenza de lo que es y que esta situación le imposibilita un despliegue convencido de sus energías. Ahora bien, se repite una y otra vez que la autoestima podría ganarse mediante la educación, a través de un valorar adecuadamente los logros de los peruanos, desconocidos por los extranjeros. Lo ideal sería asumir la tradición y esforzarse pero para ello sería necesaria la educación pues la gente no vale sino sabe.
Ahora bien, se puede concluir que en la subjetividad de los jóvenes la identificación práctica con lo andino no está asumida sino escondida. Esta vergüenza mina la autoestima pues se resulta siendo lo que no tiene prestigio. Para los jóvenes la solución pasa por la educación letrada como espacio donde podría valorizarse lo andino, legitimar una identificación que ahora cuesta asumir.
En las narrativas elaboradas por estos jóvenes prima una impronta decididamente trágica: sufrimiento, tristeza, impotencia. No obstante, la “vida narrada” es mucho más triste que la práctica cotidiana o la “vida vivida”. La fiesta, el humor, la alegría raramente aparecen en los relatos. Es como si la gente viviera de preferencia en lo traumático. Las experiencias afirmativas no son recogidas. Quizá porque estas experiencias de plenitud remiten a esas identificaciones vergonzantes, inconscientes, de las que no se puede hacer gala.
Las relaciones entre lo peruano, lo nacional y lo andino son complejas en la subjetividad de estos jóvenes. Lo nacional se restringe a lo popular pues las clases más pudientes, usualmente racistas y marginadoras, quedan excluidas. No obstante la raíz de lo popular-nacional que es lo andino queda oculta por una vergüenza que impide que la identificación práctica o inconsciente con esta tradición sea asumida plenamente. Esta dificultad para identificarse con lo que está dentro de uno es causa de depresión y baja autoestima. En realidad, es difícil integrarse y quererse cuando partes fundamentales de uno mismo son despreciadas. Entonces, lo peruano al no poder integrar abiertamente lo andino, termina siendo algo frío, oficial, distante de la nación. Los símbolos patrios no despiertan mucho fervor. Esta situación supone dos desafíos que son como la cara y el sello de la misma moneda. La cara es revalorar e identificarse con lo andino. El sello es liquidar el racismo y crear una comunidad incluyente.
No obstante, responder a estos desafíos es muy problemático puesto que, paradójicamente, los migrantes exitosos tienden a mudarse al mundo de los marginadores. Es decir, los débiles que se tornan fuertes excluyen y explotan. La unidad del mundo emergente es entonces difícil. El que ayer fue pobre y despreciado, y que hoy ha “triunfado”, asume los privilegios y la exclusión como la base de su identidad. Tiende a repetir con los otros lo que hicieron con él. Esta situación nos lleva a subrayar la importancia de la lucha contra el racismo en el propio mundo migrante y popular.
3.- La relación entre lo criollo y lo andino en el discurso de un performer callejero.
“Hay que ser vivos, zampaos, hay que usar el coco. El que no lo usa está jodido. Aquí el que no es vivo no muerde, el que no llora no mama. Carajo, ¿cuándo has visto que un echao triunfe? El mundo es los aventados. Ahí lo tienen (apuntando al monumento de Pizarro) ese cojudo que está montado en su caballo era un pastor de cerdos; si un pastor de chanchos para decirlo de una forma más clara para que entiendan. Por aventao vino al Perú, por eso olemos a chancho, mató a un montón de indios, nuestros hermanos, y se comió a las hembritas vírgenes, fundó esta caca que se llama Lima y, ¿ya ven? Le han hecho un monumento, me dan ganas de cacharlo. Un día voy a pasar con un fierro caliente y le voy a hacer un hueco en el culo y después le voy a cachar, le voy a hacer gritar. Pizarro nunca estuvo en la Universidad y conquistó el Perú con otros trece huevones ¿por qué? Por aventao pues. Carajo, si no eres vivo, así salgas de la Sorbona, de la sorbona y de cualquier puterío no haces nada”
(Texto reproducido por Urpi Montoya)
Desde su desenfado y marginalidad este discurso resulta sin embargo decisivo para entender el desgarramiento de la subjetividad de muchos migrantes. Atrapados entre un deseo de progreso que se asocia al acriollamiento, y al achoramiento, y un sentimiento de pertenencia al mundo andino.
Desde un identificarse con la figura de Pizarro el performer asume un discurso que podría tildarse de criollo-achorado. La cadena de equivalencias que sostiene a este discurso es la siguiente: viveza-inteligencia-transgresión-triunfo-satisfacción. Esta cadena tiene sentido en tanto se opone a otra: zonzo-quedado-echao-perdedor. Ser ingenioso, inteligente, significa transgredir. Las leyes se han hecho para los que no son capaces de “aventarse”, para los que se quedan. Esta sabiduría criollo-achorada remite a la idea de lo social como una jungla: los “aventados” se comen a los “echaos”. Pero si se examina con más detalle esta metáfora de la jungla se concluye que es tramposa pues recomienda que todos sean “aventaos”, cuando, en realidad, solo puede haber aventados en la medida en que hay “echaos”. El discurso que identifica ingenio con transgresión supone, para ser viable, la existencia de gente que se deja “hacer el cholito”. Personas que están excluídas de un ejercicio efectivo de la ciudadanía. Este discurso es el fundamento de la “república sin ciudadanos” de Alberto Flores Galindo. Es el discurso gamonal y racista. Es el discurso que desconoce al indígena.
Desde la identificación con la figura del indio, hecho implícito, en la frase “indios, nuestros hermanos”, el performer articula un discurso totalmente opuesto al “criollo-achorado”. Se podría llamar “andino-revanchista” puesto que el sujeto que lo enuncia se define como indio-víctima, miembro de una comunidad sobre la que pesa el mandato de la venganza. A Pizarro “le han hecho un monumento, me dan ganas de cacharlo. Un día voy a venir con un fierro caliente y le voy a hacer un hueco en el culo y después le voy a cachar, le voy a hacer gritar”. Humillar al prepotente y al abusivo significa sodomizarlo. Convertirlo en mujer. Ahora bien, hacer pagar a su estatua por los robos, las violaciones y los asesinatos que perpetró Pizarro en vida equivale a desacralizar ese emblema de la transgresión e impunidad que es su monumento. Entonces “castigar” la imagen del arquetipo de los “aventaos” implicaría la (re)fundación de un orden donde el ingenio transgresivo, la pendejada, ya no fuera el “camino consagrado” para lograr el éxito. Mancillar la estatua equivale a des-idealizar el abuso. Y aunque postrera y simbólica, la justicia-venganza se impone restaurando la posibilidad de un orden donde no haya ni “aventaos” ni “echaos”. Un orden donde el que la hace la paga.
Este discurso “andino-revanchista” tiene una dimensión colectiva pues abarca a los “indios, nuestros hermanos”. No obstante, no se trata de un alzamiento colectivo de los indios, sino de una acción individual, violenta, gozosa, heroica. Ahora bien, “hacer gritar” a la estatua de Pizarro puede tener dos significaciones, no necesariamente excluyentes. Se grita de dolor, cuando no se tiene la hombría para aguantar la humillación de ser violado, o se grita de placer, cuando el goce es muy intenso y desbocado. En ambos casos la sodomización evidencia la “naturaleza femenina” de Pizarro. Esta idea se entiende mejor si se toma en cuenta que, en el imaginario popular, el abusivo, el que arremete desde una posición de ventaja, no es valorado como un “caballero”, sino como un cobarde y un ventajista, como lo más bajo, lo peor, es decir: un maricón.
¿Cómo se relacionan ambas identificaciones? ¿Se trata de una subjetividad desgarrada por sentimientos irreconciliables? ¿O hay algún nivel de intregración entre ambos discursos? El performer asume conscientemente el discurso criollo-achorado pero cuando lo está desplegando aparece –sorpresivamente- otro discurso, el “andino-revanchista”. Esta posición se vincula a una autoimagen que es menos consciente pero que moviliza más afectos. No en vano la performance termina con un ratificarse en la validez de lo “criollo-achorado”. Entonces, sintetizando, si el cálculo y la razón lo vinculan a lo “criollo-achorado”, en tanto discurso más rendidor en términos de expectativas de progreso social; sus sentimientos, en cambio, lo ligan al “andino revanchista” en tanto en su actuación se anticipa un goce mayor.
¿Estaríamos ante una subjetividad desgarrada por dos identificaciones contradictorias entre sí? ¿Imposibles de dialectizar en una síntesis coherente? ¿Podría decirse entonces que en nuestro performer hay un Pizarro y un indio luchando ambos por dominar su sensibilidad y su acción? Esta lectura me parece correcta siempre y cuando se entienda que el significante Pizarro viene a condensar, en una imagen emblemática, todos los rasgos de la prepotencia, del deseo desenfrenado de abusar. Pero esta prepotencia es el peor de los rostros de occidente. Dista, felizmente, de ser el único. No obstante la confusión es siempre posible porque occidente llegó al mundo andino a sangre y fuego, con Pizarro a la cabeza. En cualquier forma la ecuación “occidente igual abuso” es falsa pues desde muy temprano los hombres andinos se apropiaron de técnicas e ideas occidentales. Entonces bien se comprende que la perspectiva de una depuración de todo lo occidental no haya tenido mayor acogida en el mundo andino posthispánico.
Pero volvamos a nuestro performer. Estamos frente a un sujeto escindido, definidamente trágico. Una persona que anhela lo que ella misma condena. Nunca podrá satisfacerse de la manera como va pues cualquier curso de acción representa, necesariamente, una deslealtad respecto de alguna de las identificaciones que lo constituyen. Si es como Pizarro, abusa y progresa. Pero entonces sería un “maricón”, un traidor a sus hermanos. Y si no es como Pizarro se convertiría en parte del grupo de los “echaos” sin perspectivas de desarrollo personal. La idea de que el abuso es progreso es una profecía autocumplida, una ficción que se vuelve realidad en la medida en que la gente cree en ella. La crítica a esta ficción pasa por darse cuenta que rechazar el abuso no significa renunciar a un desarrollo personal. Todo lo contrario: solo desde la renuncia al abuso se puede construir una sociedad en la que nadie se quede sin oportunidades de desarrollo personal.
4.- Para seguir pensando
La coyuntura del mundo popular urbano es muy compleja. Tres grandes fuerzas se despliegan sobre él: A) La fuerza de la tradición andina y campesina que está presente de manera práctica y mayormente inconsciente, a veces avergonzada y oculta; sobre todo en la música pero también en la religión. Esta presencia no es aún el motivo de orgullo que debiera. B) El resentimiento contra los sectores sociales más acomodados que son percibidos como abusivos y extranjeros. Excluyentes y marginadores. C) El ideal de progreso es el credo movilizador del migrante. Se trata de la apuesta por lograr confort material y reconocimiento social. Superar la asfixia de la pobreza y acceder a la ciudadanía, evitando el ninguneo.
Estas tres fuerzas (la continuidad con lo andino, el sentimiento de estar excluido y el deseo de progreso) son difíciles de sintetizar. Su presencia simultánea produce subjetividades desgarradas. Los dos ejemplos típicos serían los siguientes: A) La persona que se identifica con el ideal de progreso se olvida de la tradición y se mimetiza con los marginadores que odia. Esta persona puede ser socialmente exitosa pero en su interior sentirá que está fallando pues ha renunciado a parte de sí misma. B) La persona que se identifica más con la tradición renuncia entonces al progreso y se atrinchera en un resentimiento contra los privilegiados. La situación macroeconómica es, desde luego, muy importante. El primer camino está más abierto en momentos de prosperidad económica y el segundo en coyunturas de crisis.
Ninguno de estos caminos es satisfactorio. Lo ideal fuera la continuidad cultural, la integración social y el progreso. Pero para hacer compatible estos tres grandes mandatos lo básico es la lucha contra la colonización de nuestro imaginario que lleva al desprecio de la tradición, o racismo, y al resentimiento. Solo desde la des-colonización sería posible un progreso que no sea reproducir la marginación.
No me cabe duda en que ese es el camino del Perú. Tarde o temprano tendremos que elaborar nuestra propia modernidad. Seremos entonces un país más integrado, donde progresar no sea traicionar ni volverse de espaldas a nuestra historia. Un paso decisivo en este camino será la enseñanza obligatoria del quechua, como primera, segunda o tercera lengua según el caso, en todo el sistema escolar peruano.

Que complicado resulta ser Peruano!!
Comment by cHePaR — 2007 11 @ 9:16 am
Gonzalo, ese comentario de la enseñanza del quechua es de lo más estupido, primero que nuestros indios aprendan a habalr bien el castellano y luego les enseñen el ingles, esa clase de idiomas junto a lso dialectos estan destinados a desaparecer y en verdad solo el que se trasladen a als grandes urbes y abracen la cultura occidental significara el desarrollo de este país.
Comment by Carlos — 2007 11 @ 5:34 pm