En algún momento de su vida Freud creyó que era necesario postular la existencia de pulsiones agresivas para explicar tanto el mundo social como la propia psique de los individuos. El hecho que lo llevó a tal planeamiento fue constatar que las personas no actuamos libremente, que no buscamos, necesariamente, nuestro placer y felicidad. Resulta que estamos habitados por máquinas demoníacas que nos impulsan a hacer lo contrario de lo sensato, de aquello que afirmaría nuestro bienestar. Freud considera que el origen de estas máquinas se sitúa en la infancia temprana, momento en que el destino de los impulsos agresivos puede quedar firmemente canalizado hacia dentro del propio mundo interior. Típicamente, además, la (auto) destructividad se fusiona con el eros, se sexualiza; de esta manera el auto flagelamiento produce un disfrute; una pírrica satisfacción que consiste en que nuestro sufrimiento nos produce la conciencia de sabernos buenos, (casi)mártires. Hay pues goce en el dolor.

La compulsión se instala, según Freud, en el período edípico. Se trata de una forma de fijar la destructividad o tánatos, dándole un sentido; o sea, un programa que la agresión alimenta y gracias a la cual puede satisfacerse. El ejemplo que da Freud es el niño separado abruptamente de la proximidad materna. Ese niño está dominado por la angustia y todo su deseo es regresar al seno de su madre. Entonces el niño no acepta la inevitable realidad de la separación y pretende recuperar la atención perdida. Por tanto elabora un programa que se basa en una cierta interpretación del deseo de la madre. El trasfondo implícito es que si soy como mi madre quiere entonces recuperaré mi lugar. Seré aceptado, nuevamente. Este programa convierte la agresividad en una exigencia desmesurada sobre el yo del niño. En realidad la expectativa de retorno es ilusa pues no hay vuelta posible. El niño piensa, por ejemplo, que si es exitoso, conforme presume que su madre desea, entonces regresará a ser el centro de los mimos añorados. Este programa es visto por Freud como una defensa contra la arrasadora angustia que se apodera del niño después de que la madre le “falla”. Entonces, gracias a la compulsión, el niño cree, al menos, saber lo que tiene que hacer. Es decir, presionarse para devenir deseable a los ojos de la madre.

Freud plantea el tema de la compulsión en el contexto de la familia nuclear y el período edípico. No obstante, Freud sabe muy bien que el deseo materno, como el paterno, están sobredeterminados por lo social. Estos deseos son expectativas modeladas por la sociedad, y como tales son parte de la cultura, del sistema simbólico, o el gran Otro, para hablar en el lenguaje de Lacan. Son como mandatos o imposiciones de lo que debemos ser para, supuestamente, recuperar la felicidad. En realidad estos mandatos, internalizados como yo-ideal o modelo de identidad, tienen una consecuencia mortificante.

Desde el punto de vista social habría que analizar los sistemas de crianza para ver en que medida el orden social construye la compulsión en los individuos. Por ejemplo, en las sociedades modernas se exige a los niños, sobre todo varones, un auto control precoz. El ideal es la disciplina, el trabajo y la productividad. A través de la madre la sociedad le dice al niño: este retiro del afecto y las demandas de esfuerzo son para tu propio bien pues gracias a tus logros de alguna manera vas a recuperar lo que has perdido. Pero junto al ideal de la disciplina y el trabajo está el ideal de la belleza y el consumo. Este ideal es más propio, desde luego que no exclusivo, de la posmodernidad y del sexo femenino. Con la belleza y los objetos se recuperará el paraíso. De hecho el productivismo y el consumismo son las dos grandes compulsiones de nuestra época.

El telos de la compulsión es el fanatismo, el ser devorado por esa máquina que siempre exige más pues nunca es suficiente. La figura del hombre robotizado por las exigencias de mayores logros, o de la mujer, obsesionada por los halagos, son caricaturas, ciertamente, pero ellas solo exageran hechos que son reales. En el límite la compulsión destruye la capacidad de fantasear pues coagula su horizonte en un regreso imposible a esa plenitud a la que no se renuncia. Este regreso es una ilusión pues esa plenitud está perdida. Aunque parezca totalmente absorbente la compulsión no está exenta de conflictos. Como exige todo y da muy poco, casi nada, supone que el individuo milite contra sus deseos. Y como no todo la libido puede ser erotizada en el ejercicio masoquista de hacerse daño, entonces esa libido excedente, no subjetivada, regresará buscando su satisfacción. Así detrás del semblante compulsivo del mártir se puede encontrar la tristeza, la culpa, la insatisfacción. Y las búsquedas consiguientes de algún tipo de placer. Pensemos, por ejemplo, en la compulsión del hombre hambriento de figuración. Toda su vida es un aplicarse a sí mismo para lograr ese reconocimiento que nunca podrá ser suficiente. Vivir como actuando frente a una cámara le retribuye un sentido de grandiosidad que es un sucedáneo al paraíso añorado. Pero las cámaras se apagan. No toda la energía puede irse en ese esfuerzo. Entonces, por más que trate de silenciar sus emociones, la pena y la angustia regresan.

Los cyborgs son metáforas de la compulsividad. Se trata de hombres-máquinas. En realidad ni los propios cyborgs saben bien lo que son. Por lo general domina en ellos la máquina. Están programados. Pero no pueden evitar una añoranza por la condición humana. Esa añoranza es síntoma de un malestar. Robocop, por ejemplo, es el hombre-máquina totalmente eficiente en su programa de hacer cumplir la ley. Pero resulta que no está contento pues a menudo es perturbado por recuerdos de otra vida que añora. De otro lado los repicantes son máquinas que quieren ser humanas, pretenden sentir y amar. El propio Frankenstein lucha por humanizarse.

Los planteamientos de Freud son básicamente similares a los de Marx, Weber, Foucault y Habermas. La “cárcel de hierro”, en que Weber sitúa al hombre moderno, proviene de la “racionalización” de la sociedad, del primado cada vez más apabullante de la “razón de acuerdo a fines” en el funcionamiento de lo social. En esta dinámica el hombre occidental resiente la reducción de su vida a un cálculo permanente cuyo telos es la optimización productivista del tiempo. Lo grave es que la optimización ha dejado de ser un medio para el logro de un desarrollo humano y ha pasado a convertirse en un fin en sí. No se trata de conseguir una mayor felicidad, un enriquecimiento de los afectos, como debería ser. La optimización del uso del tiempo, la conversión del medio en fin, implica que la existencia se vacía de sentido. Digamos que nos movemos más rápido y con mayor eficacia pero ya no sabemos adonde vamos. Cuando se pretende productivizar el sueño viene el insomnio y la falta de reposo. Entonces la vida se acorta.

Esta misma problemática es conceptualizada por Marx en términos de alienación. El centro de la vida humana, el trabajo, la actividad creativa por excelencia, se convierte en una cosa o mercancía. La reificación capitalista del trabajo significa que el trabajador no se pertenece a sí mismo y que su valor, o remuneración, está dado por la venta de esa mercancía que no es otra cosa que él mismo. La ideología o falsa conciencia impide al trabajador darse cuenta de su verdadera situación. Pensará entonces que la vida solo puede ser de la manera como es y que está recibiendo un salario justo. Esta fantasía le impide retomar la agencia o gestión de su propia vida. No sabe que está siendo instrumentalizado por un sistema acéfalo y automático que convierte a la acumulación en el verdadero fin de la producción capitalista. El trabajador de Marx se oculta su situación de la misma manera en que el compulsivo de Freud se ilusiona con la expectativa de que su apuesta ciega y reiterativa lo llevará a la felicidad.

Mucho del ímpetu de Foucault estuvo dirigido a reconstruir el disciplinamiento de la población, condición necesaria para la fecundidad del poder del capitalismo. Las prácticas disciplinarias nacen en los monasterios como métodica precisa de vida. Cada momento del día tiene una actividad. Pero luego estas prácticas reguladoras se extienden por toda la sociedad. Escuelas, hogares, cárceles, hospitales. La subjetividad moderna resulta de este proceso de control. El famoso “vigilar y castigar”.

Por último Habermas tematiza esta situación en término de colonización del mundo de la vida por el sistema. El sistema es autorregulado. Es la economía y la política, sujetas respectivamente, a la lógica impersonal, inhumana, de producción de ganancias y de legitimidad. El mundo de la vida es, en principio, la esfera de la autocreación de los individuos. Allí debería reinar la libertad y la expresión de los afectos de las personas. Pero la presión del sistema deshumaniza el mundo de la vida.

¿Entonces qué hacer? ¿La revolución social o el psicoanálisis personal? Creo que ni uno ni lo otro. Las revoluciones han fracasado porque lejos de fundar ese mundo feliz que prometieron han dado lugar a regímenes sacrificiales que instrumentalizaron a los individuos como “militantes”, “héroes”. De otro lado el psicoanálisis puede procurar un desmontaje de las compulsiones pero con un trabajo arduo solo concebible para una elite. Además se limita a tratar de deshacer el mal que ya está hecho. En realidad es la propia sociedad la que crea la enfermedad. Todo lo anterior no significa que los cambios parciales o la terapia personal no tengan sentido. Al contrario es lo único que tiene sentido.

Por tanto el desafío es imaginar un mundo donde los individuos podemos estar a salvo de lo compulsivo y demoníaco. ¿Cómo tendría que ser la familia y los valores sociales para que los individuos seamos más libres, más cercanos a nuestros deseos en vez de estar marcados por los ideales mortificantes?

Para Freud (El Malestar en la Cultura) la situación es trágica pues tenemos que escoger entre lo malo y lo peor. La compulsión productivista permite grandes avances científicos y técnicos que hacen la vida más larga y segura. Pero tienen un costo muy alto pues implican la canalización del tanatos hacia el propio individuo. Más prósperos pero menos libres y más maquinales.

La persona más libre es la que puede lidiar mejor con su angustia. No necesita refugirse en la “cárcel de hierro” de la compulsión. Hacer suyos los ideales mortificantes. Lacan dice que la cura implica dos procesos. Primero “atravesar la fantasía”, lo que significa rechazar los mandatos del gran Otro. Dejar de verse a sí mismo en la galería de los modelos sociales. Darse cuenta que el gran Otro no existe, que es sólo una construcción social destinada a la “normalización” de los individuos. Es decir, recuperar la libertad. Segundo, “identificarse con el síntoma” que uno es. Lo que significa descubrir los deseos y formas de goce que son propios de cada uno. Estar más en contacto con los deseos de forma de realizar más plenamente su potencia vital.

¿Cómo diferenciar lo que es un sentido fecundo de disciplina de lo que es una compulsión? ¿La vida no está hecha acaso de rutinas y repeticiones? La compulsión implica una lucha permanente contra sí mismo de manera de evitar la angustia y el aburrimiento, y de arrancarse ese logro (que nunca llega) y que nos promete (falazmente) la completad, ese absoluto al que nos aferramos tercamente. La rutina no necesita ser atormentada, puede ser serena y fecunda. Hasta podemos cambiarla si en algún momento ya no nos satisface. Vivir, digamos, dentro del principio del placer y no más allá de él.

Aunque la compulsividad de los individuos en un síntoma de lo anda mal en la sociedad, en un hecho que no todos somos igualmente compulsivos. Para Freud el mejor antídoto contra la compulsión es la sensación de saberse amado. La fuerza de los vínculos tempranos. En algún momento la madre tiene que separarse de su hijo pero esta separación puede ser menos traumática si el niño recibe el apoyo empático de sus padres en vez de exigencias desmesuradas. La compulsión está más presente en las clases medias que en las populares.