Cuando Carmen Ollé tuvo la amabilidad de invitarme a decir unas palabras por el Día Internacional de la Mujer, me propuso como tema el “aporte de las mujeres”. Aunque acepté con gusto, el tema sugerido me produjo perplejidad. La palabra “aporte” evocó en mí la idea de lo complementario, de una suerte de plus que viene a añadirse a algo que es suficiente por sí mismo. De otro lado la idea misma de un “día de la mujer” me pareció basarse en una actitud que patrocina, que subordina sin querer, pero que no empodera. Una fecha, instituida desde arriba, para hacer votos de renuncia al patriarcalismo. Para sentirnos todas y todos buenos. Para victimizar a las mujeres y culpabilizar a los hombres. En resumen, al menos para mí, un ritual casi vacío de vitalidad.

Entonces qué decir en esta ocasión. Alguien me aconsejó “hay que hablar al oído”. Expresarse desde la intimidad y, desde allí, conceptualizar. Tengo que revelar que lo intenté. El resultado fue un conjunto de relatos muy personales donde se evidenciaba el funcionamiento del sistema de género. Es decir, los mandatos fundadores de la feminidad y masculinidad. En un caso ser bella y cuidar al semejante, y así hacerse querer; y en el otro lograr grandes cosas, ser el mejor, y también así, hacerse querer. No obstante, había en el texto algo de impudicia y hasta exhibicionismo, y peor aún incriminaba a personas cercanas sin tener su consentimiento. El texto quedó pues archivado. Al tomar esta decisión revise los supuestos de mi discurso. Quizá el aspecto confesional no fuera tan necesario. Quizá sería posible elaborar una reflexión más general y más útil para pensar nuestras vidas.

Creo que vivimos la descomposición del sistema patriarcal. Naturalmente los ritmos e intensidades de esta descomposición son distintos según las culturas y los grupos sociales. En todo caso siendo la dominación masculina el hecho primordial de la historia humana, esta desarticulación es necesariamente lenta. Además al declive de la figura del padre-amo no ha seguido el surgimiento de una autoridad alternativa. Entonces nuestro tiempo es el de una transición entre un sistema que ofende nuestro sentido de justicia pero al cual estamos tan acostumbrados, y, de otro lado, un futuro que aún tenemos que imaginar pero que ya se insinúa en la vida cotidiana, así como en las distintas expresiones culturales y artísticas. En esta coyuntura de crisis terminal del patriarcado, y de tránsito hacia algo distinto, proliferan las propuestas de cambio. Y es que el nuevo contrato de género ya no podrá venir de una imposición masculina. Luce Iregaray dice que la posesión es un tipo de vínculo donde una de las partes está impedida de decir que no. Decir que no, en una relación de pareja, convierte a la mujer en la mala de la historia, de modo que le resulta casi insoportable, incompatible con la disposición sacrificial que fundamenta la feminidad tradicional.

Las protagonistas del cambio hacia un nuevo contrato de género son desde luego las mujeres. La iniciativa les corresponde. De hecho la revuelta femenina no hace más que poner en escena, en el campo de la cultura y la política, el malestar que con su negación de la autoridad y la palabra produce el patriarcado en las mujeres.

Julia Kristeva distingue tres generaciones en el movimiento feminista. La primera corresponde al existencialismo. Su horizonte es nacional y fundamentalmente político y su reivindicación es la igualdad. El fundamento -quizá escondido- es el rechazo de los atributos femeninos y maternales y la identificación con los valores masculinos. Es el período de la lucha por la igualdad en el trabajo y por la participación política. Lo femenino tradicional aparece como lo abyecto. Aquello de lo que uno debe desprenderse para ser reconocido como alguien; un ser humano con valor, con voz y capacidad de decisión. El telos del movimiento es una suerte de andróginea. Iguales e indistintos. El balance de esta revuelta es el remecimiento del patriarcado. Pero no su cuestionamiento profundo. No en vano surgen patriarcas mujeres. La idea es que todas las diferencias entre los sexos son construcciones sociales que llevan el sello de la dominación masculina. Suprimir las diferencias es entonces la consigna. Los logros de esta etapa son indudables. Quizá menos visibles sean los límites y las pérdidas. La mujer sale del enclaustramiento doméstico pero aceptando o reforzando las reglas del juego puestas por el sistema patriarcal. La emancipación femenina reduce la natalidad y precipita la crisis de la pareja tradicional.

En todo caso el supuesto de que la feminidad es solo una trampa se demuestra limitado. Surge entonces, según Kristeva, la segunda generación feminista. Más vinculada al psicoanálisis que a la política, sus protagonistas reivindican la diferencia, la influencia del sexo sobre los sistemas de género. Es decir, la existencia de valores femeninos a los que antes de renunciar habría que revalorar, prestigiar; impedir que sean sinónimos de inferioridad y sumisión. Luce Iregaray es quizá la teórica más vibrante y original de esta generación. La idea es que existe un real femenino, dado por las particularidades del cuerpo de la mujer, principalmente su capacidad engendradora, este real, sin embargo, es capturado por un orden simbólico dominado por los hombres. Así por ejemplo, la capacidad de cuidar del otro resulta minusvalorada pese a que desde el punto de vista social sea la función más importante para producir bienestar. Entonces se trata de reivindicar la diferencia en términos de que ella no sea pretexto para jerarquizaciones y discriminaciones. Aunque se haya acusado al feminismo de la diferencia de recaer en un esencialismo, esta crítica no me parece convincente. De hecho la idea es que la “mujer existe” solo que tiene que expresar su particularidad mediante una transformación en campo de la cultura. Es decir, dejar de ser objeto del sistema simbólico para convertirse en creadora de cultura. En este aspecto es mucho lo que se ha avanzado.

La tercera generación feminista, según Kristeva, la dicotomía hombre-mujer es metafísica. El fundamento teórico de esta posición está dada por el post-estructuralismo con su definición de un sujeto múltiple y dislocado, compuesto de un sin número de identificaciones. Un sujeto que tiene aspectos masculinos y femeninos, de manera tal que habría ya nos dos sino múltiples géneros, diferentes modalidades de vivir la sexualidad, tal como lo plantea Judith Butler. Entonces la identificación de género no tendría que basarse en el rechazo de lo diferente sino en la aceptación del otro dentro de sí. Dice Kristeva “Ahora el otro no es un mal extranjero para mí, chivo expiatorio exterior: otro sexo, otra clase, otra raza, otra nación. Soy víctima y verdugo, mismo y otro, idéntico y extraño. Solo me queda analizar indefinidamente la separación en la que se basa mi propia e insostenible identidad”. Por tanto el desafío es desarrollar la individualidad como reacción frente a esos mandatos sociales que han dejado de tener la capacidad de modelar nuestra subjetividad. Es claro que esta tercera generación, con su énfasis en la estética y el trabajo sobre la individualidad, es sólo posible porque ella se asienta sobre los logros de las generaciones anteriores. En todo caso la desdramatización de las relaciones entre hombres y mujeres supone individuos capaces de trascender las imposiciones sociales, de personalizar sus vidas y relaciones. Esto implica una relativa desexualización de las relaciones entre hombres y mujeres. La posibilidad de una amistad emerge cuando el acto sexual no es el fantasma que paraliza cualquier entendimiento.
Se trataría de un feminismo post-género, o si se quiere un post-feminismo.

En el Perú coexisten diversos tiempos históricos; además, se entrecruzan mundos sociales de distintas raíces culturales. No sometida totalmente al patriarcado occidental y cristiano, a la mujer andina le ha resultado más natural asumir un lugar protagónico en la economía y en la política. Su contraparte criolla popular, sin embargo, tal como lo ha señalado Patricia Ruiz Bravo, tiene mucho más dificultades para escapar de la subordinación. En este sentido me parece que la propuesta de Rocío Silva Santisteban, en el sentido de erradicar el machismo a través de la creación de una “cultura de las mujeres” tiene plena vigencia en nuestra realidad. Cultura de las mujeres dice Silva Santisteban “como una forma de manifestarnos en el mundo recobrando la alegría, los distintos placeres… así como una posición para describir las diferencias entre las mujeres y aceptarlas desde la tolerancia… implica aceptar la diferencia de la otredad dentro del ejercicio de la libertad de pensamiento”. El desarrollo de esta cultura y sus valores tales como la laboriosidad, la persistencia y la honradez, permitiría una refundación de la sociedad peruana. Estos planteamientos se corresponden, me parece, al feminismo de la diferencia. En todo caso en el Perú están presentes las tres generaciones, o mejor, sus planteamientos, en la medida en que cada uno de ellos responde a distintas situaciones. El feminismo de la igualdad es un movimiento de choque frontal contra el patriarcado. Altamente pertinente en la mayoría del país. El feminismo de la diferencia supone que las mujeres, después de sus primeros éxitos, reivindiquen sus particularidades sin vivirlas como abyecciones. El post-feminismo supone personas con la disposición de reconstruirse a sí mismas con toda la libertad que trae el hecho de saber que la existencia es frágil y moldeable.

En la juventud femenina, y también masculina, de las clases medias; y puede que también en la juventud de otros sectores sociales, se ha producido una resignificación del término “feminismo”. El nuevo sentido común lo asimila a una suerte de “machismo de las mujeres”, es decir, a la pretensión de que las mujeres son superiores. Las feministas son las mujeres que creen que su sexo es superior. Entonces surge el estereotipo de la feminista como la tía solterona, rabiosa y amargada, que no quiere saber nada con los hombres. Me parece una ingratitud que las mujeres jóvenes piensen así puesto que ellas han heredado los beneficios de las conquistas de sus mayores. Pero tampoco podría suscribir la idea de que esta resignificación implique un fortalecimiento del sistema patriarcal. La ingratitud remite a la falta de una conciencia histórica en la juventud femenina. Problema, por otro lado, general a toda la sociedad peruana. No obstante, la joven de clase media, y hablo a partir de mi experiencia como docente en EEGGLL de la PUCP, se siente empoderada. Se piensan menos como mujeres y más como seres humanos. Por lo general tienen mejor rendimiento académico y un rechazo orgánico al machismo. No sienten el imperativo de competir con los hombres sino el de desarrollarse como personas y ello pasa por la maternidad y el trabajo. En una encuesta reciente que efectué con mis alumnos me di con la sorpresa que mientras que las mujeres querían tener entre dos y tres hijos, los deseos de los hombres eran tener uno o, a lo más, solamente dos. Esto indicaría que el desafío de la paternidad, redefinida por el feminismo como presencia y cuidado efectivos, es un reto mayor para los hombres que el desafío correspondiente de la maternidad.

¿Se puede decir entonces que en determinados sectores sociales el feminismo ha agotado ya su tarea histórica y que ya está en el final de sus días, que sus propias conquistas han socavado su razón de ser? La verdad no tengo una respuesta precisa pero lo que es indudable es que el feminismo institucionalizado, financiado por agencias de cooperación internacional, tiene en nuestros días su interlocutor principal en los sectores populares donde el machismo y el patriarcado están más presentes. Entonces, y ahora si termino, me surge la inquietud de cómo interesar a las jóvenes de las clases medias en la creación de una “cultura de mujeres”. Cómo salir del discurso que victimiza y culpabiliza. Y que termina por ser extraño a las jóvenes mujeres que están muy conscientes de las ventajas y desventajas de su sexo, que ya no envidian el pene, ni se sienten mutiladas, gracias precisamente a esa historia que desconocen.

Muchas gracias