Etnicidad y Política: los puentes entre lo ideal y lo real
Quisiera empezar esta exposición reivindicando mi identidad académica y universitaria, identificaciones que me definen como una persona que trata de pensar críticamente la realidad. En un contexto como el peruano esta reivindicación puede sonar como un auto-exilio en la irrelevancia, como el anuncio de que todo lo que puedo decir es inútil, insignificante. En efecto, en nuestra época, y más aún en nuestro medio, lo académico se suele asociar con lo alejado de las urgencias de la vida. No obstante corro, decididamente, este riesgo persuadido de que tras esta asociación entre lo académico y lo inútil se manifiesta una desconfianza, cuando no una hostilidad contra el pensamiento, una actitud que resta efectividad a la acción pues nos encadena a la repetición y a los dogmas del momento. Debo reconocer, sin embargo, que esta mala fama de lo académico responde a una realidad. Demasiadas veces tropezamos con las palabras y planteamos complicaciones por gusto. Espero poder escapar de esta actitud.
El poder comunicativo, la capacidad persuasiva de un discurso, está dado, en nuestra época, en función de apegarse a una fórmula que puede descomponerse de la siguiente forma: ideas simples, sentimientos fuertes. Si estas ideas y estos sentimientos están presentes en el público, aunque en forma larvada, entonces la comunicación será exitosa, aparentemente. Entonces la gente habrá escuchado lo que quería oír. Estará contenta. Si el discurso emplea la mencionada fórmula, aún cuando contradiga las expectativas reinantes, generará polémica. Será memorable. Aunque sea negativamente.
Frente a esta realidad tengo que admitir que mi poder comunicativo es débil. Las ideas que pretendo exponer no son simples y lejos de contagiar sentimientos fuertes quisiera comunicar dudas. Es decir, me gustaría hacer pensar, esclarecer las opciones que enfrentamos. Como intelectual no me queda más que apostar a razonar con todos Uds. Pido de antemano disculpas a los que han venido a escuchar lo que ya saben, y que lo quieren oír nuevamente quizá de una fuente que juzgan autorizada. Frente a esta situación lo único que puedo hacer es invitarlos a razonar conmigo y apropiarse de las ideas que consideren útiles.
Una última advertencia. No es que me crea dueño de la RAZÓN y que sienta que he venido a iluminarlos con una verdad ya dada. No, más bien pienso que es en el diálogo que una situación se va esclareciendo. Pero el diálogo para merecer ese nombre implica hacer lugar a lo nuevo y diferente.
II
Todos los individuos desarrollamos múltiples identificaciones que no son otra cosa que diferentes sentimientos de pertenencia. Identificarse con algo implica abolir la diferencia con ese algo, perdernos en él, ser parte de esa realidad. Ahora bien, todos somos muchas cosas a la vez. En tanto miembros de una familia somos hijos, esposos, padres. Pero también somos parte de un barrio o de un grupo de amigos, y también de muchas otras instituciones como son los centros de trabajo, clubes o asociaciones. En el mundo moderno las afiliaciones de los individuos se multiplican de manera que cada uno de nosotros no está definido totalmente por ninguna de ellas. A pesar de esta pluralidad, creo que, hoy en nuestro país, las identificaciones más importantes, aquellas de las que derivamos un sentido de lo que somos, son la familia y la religión. En todo caso estas identificaciones suponen vínculos que nos son entrañables pues gracias a ellos damos y recibimos reconocimiento; es decir apreciamos y somos apreciados. Intercambiamos afectos. No solo sentimientos positivos sino también negativos como la envidia, el odio y la rivalidad. La complejidad de lo humano los abarca y no podemos ignorarlos. En cualquier forma es claro que el individuo solo, aislado, está condenado a la depresión y la angustia. La realización del ser humano pasa por su encuentro con sus semejantes en los diferentes contextos institucionales en los que se desenvuelve la vida cotidiana.
En nuestro país los vínculos familiares han tenido y aún tienen una gran importancia. La fuerza de estos vínculos es un activo social que en otros países está muy depreciado y disminuido. Estos vínculos, además, facilitan la acción colectiva en tanto suponen confianza de manera que, por ejemplo, muchas empresas tienen un carácter familiar. A través de los parientes y sus respectivos contactos se forman redes mediante las que se consigue empleo, o empleados, clientes, proveedores, crédito, etc.
No obstante la lógica de estos vínculos primarios no está exenta de consecuencias negativas para la vida social. Muchas veces en nuestro país las redes familiares se enquistan en instituciones convirtiéndose en verdaderas mafias que acaparan recursos. Su propia lógica de funcionamiento impide la meritocracia e imposibilita la eficiencia. En este sentido se podría decir que lo óptimo fuera que esta vitalidad de la familia estuviera restringida al campo de lo privado o, en todo caso de lo público social, pero sin imponer su lógica, del afecto y la incondicionalidad, en el campo de lo público estatal.
Fuera de las identificaciones con grupos de personas concretas y definidas, cuyo paradigma es la familia, están también las identificaciones con lo que se ha dado en llamar “comunidades imaginadas”; es decir, con grupos cuyos miembros no resultan, en su inmensa mayoría, desconocidos pero que pese a todo sentimos como próximos y afines en la medida en que compartimos con ellos rasgos que nos resultan importantes. Este es el caso de los grupos étnicos y la nación. La nación es una comunidad imaginada. Lo que significa, otra vez, que no conocemos a nuestros connacionales pero igual los sentimos cercanos porque tenemos las mismas referencias en términos de gustos y formas de ser, compartimos un pasado y, sobre todo la expectativa de un futuro. Lógicamente sentimos una lealtad, un compromiso con eso común que nos hace afines y que facilita la simpatía y el respeto mutuos.
Ahora bien la etnía o grupo étnico es también una “comunidad imaginada”, un grupo de gentes que se sienten identificados con una matriz dada por la historia y compuesta de gustos, hábitos, preferencias. Casi siempre se habla la misma lengua. La diferencia entre grupo étnico y nación es histórica y relativa. Durante mucho tiempo los estados modernos han procurado la homogenización de manera que han luchado contra lo que fue sentido como una amenaza; es decir, la diversidad étnica. Esta lucha se dio mediante la imposición del idioma y de la cultura del grupo dominante que se asume como representando a la nación. Se entendía que la lealtad hacia el estado-nación era incompatible con otras lealtades de manera que se era o lo uno o lo otro, pero no se podía tener dos filiaciones al mismo tiempo. Bajo esta inspiración, en nuestro país, por ejemplo, el estado criollo impuso la castellanización y el acriollamiento a las poblaciones andinas. En los últimos tiempos esta situación ha cambiado de modo que comienza a ser posible tener simultáneamente una identidad étnica y una nacional. Sentirse a la vez bora y peruano, o aymara y peruano, o chino y peruano.
El individuo necesita de identificaciones, de sentirse parte de grupos, pues es en los vínculos donde todos construimos el espacio donde nuestra vida cobra sentido. No obstante esta necesidad no tiene por que llevar a que los individuos se disuelvan en el grupo, de modo que su identidad sea simple y única, y su sentido de pertenencia se restrinja a una sola comunidad. Esta pretensión es justamente la raíz del totalitarismo. Un grupo que demanda una lealtad incondicional y que prohibe a sus miembros cualquier otro tipo de vinculaciones es precisamente un grupo totalitario o sectario. En Sendero Luminoso, por ejemplo, se adoctrinaba a los integrantes de la organización para que se definieran exclusivamente como militantes y compañeros de lucha y no como amigos. Es decir, no debería haber nada privado, que escapara al control del partido. El militante debería estar en la disposición permanente de dar su vida si acaso la causa lo requiriera. Ahora bien, los movimientos sectarios anulan la individualidad de las bases pero no de las dirigencias que son las que exigen los sacrificios pero se quedan con las ventajas. En efecto los dirigentes si tienen las prerrogativas. De allí que el totalitarismo sea hipócrita y corrupto. No obstante la propuesta totalitaria puede ser muy atractiva para individuos que no logran los vínculos que les permitan realizarse como seres humanos. Entonces en este contexto de incertidumbre, el entregar la libertad y la vida a cambio de una seguridad y una metódica de vida aparece como una apuesta ventajosa.
III
Ahora quisiera concentrarme en el tema de la etnicidad. Pero antes de aproximarme a la situación peruana quisiera formular lo que a mi entender debería ser la situación ideal. Un grupo étnico es una comunidad imaginada de personas que comparten tradiciones, gustos, hábitos. Yo creo que lo ideal fuera que estos grupos fueran abiertos y que se restringieran al dominio de lo privado. Entonces el ser bora o aymara podría ser una opción personal que no implique una ruptura de la comunicación con otros seres humanos. En el mismo sentido, la filiación étnica no debería tener consecuencias políticas. Es decir debería ocurrir lo mismo de aquello que sucede con la confesión religiosa. Uno puede ser católico, protestante o budista pero eso no lo descalifica como ciudadano. La religión es un asunto privado. Y uno puede cambiar de religión, libremente, de acuerdo con su experiencia de vida. Trasladando estas ideas al campo étnico, tendríamos que pensar que uno debería tener la libertad de escoger su filiación étnica, o eventualmente escoger no tener ninguna. En su novela póstuma el Zorro de Arriba y el Zorro de Abajo, José María Arguedas imagina un norteamericano, Maxwell, que decide “aindiarse”. En efecto, este personaje descubre que la música indígena de Puno le llena el corazón. Entonces decide venir al Perú y confundirse con la gente que la canta, ser como ellos. Después, sin embargo, se da cuenta que su propósito es muy difícil de manera que decide al menos “cholificarse”, irse a Chimbote, y allí entreverar su destino con los migrantes de todos lados del Perú. De hecho hay gente se acriolla o que se agringa y eso no me parece mal si se trata de una decisión libre. No me parece bien, en cambio, si se trata de una imposición que nace de una violencia, de una situación que no deja otra opción para sobrevivir que mimetizarse con la mayoría.
En la actualidad hay dos millones de peruanos que viven fuera del país. La mayoría de ellos se quedará en sus patrias adoptivas. De seguro que ellos se sienten peruanos pero también, al mismo tiempo, ya algo de norteamericanos o españoles, o lo que fuera. Sus hijos que recibirán la doble influencia y seguro que podrán decidir lo que quieren ser con más libertad. Eso es parte de la vida. Y mucho más ahora con la globalización.
En nuestro país desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX, los italianos, japonenses y chinos se acriollaron. Apostaron por el Perú. Sus descendientes son peruanos aunque seguro que también se sienten un poco italianos o chinos o japoneses.
Pero el punto medular de mi presentación es que lo ideal no es lo real, por más que debiera serlo. En nuestro país las diferencias están jerarquizadas. No es lo mismo hablar castellano que quechua, ni tampoco es igual tener los ojos azules que negros, ni la piel blanca que la morena, ni gustar del huayno que del rock. Todas estas, y otras diferencias, tienen muchas resonancias. Evocan en nosotros sentimientos de auto-desprecio o de pretendida superioridad. Además la política del Estado ha sido buscar la homogenización. Para ser ciudadano el indígena tenía que acriollarse. Todo lo que evocaba al mundo indígena fue considerado abyecto, sucio, sin valor. La dominación colonial fue una dominación étnica, de supremacía y explotación de lo criollo sobre lo indígena. Y la república fue pensada como desindianización.
La herencia colonial se ha reproducido hasta nuestros días de manera que aunque haya una creciente homogenización, el dominio y la exclusión continúan siendo hechos centrales en nuestro orden social. El proyecto criollo neocolonial funcionó en gran medida. Entonces, con las migraciones los campesinos de raíz indígena se acriollaron a la fuerza. No obstante, esa identidad criolla, construida sobre la base de rechazo de lo aborigen y de imitación de lo occidental, ha sido una identidad menoscabada e insegura, siempre a la defensiva. En efecto, el criollo fue conminado a borrar su filiación con lo andino so pena de ser excluido, de no ser reconocido como estimable. Este borrar su vínculo con lo andino era, sin embargo, una amputación imposible. Ahora a principios del siglo XXI lo que está a la orden del día es que el criollo recupere su filiación indígena. Pero esta es otra historia. Habrá que extenderse sobre ella en otro momento.
Hoy, la mayoría de la población, ubicable en la costa y en las ciudades, no tiene una filiación étnica fuerte o definida. Pero tampoco ha desarrollado una identificación nacional integradora. Vivimos pues en un país complejo y fragmentado. Las diferencias físicas y culturales son leídas en clave de superioridad o inferioridad. La comunidad nacional es muy débil. No hemos desarrollado pues un sentimiento de igualdad o de conciudadanía. El racismo está aún demasiado adentro nuestro. En el Perú una misma persona se siente inferior o superior dependiendo de quien tenga en frente. La atomización y falta de confianza en el otro significan que nuestras posibilidades de actuar en común son muy reducidas. De allí la amarga cuota de verdad de la historia que cuenta que un peruano puede ganar a un chileno pero que dos peruanos perderán pues se pelearán entre ellos. Prima la suspicacia y la conflictividad. La persona que dice hablar en nombre de los excluidos y que reivindica agresivamente frente a los marginadores es la misma persona que en otro escenario social se convierte en marginadora. Es como si todos tuviéramos dos caras. Frente a alguien que creemos más, somos apocados y resentidos. Pero frente a alguien que creemos menos, somos prepotentes y despectivos. O, en el mejor de los casos, paternalistas y benevolentes. Entonces todos desconfiamos de todos, salvo, quizá, de los íntimos, de la familia. De aquí, otra vez, la tendencia a la mafia. En realidad, si vemos las cosas con perspectiva llegamos a la conclusión que el racismo es una consecuencia del autoritarismo, de la voluntad de jerarquizar, de no reconocer el valor del otro como igual al nuestro.
En el Perú de hoy existen poblaciones en el mundo rural andino y amazónico que conservan muchos elementos de las culturas indígenas. Durante siglos estos grupos han sido el modelo negativo de identidad. Lo que nadie quiere ser puesto que todos pretendemos respeto, ser estimables. Este grupo es el más pobre y el que tiene menos oportunidades. A diferencia de lo que ocurre en Bolivia y Ecuador, en el Perú estos grupos no se han organizado bajo una referencia étnica, como movimientos políticos indígenas.
¿Sería deseable que en el Perú emergieran partidos políticos indígenas? La pregunta se presta a un diálogo donde es necesario sopesar razones y esclarecer circunstancias. Hay motivos para responder que sí y hay otros motivos para responder que no. Quisiera empezar analizando los primeros. El más importante es que existe una población de raíz indígena que está injustamente excluída, explotada y ninguneada. Una organización política sería una posibilidad de ganar poder para revertir esta situación. Presionar entonces por el reconocimiento, por la participación en la política y por los recursos económicos para salir de la pobreza. Construir una organización de este tipo implica una ideología y una dirección que pudieran movilizar el sentimiento de filiación étnica y el de ser marginado, junto con el deseo de progresar y ser reconocido.
No obstante también hay motivos que desaconsejan la conveniencia de partidos étnicos. El más relevante es que los partidos de base étnica tienden a destruir la sociedad política entendida como comunidad de ciudadanos iguales ante la ley. Los partidos étnicos fragmentan, o hasta destruyen, la ciudadanía en la medida en que su membresía es cerrada y se define en base a criterios mayormente innatos. Entonces estos partidos tienden a ser exclusivistas, a privilegiar los intereses de los grupos que representan sobre lo que podría llamarse el interés generalizable. Finalmente, estos partidos tienen direcciones que se consideran “naturales”: jefes, caciques o curacas. Recordemos que el partido nazi se planteaba como la organización de la raza aria, del verdadero pueblo alemán que excluía desde luego a los judíos y otras minorías. En nuestro país ha surgido ya un “partido étnico”, el etnocacerismo. Partido racista que convoca a la guerra de razas y que divide a la gente, otra vez, según su color de piel, en buenos y malos.
Si se trata de hacer un balance yo apostaría por una movilización social de la población excluida, en lucha por el reconocimiento y la dignidad, así como por las oportunidades económicas respectivas. En realidad la batalla contra la exclusión tiene muchos actores y frentes. El primero y decisivo es el representado por los propios excluidos. La lucha tiene que darse en los campos de la cultura, el derecho y la economía. El primer frente es la (auto)organización de los excluídos. Es decir, el desarrollo de organizaciones con capacidad de iniciativa y presión en el campo de la sociedad civil. La fórmula debería ser: muchas organizaciones coordinadas entre sí pero cada una con iniciativa propia.
El segundo frente de la lucha contra la exclusión es la opinión pública, el terreno de lo que podemos llamar las representaciones colectivas. Aquí el combate lo tienen que dar todas las fuerzas progresistas que creen en una sociedad más justa, mejor. Promover imágenes empoderantes, que eleven la autoestima afirmando el valor de lo ninguneado, en el campo de la creación artística y cultural. En este sentido las miniseries sobre Dina Paúcar y Chacalón son iniciativas que aportan pues representan un nuevo espejo en donde el mundo popular puede reconocerse en una imagen de protagonismo. Esta lucha, de otro lado, tiene una perspectiva de fortalecimiento de la alicaída nación peruana porque hasta que nuestra sociedad no recupere su legado andino vivirá en guerra consigo misma. En este sentido el aporte de la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación debe retomarse pues en el informe está planteado el problema de la exclusión como causa de los desencuentros y fracturas de la sociedad peruana. A todas las personas de buena voluntad toca contribuir, cada uno desde su posición, a esta lucha donde se juega el porvenir de nuestra sociedad.
El tercer frente es la lucha contra la corrupción y el clientelismo que son otros rostros del autoritarismo. En realidad la corrupción no es una excepción o anomalía. Es, en realidad, un sistema de gobierno mafioso, que resulta ineficaz y marginador. Y la corrupción está firmemente atrincherada en (casi) todas las instituciones del país. Desalojar la corrupción es una tarea que tenemos que internalizar todos los peruanos. Se trata de modernizar el estado que es una tarea central en nuestra sociedad.
Por último quisiera retomar el argumento central de mi exposición. Ahora, en el mundo de hoy hemos aprendido que la diversidad es riqueza pues significa mayores posibilidades para el desarrollo de cada uno de los habitantes de este país. Pero cuando la diversidad es jerarquizada, cuando el racismo y la corrupción predominan, tenemos una guerra civil latente, una inestabilidad que hace (casi)ingobernable la sociedad. Por ello la recuperación de la diversidad como valor requiere de la lucha contra la injusticia.
