El presente artículo argumenta que la compleja relación Perú-Chile ha dado lugar a un imaginario donde la realidad histórica se articula con una densa fantasmagoría de manera de que las identidades colectivas están mutuamente referidas en un juego de proyecciones que finalmente no conviene a ninguna de las dos sociedades.

En efecto, la sociedad peruana se asume como víctima y la chilena como omnipotente. Entonces, desde el Perú, Chile es visto como un país poco original pero agresivo y rapaz. Y, desde Chile, el Perú es visto como un país de fracasados y quejosos. En todo caso la referencia al otro ha sido básica para la construcción de un sentido de identidad en ambos países. Es comparándose con el Perú que Chile se auto percibe como un país de blancos, y no de indígenas, y fundamentalmente exitoso. En esta autopercepción los chilenos son convocados a ignorar su mestizaje y sus debilidades de manera que buena parte de la sociedad chilena queda invisibilizada. Se construye así una unidad en gran medida ficticia pues ignora las profundas divisiones de la sociedad chilena. Y es comparándose con Chile que el Perú se percibe como una sociedad original y con una variedad de recursos e historia que incitan la envidia y codicia de Chile. También esta imagen implica la construcción de una unidad ficticia pues se invisibiliza la capacidad de agencia de los peruanos. Chile es un país ladrón y prepotente, y el Perú es un país fracasado de gentes quejosas.

Desde luego que estos estereotipos tienen una historia y un anclaje en lo real. Pero lo que me interesa enfatizar es la dimensión imaginaria y su perniciosa consecuencia en la dinámica socio cultural de ambos países. Para las personas que quieren adentrarse en esta temática les recomiendo los textos de Carmen Mc Evoy.

Cuando la selección de futbol peruana va a jugar con su similar en Santiago, la hinchada chilena recibe a los jugadores peruanos con el grito de ¡indios culeados! Implícitamente la hinchada chilena se define como ni india ni culeada. Digamos un lujo de potencia. Blancos y viriles. Con esa consigna pretenden desmoralizar al equipo peruano. Decir algo así como que ni lo más recóndito de tu rabia me hace mella pues yo no tengo miedo y soy mucho más fuerte. Entonces no debe sorprender que un “ 46% de los niños chilenos considera que hay nacionalidades inferiores a la nuestra, siendo los peruanos (32%) y los bolivianos (30%), quienes lideran esta lista… el 21% de los menores cree que Chile es un país más desarrollado que sus vecinos, puesto que hay menos indígenas”. Estos son los resultados de un estudio hecho por UNICEF y publicado en la siguiente dirección electrónica: http://www.unicef.cl/archivos_documento/109/PPT%20prejuicios%20final.pps
Lo que me interesa subrayar es la asociación entre el racismo anti-indígena y la validación de la fuerza como argumento supremo. De esta asociación resulta una arrogancia que se inscribe en la sociedad chilena. Una actitud maníaca, un delirio de omnipotencia que desconoce la debilidad humana. En términos políticos una disposición autoritaria, definitivamente muy poco democrática. Finalmente, el comando de estar siempre a la altura de la manía es una exigencia deshumanizante.
En el Perú el sentimiento anti-chileno se reactiva periódicamente. Los chilenos siempre roban. Se apoderaron de Tarapacá, se robaron los libros de la biblioteca, se quieren adueñar del Pisco, de la chirimoya, del suspiro de limeña. Son activos e industriosos pero malévolos. Buscan causar daño. Los peruanos se colocan en la posición de víctimas. Y esta posición no es nada conveniente para el desarrollo humano pues la víctima se (des)ahoga en la queja.
En Chile el estereotipo negativo sobre el Perú refuerza el autoritarismo. Y en el Perú el sentimiento negativo sobre Chile refuerza una indignada pero paralizante autocomplacencia. En definitiva estas imágenes alimentan sentimientos negativos. Entonces la cuestión es cómo reformar estos estereotipos, cómo lograr cambiar las respectivas narrativas de manera de lograr una hermandad, o al menos una solidaridad entre nuestros pueblos. En realidad, en este caso, la imagen del otro funciona como aval de una percepción empobrecida de nosotros mismos.