La construcción intersubjetiva de lo social: una reflexión a partir de los insultos

El propósito de este texto es problematizar lo “social” entendido a la manera positivista; es decir, como una realidad siempre ya dada respecto a los individuos. O como diría el Durkheim de “Las reglas del método sociológico”, como “cosa” o “Molde social en los que nos vemos obligados a vaciar nuestras acciones”. Conviene aclarar desde un inicio que no se trata de negar la pertinencia y fecundidad de este enfoque pues reificar lo social abstrayéndolo del flujo histórico de donde surge es una opción que pone en evidencia la “construcción social de la realidad”; el hecho de que lo social aparece como una realidad externa que fundamenta la subjetividad. Pero de lo que se trata en este ensayo es de relativizar o problematizar lo social, mostrando los límites de la perspectiva que lo asume como “cosa” ya que, como veremos, esta perspectiva impide pensar la historia de lo social y su (inter)dependencia de lo imaginario e (inter)subjetivo. Para esta reflexión partiremos de los insultos entendidos como expresiones verbales estereotipadas, hechos sociales, a través los que un hablante puede expresar su agresividad. No obstante, en el desarrollo de esta reflexión quedará claro lo incompleto de esta aproximación que no se propone siquiera explicar el origen o el cambio de estas formas verbales.

En el Perú

Dentro del arsenal de agresiones verbales que tiene a su disposición el hablante de castellano en el Perú, sobresalen, por su beligerancia, los insultos referidos a la (presunta) identidad étnica, y, sobre todo los destinados a la madre del agraviado. Se trata de expresiones que sitúan al hablante en un punto indecidible del mismo umbral que separa la agresión verbal de la agresión física. El hablante se ha dejado poseer por la cólera, está enardecido, y el insulto representa la frontera o el fin del diálogo. Entonces, el hablante recibe las satisfacciones respectivas o escarmentará a golpes al objeto de su furia. Desde el otro lado, que corresponde a la persona agraviada, hay que decir que si no responde ella vería mermado su prestigio pues lo más sagrado de su identidad está siendo puesto en cuestión.

Dentro de los insultos que “mentan la madre” destacan: “hijo de puta” y “(ándate a la) concha de tu madre”. Estas expresiones son a zonzo lo que puede ser una bomba respecto a una bala. Es decir, se trata de armas contundentes, que no tienen otro destino que herir pues profanan los vínculos en que se sustenta el valor de una persona.

“Concha de tu madre”

La perspectiva de tratar los hechos sociales como cosas nos dice poco sobre el significado y el origen del insulto. No obstante la aproximación psicoanalítica es muy útil para comprender el sentido de estas expresiones. Veamos el “(ándate a la) concha de tu madre”. Quien usa este sintagma está expresando el deseo de que el otro desaparezca, que se vaya a un cierto lugar: la concha (¿el útero?) de su madre. ¿Por qué se imagina que es un castigo, el peor de los destinos, el desaparecer en el interior de la madre? Dejando en suspenso una respuesta, se puede decir, en todo caso, que el agraviado es representado como un maldito, alguien que nunca debió nacer, salir al mundo. No obstante el deseo de que regrese a la madre implica (re)introducirse por la vagina. Entonces puede inferirse que la realización de este deseo supone una relación incestuosa. Es decir, el más estricto y elemental de los tabúes quedaría violado por una complicidad entre madre e hijo. Se configuraría así una pareja monstruosa. Esta hipótesis puede servir para entender otra variedad del mismo insulto: ¡es un “concha de su madre”! Un “concha de su madre” es alguien que no tiene límites morales, una persona capaz de cualquier atrocidad pues ya habría hecho lo peor. En buena cuenta, un psicópata.

Se puede pensar que en algún momento a alguien se le ocurrió, por vez primera, enviar a un semejante a la “concha de su madre”. Y que luego esta expresión fue retomada por otras personas, adquiriendo entonces carta de ciudadanía, convirtiéndose en un hecho social. Digamos que en el imaginario de alguna persona se identificó una afinidad entre los genitales femeninos y la concha, presumiblemente la de abánico. Luego esta similitud fue reconocida por la colectividad de manera que la metáfora quedó consagrada.

En efecto, vistos desde fuera, los genitales femeninos pueden semejar esa parte del molusco, que es la formación calcárea o concha, pues lo visible en ambos casos son bordes o labios que delimitan una cavidad. En esa cavidad están contenidos los órganos reproductivos de la mujer, eventualmente el feto, o el propio cuerpo del animal. No obstante, la concha de abanico tiene otra característica que puede explicar la aceptación social de su uso como nombre de los genitales (externos) femeninos. La concha se cierra súbitamente y así traga su comida. Además sus bordes son afilados de manera que puede desgarrar la piel de quien trate de manipularla. Entonces el empleo del término concha puede estar vinculado a una percepción aterrada de los genitales femeninos puesto que ellos podrían cerrarse y producir una penosa castración. En esta imagen se estaría simbolizando una realidad reprimida: el poder femenino, especialmente el que la madre detenta sobre el niño, pero también el de la mujer sobre el hombre. Este poder es imaginado-sentido como castrador, limitando la pretendida omnipotencia masculina.

“Hijo de puta”

El otro insulto, “hijo de puta”, implica que la madre del agraviado es una “mujer pública” que puede ser de todos pero que no es de nadie. Una mujer sin legitimidad social cuyo hijo no tiene padre definido pues éste puede ser cualquiera. Por tanto se puede presumir que el hijo no ha internalizado la ley y que vive en una relación de fusión (incestuosa) con su madre. El “hijo de puta” es un salvaje, un desalmado, alguien feroz y que no tiene moral.

En muchas culturas se imagina una mítica “tierra sin mal” un paraíso de donde las criaturas humanas fueron expulsadas. La fuente de esta creencia podría ser una cierta imagen de la vida antes del nacimiento. El embrión humano viviría en un estado de fusión y armonía con la madre. Entonces la añoranza del útero materno nos acompaña pero el regreso no solo es imposible sino que, además, está prohibido pues es un deseo que pasa por el incesto. Lacan dice que “no hay soberano Bien: que el soberano Bien, que es das Ding, que es la madre, el objeto del incesto, es un bien prohibido y que no hay otro bien. La desdicha de la existencia no es entonces de ninguna manera contingente. La madre, en tanto ocupa el lugar de la Cosa, induce el deseo de incesto, pero este deseo no podría ser satisfecho puesto que aboliría todo el mundo de la demanda, es decir, de la palabra y, por lo tanto, del deseo.”

Enviar a alguien a “la concha de su madre” implica por tanto hacerlo desaparecer en un lugar que significa tanto el horror del incesto como la felicidad de la coincidencia consigo mismo. Un espacio clausurado, diría Castoriadis, donde no hay diferencia entre deseo, representación y realidad. Un lugar de plenitud, donde si no hay deseo es porque nada falta. Pero donde es imposible la individuación. Por eso mismo dejarse llevar por la añoranza de regreso está socialmente prohibido. En realidad equivale a un suicidio simbólico. Entonces, dada la imposibilidad de aquello a lo que naturalmente tendemos, lo único que nos queda es buscar sucedáneos de la Cosa materna. Reemplazos que activen nuestra pulsión. Metas que son “como si” fueran la Cosa materna.

Recapitulemos, considerar a los insultos como “hechos sociales” es una aproximación fecunda. Pero también tiene sus límites pues si bien cierto que el insulto es una expresión verbal prefijada también lo es que esta expresión es (re)creada por los individuos. Entonces reificar el insulto como un hecho social, objetivo, siempre ya dado para los individuos, invisibiliza la dinámica de su creación. Lo que podría llamarse la creación intersubjetiva de lo social. Lo social es creado, inicialmente, por individuos. Se transforma en social en la medida en que esta creación es retomada por los demás. Y es retomada por los demás porque ellos la encuentran “feliz”; es decir, reveladora de algo que sienten pero hasta el momento no había encontrado una expresión o molde realmente contundente. Además debe tenerse en cuenta que la razón de ser, la necesidad, de los insultos se fundamenta en la pulsión, en los afectos y las fantasías. Comprender los insultos solo como hechos sociales nos hace perder de vista la agresividad de la que se nutren y las transformaciones que experimentan.