La construcción social de la subjetividad: el poder (negado) de la mujer
La subjetividad es, en un inicio, el espacio de encuentro entre la pulsión y la cultura, entre la biología y la sociedad. Es en este dominio que emerge el sujeto entendido como posibilidad de autonomía desde la dependencia originaria. El sujeto existe en la medida en que está inscrito en lo social, es un producto de lo social, pero también existe, solo en tanto no está absolutamente condicionado, en cuanto es capaz de auto-indicarse gracias a su imaginación y reflexividad. La misma palabra sujeto es un oximorón pues tanto indica sujeción como autonomía y libertad. Lo social es creado por los sujetos pero la subjetividad es organizado por lo socio-simbólico. En este ensayo intentaré mostrar como lo social construye lo subjetivo. Igualmente, haré énfasis en que esta construcción implica una (des)organización de lo real. Tomaré como referencia el sistema patriarcal y su manera de “sexuar” los cuerpos, inscribiendo en ellos relaciones de dominación.
Según Melanie Klein, el primer, y fundamental rostro del poder es femenino. Nadie tiene tanto poder sobre alguien como la madre sobre el niño. El bebé depende enteramente de ella y esta situación lo lleva a sentimientos ambivalentes: el amor y el odio conviven en su mundo interior.
No obstante, esta situación es reprimida y negada conforme el bebe se convierte en niño. Entonces la dependencia de la madre adquiere para el niño, las características de lo abyecto, de lo profundamente despreciable. El niño reniega de esa fase de su vida que queda sumida en lo abisal inconsciente. En realidad esta dependencia tiene su momento más intenso en un período de la vida cuando no hay lenguaje de manera que no se la puede capturar con palabras. Debe insistirse, sin embargo, en que no se trata solo de la imposibilidad de recordar por la falta de lenguaje pues igualmente importante es la ideología patriarcal que invisibiliza, por indeseable, el depender de la madre. Esta ideología separa al niño (especialmente) varón de su madre y, de otro lado, le hace renegar del cuidado materno como algo que no tiene mucho valor ni, tampoco, deja demasiada huella. Para la mujer ser madre resultaría fácil, agradable, natural.
La situación de poder que tiene la madre sobre su hijo recién nacido no es reconocida como tal por ella misma. La ideología patriarcal define la maternidad como la realización femenina. Como dice Freud, el hijo es el pene de la madre o, digamos, un equivalente funcional. Es decir, en el mundo patriarcal, es la maternidad lo que da reconocimiento y status social a la mujer, lo que la hace valiosa como persona. Así, con ese precioso regalo que es el bebé, la mujer ya estaría más que pagada de manera que no tendría por qué reivindicar una recompensa por sus esfuerzos. Entonces, ella vive su poder como obligación y no como una posición que le permitiera reivindicar algún tipo de compensación. Entonces, otra vez, nada parece tan natural, fácil, gratuito como el cuidado maternal.
En suma, tanto el niño que crece como la madre que deja crecer son convocados a desconocer la dimensión del poder en la relación que sostienen. La ideología patriarcal crea a la mujer abnegada, y al niño (ingrato) que se siente cada vez menos comprometido con su madre, pues piensa que no ha recibido nada que sea especial.
En todo caso, el poder femenino está relacionado a lo nutricio, al cuidado. Un poder que fecunda y que se esconde, que implica la propia subordinación de quien domina. La “buena mujer” es la que hace invisible su poder, la que dando, no pide nada a cambio.
En una performance un cómico callejero expresa algo evidente, pero oculto. Los hombres, dice, no pueden sobrevivir sin las mujeres, puesto que son ellas quienes les organizan la vida. A diferencia de una mujer, dice el cómico, un hombre no podría sobrevivir un mes solo. Simplemente moriría. Resulta, entonces, que los hombres son dependientes de los cuidados de las mujeres, pero que esta dependencia no entraña subordinación, sino que, paradójicamente, está asociada a la dominación. De manera que se configura un lazo marcado por una dependencia dominadora por parte del varón.
¿Por qué las mujeres no hacen valer su esfuerzo? ¿Por qué no se reconoce la contribución femenina? ¿En qué medida la invisibilización de este poder es la premisa del patriarcado? ¿No es acaso verdad que la violencia entre hombre y mujer tiene como sustrato una no resuelta lucha por el poder, en la que la reivindicación femenina es desestimada, en última instancia, por medio de la violencia física y el temor que ésta engendra?
El poder femenino es negado pues es una realidad indeseable para el sistema patriarcal. Entonces, la realidad de ese poder se abre paso a través de actuaciones imprevisibles o de una resistencia muda pero desobediente. Situaciones que desestabilizan al patriarcado y que lo tornan violento puesto que en el límite la violencia física es la forma de luchar contra ese poder negado.
La ideología patriarcal desestimula a que las mujeres asuman conscientemente el poder que realmente detentan. No lo deben poner a su servicio. Si lo hacen son malas madres o prostitutas. La satanización del poder femenino es evidente en muchas leyendas y cuentos infantiles en la figura de la bruja. La bruja es la mujer egoísta que no se ab-nega. La bruja pertenece a un mundo de sombras. Su poder viene de lo masculino pues ha pactado con el diablo para confabular contra la supremacía del bien y del orden. En el cuento Pancha la Chancha la mujer soltera, que por su poder de atracción simboliza un peligro social, es representada como un animal demoníaco que puede, sin embargo, ser puesto en vereda por un caballero firme y controlado, y por tanto inmune a sus malas artes.
Que a las mujeres les va mal si llegan a usar el poder que tienen lo muestra, según Bettelhein, el cuento de Caperucita Roja. Caperucita es una muchacha atractiva. No obstante de una manera inmodesta usa de su belleza para su satisfacción personal. Ahora diríamos que es una “perra”, “placer” o “jugadora”. En efecto, Caperucita da el mal paso que la pierde: entra en diálogo con el lobo al punto en que le dice adonde va. La coquetería de aceptar los requerimientos del lobo fue fatal para Caperucita, pues termina devorada.
Si el poder de la joven, que reside en su atractivo físico, tiene que ser usado en límites muy acotados para ser legítimo, aún más restringidas son las fronteras en que la madre puede usar el suyo. En su libro Los demonios familiares de Europa, Norman Cohn reconstruye la historia de la caza de brujas. Entre los siglos XVI y XVIII miles de mujeres fueron quemadas por la presunción de que eran brujas. En el imaginario de la época, durante los Black Sabbaths o aquelarre, las brujas se reunían con Satanás que aparecía bajo la forma de un macho cabrío. Después de que cada una le besara el ano, empezaba una reunión en que las brujas competían por el favor de su señor contando sus hazañas, todo el mal que habían hecho. Antes de salir volando en sus escobas, solían tener una última cena en la que se comían a un niño bautizado. Según las investigaciones de Cohn, en las “epidemias” de caza de brujas, las mujeres solas, especialmente mayores, eran las más proclives a ser acusadas de practicar la magia negra.
En síntesis, resulta que por la importancia de su función social las mujeres tienen un poder enorme que, sin embargo, no reclaman. Entonces este “poder no reclamado” es apropiado por los hombres. Esta situación es paradójica, pues resulta que el género que tiene más poder es también el más dominado. La coexistencia de estas situaciones remite a la importancia de la ideología y el juego de in-visibilidades que ésta determina. La ideología patriarcal produce subjetividades que están más ancladas en lo sociosimbólico que en lo biológico, que suponen una distorsión de lo real, una represión que desestabiliza el propio mundo patriarcal. Entonces, a un género se lo instruye en la decisiva tarea del cuidado, de reproducir la especie. No obstante el cuidado no recibe mayor crédito. El esfuerzo es invisibilizado como “natural” y “feliz”. Nada habría que reclamar. Al otro género se lo instruye como si fuera el decisivo. Sus tareas son las más valoradas. Las que reciben una compensación social mayor.
Todo lo anterior viene a cuestionar el concepto de poder que usualmente manejamos. Según Weber, el poder de un individuo estaría dado por la probabilidad de que otros individuos sigan sus mandatos. En este sentido, es decir, como probabilidad de que la pretensión de mando encuentre obediencia, el poder está definitivamente asociado a lo masculino. No obstante, si entendemos el poder como potencia, como contribución a la (re)creación de la vida, entonces aparece un rostro femenino del poder. La diferencia entre la pretensión de mandar y la realidad del contribuir pone en evidencia la injusticia y la resistencia. En definitiva, el conflicto inherente al sistema patriarcal de género del que somos criaturas.
