El deber de la alegría

Sospechamos de las conmemoraciones pues a primera vista nos parecen arbitrarias, a manera de un ritual vacío, o de una obligación dudosa. Pero a veces ocurre que el azar de las cifras nos despierta a mundos olvidados. Entonces nos encontramos con obras que nos aguardan sin que acaso lo sepamos. Algo así como legados que nos caen por sorpresa. Presentes cálidos e inquietantes. Como si su sabor nos dejara un regusto extrañamente familiar.

La obra de Yeroví ofrece un interés múltiple que requiere de una crítica que recién se inicia. Sucede con nuestra literatura lo que ocurre con toda nuestra realidad. Sabemos muy poco lo que somos porque aún ignoramos de dónde venimos. No conocemos nuestra herencia de manera que no es fácil escoger aquello que queremos ser. Y, en contraste, en cambio, no es difícil dejarse llevar por las modas del momento. Entonces, en estas circunstancias, cuando el “seguro azar” nos coloca frente a la obra de Yeroví, no podemos estar sino agradecidos. De inmediato, leyendo sus textos oímos una voz a la vez familiar y extraña, una voz que nos habla en el oído. Y nos comunica un mensaje que no es solo suyo sino que nos trae la mejor sabiduría del pueblo limeño. En efecto, nos habla de un mundo provinciano que festeja la alegría sin complicaciones, que es alérgico a los apasionamientos. Pero este mundo, pese a su vocación risueña, tiene que enfrentar los enormes desafíos de la época. Se trata de levantarse como capital de nación en un momento en que el retraso comienza a ser percibido como enfermedad mortal. Delimitar las fronteras del país y construir una ciudadanía nacional son desafíos imposibles de evadir pero muy difíciles de enfrentar. Pero no nos apresuremos. Intentemos, primero, fijar aquello que nos sorprende de la obra de Yeroví.

Luis Jaime Cisneros ha llamado la atención a la agudeza verbal de Yeroví. Su versificación es feliz: rápida, fresca, contundente. No cala hondo, pero sí revela lo inmediato, lo que corresponde a un sentir colectivo. El verso de Yeroví tiende a la ligereza, poseído de una inspiración, tiene un ritmo que se perfecciona en el camino. Se trata de una musicalidad viva; para nada académica o trabajosamente cuadrada “Repentismo” ha llamado Luis Alberto Sánchez al estilo de Yerovi. Es el ímpetu de un decir que, reaccionando a los acontecimientos del día, se prolonga hasta agotar las primeras impresiones, buscando entonces una redondez, una moraleja que remite lo nuevo a lo ya conocido. La musicalidad de Yeroví es un fluir irreflexivo e irreverente donde se trasluce las notas de su espíritu, sobre todo alegre y luminoso, pero, también, a veces, pocas pero ciertas, trágico y sombrío.

Yeroví es un letrado criollo de clase media. No se asimila a la plutocracia señorial pero está aún más lejos de los indios “guanacos” y de esos hijos de la modernización reciente que son los obreros sindicalizados. La originalidad y fortuna de su decir radica en su vínculo con lo popular tradicional. En la posición que él representa no hay la pretensión de un protagonismo político pues él sabe que este protagonismo está restringido a militares y señores. Yerovi se asume como portavoz de un pueblo que se limita al papel de observador de las acciones de los notables. Entonces, a él le toca comentarlas, expresar como estas acciones son vistas por el común de las gentes. Y por lo general su ánimo es desencantado y hasta sarcástico. Pero su escepticismo sobre acción de los señores no lo llevan ni al odio ni al resentimiento.

En realidad, Yeroví se inscribe en la tradición de Segura y Palma. Su sentido del humor divierte sin ser cruel. Sus marcas son democráticas. Es un descreimiento de las pompas, de la seriedad inflada, y, en contraste, una ternura por lo sencillo y lo cotidiano. Yerovi no se deja impresionar por el dinero y el poder. En el campo político esta actitud se prolonga, siguiendo a Palma, en una admiración a Piérola. Si hay alguna esperanza para el Perú, ésta tendría que venir de un caudillo, desprendido y romántico, capaz de involucrar en la construcción del Estado a un mundo popular que es reacio a la política.

Por momentos, la posición de Yeroví resulta tan actual que la podemos sentir enteramente nuestra. Como si nada hubiera realmente ocurrido, como si todo continuara exactamente igual…

Ilustremos esta vigencia. En un poema, ¿Y la crisis?, Yeroví escribe:

“es un país tan dichoso,/el país en que alentamos,/que apenas si comentamos/ algún asunto imperioso/ por dos minutos siquiera/…/la situación más inquieta,/la más alarmantes cosas/existen como las rosas perfumadas del poeta./Brotan bajo el sol naciente,/duran la tarde de un día,/se mueren sin agonía/y… hasta la rosa siguiente…/…nada nos infunde ardiente/ vehemencia ni nos acosa;/vemos caer una rosa… ¡y hasta la rosa siguiente!/”.

El carácter limeño es pues representado como ligero sino frívolo, desinteresado de los asuntos públicos. Los “asuntos imperiosos” apenas son comentados, o interesan, en todo caso, como las “rosas perfumadas del poeta” “. .nada nos infunde ardiente/ vehemencia ni nos acosa;/vemos caer una rosa… ¡y hasta la rosa siguiente!/”. No hay un compromiso con los temas problemas fundamentales del país.

Esta ligereza es una disposición a la alegría que suaviza los enfrentamientos, que depone los rencores. Entonces las situaciones más conflictivas se arreglan, en especial, si hay suficiente para todos. Esta es la tesis de otro poema. Fusionando. “Que no se diga/que nos hayamos/los que nacimos/en el país,/tan divididos/que no podamos/nuestras rencillas/soldar y unir./Aunque parezca que nos comemos,/que nos odiamos/de corazón,/ello es que todos/nos entendemos/cuando hay un plato/que baste a dos/…La cosa es fácil, como de Lima,/donde no hay odio/que dure un mes,/y donde ¡efectos/dulces del clima!/somos tan dulces como la miel/”.

La representación de lo criollo plasmada por Yerovi es emblemática. Se sitúa en continuidad directa con Palma y ha sido rigurosamente tipificada por Mariátegui. Se trata del mito de un mundo feliz, sin grandes enconos, de gentes mazamorreras, con gran vocación de goce, pocos dispuestos, por tanto, a sacrificarse por ideas y abstracciones.

Esta “sabiduría criolla”, sin embargo, viene a impedir la verbalización y actuación de los sentimientos de malestar y odio. Entonces, podemos pensar, que toda esta autorepresentación tan amable e indulgente implica un cercenar lo que no encaja, invisibilizar la violencia y la dureza de ánimo. Hechos que pese a ser negados son también típicos de la Lima criolla. Ahora bien, reprimidas estas realidades son como la motivación oculta de un deseo de un cambio radical; deseo que emerge, sobre todo, en el accionar de las turbas, en la demanda de justicia aquí y ahora, en el protagonismo de la calle. Este cambio que se desea pero que, como está ligado al odio, no se atreve a ser plenamente expresado encuentra, sin embargo, a veces, su camino a la escritura. Entonces a contrapelo de la tolerancia risueña, se abre camino una actitud de furia. Ése es el caso de Plaga de Males.

“¡Somos muy desgraciados!/¡sí que lo somos!/¡muy cierto que los males/no vienen solos/nunca, jamás!/parece que el demonio nos condujera/como el cangrejo – siempre p’atrás/¿cuándo al fin alzaremos/la limpia frente?/¿cuándo suena la hora/ya ansiada y fuerte/del despertar?…/¡basta de enfermedades, basta de plagas!/¡la cirugía debe empezar!/ ”.

La proximidad de Yeroví al sentido común popular, la felicidad con que lo expresa y lo forma, le da a su obra el estatuto de clásica. En el humor político de hoy resuena aún el espíritu burlón pero no antagonista de Yeroví. En los comics de Alfredo como El país de las maravillas o Las viejas pitucas reaparece esta representación del peruano como inocente y risueño, una y otra vez defraudado, pero nunca amargado y siempre esperando.

Otra dimensión donde es visible la musa popular de Yeroví es en su impulso a lo sencillo y directo; en su desconfianza a la grandilocuencia y al amaneramiento. Así, en un poema llamado Los Caballos de los Conquistadores Yeroví se burla de las ínfulas aristocráticas de Chocano. Entonces, Yeroví sustituye los caballos chocanescos por los soplones: “los soplones son bravos,/los soplones son fieros/”. En realidad el humor de Yeroví acerca y reintegra, se burla de lo superior. Es, definitivamente, democrático.

Si hubiera que establecer un canon en literatura humorística peruana sería necesario distinguir dos líneas paralelas que tienen, sin embargo, en su inicio, una sola obra, la de Juan del Valle Caviedes. La primera línea tiene como momentos más altos a Felipe Pardo y Aliaga y a Manuel González Prada. Los más logrados representantes de la segunda son Manuel A. Segura, Ricardo Palma y Leonidas Yeroví. El humor de Pardo y González Prada es un mal humor. Sarcástico y agresivo, busca descalificar. Reírse sin piedad. Se trata de un humor aristocrático, desdeñoso, cuando no totalmente descalificador. Pero es una burla sin esperanza, donde la lucidez se equipara a un pesimismo radical.

La segunda línea está decisivamente influida por el romanticismo y la democracia. Aquí el humor no invalida ni destruye. Se burla de sí mismo, se resiste a tomarse en serio. Es inocente y risueño. Se ríe de la gravedad aristocrática. Yeroví agota ese criollismo democrático, ingenioso, inocente y risueño que se perfila con toda claridad en la obra de Palma. Se trata de una actitud que corresponde a esas clases medias que banalizan los conflictos y que buscan sus señas de identidad en un pasado, en el sentimiento de nostalgia hacia una ciudad imaginada como lúdica y feliz. De alguna manera, el humor es una renuncia a la acción, un reconciliarse con el papel de observador, un divertirse con las frustraciones propias y ajenas. Pero en un mundo marcado por el progreso material, los intentos de disciplinamiento del mundo popular y la redefinición burguesa de lo señorial, esta posición será cada vez menos posible. Las pasiones políticas eclosionan en la década del veinte, de manera que la naturalidad y el buen humor dejan de ser posiciones viables. Entonces, ya con el APRA y el Partido Comunista, todo será más serio, todo estará más cargado. La belle-epoque aparecerá retrospectivamente como sinónimo de frivolidad y escapismo. Nostalgia y decadencia.

No obstante, en la actualidad, superada la “pasión por lo real”(Badiou), el tremendismo político; es decir, la expectativa de una revolución o salvación radical, podemos revalorar la obra de Yeroví. Para empezar encontrarla dentro nuestro, saber que somos sus herederos y que sus gestos, que convocan a una crítica sin odio, a un disfrute de la vida, a una unión de la gente; son todos actitudes sabias que podemos hacer nuestras con orgullo.