Un evento tiene que ser inmanente a lo que revoluciona o subvierte. Por tanto, el anunciar el evento es indistinguible del evento mismo. El evento es producido por la declaración. Así, por ejemplo, los manifiestos de vanguardia son parte integral de las obras de arte que fundan y auspician. La declaración toma la forma de “yo, el evento estoy hablando”. El anuncio del evento funda el evento mismo. El sujeto anuncia el evento como algo que va más allá de un propósito, algo en que está incluido lo real, algo que (me) ha sucedido. Lo real es la pues la base desde la cual estamos hablando. Una declaración de amor es un ejemplo claro. La persona confiesa lo que le sucede y que no controla, y esta misma enunciación apresurada crea las condiciones para el desarrollo del evento y del sujeto.

La tesis central de este estudio es que hay algo más fuera de la pareja formada por la posición metafísica, que sustrae lo real del habla y, de otro lado, la posición sofista que mina la noción de lo real al postular que todo es habla. Ese “algo más” que existe más allá de esta alternativa es, precisamente, una dualidad, una dualidad que no tiene nada que hacer con las dicotomías entre términos opuestos y complementarios que son siempre los dos lados del uno. Esta dualidad no es tampoco una multiplicidad. Quizá pueda imaginarse esta dualidad en la metáfora del filo como la cosa cuya única sustancialidad consiste en que simultáneamente separa y liga dos superficies. La dualidad no es nada salvo la articulación-separación de dos aspectos. Esta especificidad apunta a lo real y le hace lugar a través de la misma división-reunión que da estructura a esta dualidad.

El sujeto anuncia el evento, pero el evento es inmanente al anuncio mismo. El anuncio es el evento que (re)crea al sujeto. En esta perspectiva, el evento es el instante cuando el sujeto al encontrarse a sí mismo se divide. El evento es siempre un encuentro del futuro y del pasado, algo que afecta al pasado tanto como al futuro, por eso puede pensarse como un hueco en el tiempo. El evento es el instante donde se cristaliza una narrativa que, reorganizando el pasado, se proyecta hacia el futuro produciendo imágenes ciertas que redefinen al sujeto. Sujeto-evento-sujeto, se trata de reunir lo que uno es de manera de hacer posible un nuevo comienzo.

El evento es el nombre conceptual de algo que separa y liga a estos dos sujetos. El que adviene y el que es desplazado. El evento nombra lo que está en el medio, el filo del borde entre los sujetos, es la tensión que impulsa al sujeto. La única prueba del evento es la coexistencia de esta doble subjetividad. El sujeto prepara el evento, pero surge del evento. El primer sujeto deviene un sujeto sólo si el segundo sujeto emerge. Entonces, el momento en que uno deviene lo que es, no es un momento de unificación, sino de una división pura.

Ahora bien el evento puede ser imaginado sea como un cataclismo, o sea como algo que empieza al “mediodía”, “en el medio de la vida”. La figura del mediodía le sirve a Nietzche para referir la posibilidad de un nuevo comienzo, la idea de un evento después del cual nada será como fue antes. La mañana es solamente el preludio al mediodía. En el mediodía las cosas no echan más su sombra sobre otras cosas, echan su sombra sobre sí mismas deviniendo, entonces, la cosa y su sombra. Se trata de romper la estéril alternativa entre realismo y nominalismo. Repensar la relación entre lo real y la representación. Se sugiere que lo real existe como la fractura o división interna de la representación, como el filo intrínseco sobre la base del cual las representaciones nunca coinciden ni con su objeto ni consigo mismas. El evento ejemplar es la revolución en tanto posibilidad de un nuevo comienzo. En el evento las causalidades pasadas se debilitan permitiendo el afloramiento de virtualidades no realizadas que pueden imponerse sobre los encadenamientos ya cristalizados de manera tal que otros futuros aparecen posibles.

La realidad es lo simbólico en tanto contiene una pregnancia que no lo hace igual a sí mismo. Esta presencia de lo real se expresa en la deformación de lo simbólico pues lo real es un exceso que no puede ser contenido del todo. Esta articulación imposible entre lo real y lo simbólico es la dualidad. La dualidad no es lo único ni lo múltiple. La metáfora que nos acerca a imaginarla es el filo o quizá la bisagra como eje que divide y articula dos superficies. El filo no es una sustancia sino una propiedad. Un cuchillo es tanto más filudo cuanto más aguda la convergencia de las superficies laterales.

Lo filudo es la metáfora que se usa para nombrar la capacidad de una inteligencia para “desgarrar” los horizontes de sentido común y ver más allá. Abrir perspectivas. En el mismo sentido se usa el término “agudo”. Una “agudeza” es una ruptura, un agujero a través del que se ve más. Entonces la dualidad no está ni en lo real ni en lo simbólico sino en la “mente” entendida como aparato o mecanismo simbólico que es, sin embargo, algo más: intuición, pensamiento.

II

Nietzche dice que el ideal acético es empleado para producir orgías de sentimiento. Todas las religiones son una respuesta a los sentimientos humanos de displacer y dolor; no obstante, ellas nunca tratan la causa, sino ablandan la sensación de displacer en la medida en que proveen una sensación aún más fuerte.

El ideal acético emplea el plus de goce como respuesta al displacer. El idea acético es una suerte de combatir la pasión con un excedente de pasión. Entonces, la religión no es tanto el opio del pueblo, cuanto un levantador de la excitación que nos encadena a la realidad mediante la activación de una pasión mortificante. El dolor y el sufrimiento no son simplemente pesos que un verdadero cristiano debe estoicamente soportar; ellos son, más bien, algo en relación a lo cual el cristiano adviene a la vida como un sujeto. El ideal acético coloca al goce en el sufrimiento como la experiencia humana más vívida, y la convierte en una ley.

Con el término ‘ideal acético’ Nietzche nombra el pasaje de una ley que prohíbe y regula el goce, a otra ley que lo prescribe como algo imperativo. El punto crucial del ideal acético no consiste en el hecho de que la ley sea un arma con la cual podamos luchar con nuestras pasiones. Sólo a través del ideal acético es que la pasión puede desbocarse y perder sus límites. La pasión pura se encuentra en el lado de la ley, en el lado del ideal acético, la mortificación.

La noción de culpa emerge de la lógica de lo inmensurable. Su supuesto es que el goce no es medible, no tiene equivalente. Entonces, la deuda contraída por hechos malos tampoco es medible. Contra más pagamos, más queda para ser pagado. La noción de culpa y la de plus de goce emergen conjuntamente. La culpa es una articulación del goce; es un medio a través del cual lo infinito puede ser inscrito en lo finito, o lo que está más allá puede ser inscrito en el cuerpo. La culpa surge del amor y del sacrificio. Dios se sacrifica por la humanidad convirtiéndose en un acreedor que nunca puede ser suficientemente recompensado.

Para Nietzche el acreedor es más humano cuanto más rico, de tal forma que la medida de su riqueza está dada por las heridas que puede soportar sin sufrir. Este acreedor puede ahora permitirse el lujo más noble posible, dejar ir sin castigo a aquellos que lo han dañado. Esta “autosuperación de la justifica” es llamada misericordia y es el privilegio de los más poderosos. Por tanto, no debemos creer que los términos ‘rico’ y ‘poderoso’ se refieren simplemente a aquellos que tienen montones de dinero y que tienen tal o cual posición de poder. Como lo señala Nietzche, es la capacidad de no ser herido y de no sufrir por una injusticia, lo que constituye la medida del poder y de la riqueza de una persona. No la capacidad de soportar el sufrimiento y la herida, de resistir el dolor, sino la capacidad de no dejar que este sufrimiento como sufrimiento entre en la constitución de la propia subjetividad. Lo que también significa la capacidad de no dejarse subjetivizar en la figura de “sujeto de una herida”, la figura de la víctima. Aquellos que pueden manejar estas situaciones sin menoscabo, son ricos y poderosos porque pueden salir indemnes.

Hay también una diferencia importante entre perdonar y olvidar. El perdonar implica un camino perverso que nos atrapa en una deuda aún mayor. De alguna manera perdonar implica pagar por el otro. En cambio, el olvido es la base de una “gran salud”. La memoria está relacionada con el dolor. Sólo lo que no cesa de doler permanece en la memoria. Entonces, el olvido se refiere a la capacidad de no alimentar el dolor. También a la capacidad de no hacer el dolor el fundamento que determine nuestras acciones y preferencias. En contraste, el dolor es una manera a través de la que el sujeto internaliza y se apropia de alguna experiencia traumática como su propio tesoro amargo. En otras palabras, en relación al evento traumático, el dolor no es exactamente parte de este evento, sino su memoria, la memoria del cuerpo. El olvido para Nietzche no es tanto borrar el encuentro traumático, sino preservar su carácter externo, su foraneidad, su otredad. El olvido es la condición de posibilidad de un acto. La memoria es una alerta insomne, un estado en el cual ninguna cosa importante puede suceder. La memoria nos puede inmovilizar y mortificar. Es sólo una pasión amorosa por algo o alguien lo que puede producir el cierre de la memoria. Y la apertura consiguiente hacia algo o alguien. En vez de perdonar, nos olvidamos. El olvido libera el potencial para el encuentro. En cambio el ideal acético nos impone el estado de estar permanentemente despiertos, memoriosos. Todo lo que nos pasa debe ser registrado en una parte.