Según Deleuze, hay que distinguir dos niveles en la negación de Sade: lo negativo como proceso parcial y la negación pura como idea totalizadora. De un lado, tenemos una naturaleza esclavizada a sus propias reglas y leyes: lo negativo está ahí en todas partes, aunque no todo es negación. Las destrucciones son, también el reverso de creaciones o de metamorfosis; el desorden es un orden distinto, la putrefacción de la muerte es también composición de la vida. Lo negativo está, pues, en todas partes, pero solamente como proceso parcial de muerte y destrucción. Y de ahí la decepción del héroe sádico, puesto que esta naturaleza parece probarle que el crimen absoluto es imposible.
A esta primera idea se contrapone la negación pura, por encima de los reinos y de las leyes, y que estaría liberada aún de la necesidad de crear, de conservar, de individuar: sin fondo, más allá de todo fondo, delirio original, caos primordial compuesto únicamente por moléculas furiosas y desgarrantes.
La negación pura es un delirio de la razón como tal. El yo sádico se fundamenta en esta idea absoluta que implica la negación de su propio yo, así como la producción de actos de violencia por medio de lo que busca, siempre quedándose corto esa negatividad absoluta. La obra de Sade, las consignas y las descripciones apuntan a una función demostrativa más elevada. Esta función demostrativa se basa en el conjunto de lo negativo, como proceso activo y de la negación como idea de la razón pura. Opera observando y acelerando la descripción, cargándola de obscenidad.
Comentario:
La negación absoluta es una idea racional y bajo su hechizo el hombre busca incesantemente la destrucción. La pulsión de muerte sería, entonces, distintivamente humana. Funciona en silencio y sólo es teorizada tardíamente en la obra de Sade, donde la negatividad total aparece como mandato primordial, siempre actuante, pero siempre frustrante, pues toda destrucción es parcial, limitada.
