La construcción de identidad en los jóvenes escolares del colegio “José María Arguedas”
¿Cómo perciben la realidad social del Perú los jóvenes del mundo popular? ¿Cómo se definen a sí mismos?
1. La sociedad peruana es percibida como fundamentalmente injusta. Lo decisivo es el dinero y el poder, de manera que los débiles, aún cuando tengan la razón, permanecen excluidos. El problema es aún más complicado por cuanto que los débiles que logran algún poder se aprovechan que de su nueva situación para excluir y explotar. No hay en el país un sentimiento de respeto mutuo, la tendencia es a aprovecharse del otro. Esta situación tiene hondas raíces históricas, pues se remonta a la invasión española. Si hay alguien que sería mayormente responsable de esta situación serían los políticos, puesto que “prometen y no cumplen”, engañan, son “demagógicos y corruptos”.
2. En las enunciaciones orales los jóvenes no se identifican ni como abusivos ni como víctimas. Su posición es, más bien, la de espectadores críticos, escépticos de una situación que aparece sin salida. Un panorama distinto aparece en el caso de la enunciación escrita. Una dimensión que es ignorada por el grupo en cuanto tal, pero que está presente en cada uno de sus miembros. En efecto, en los textos (testimonios, relatos, crónicas) se sigue reivindicando la igualdad y criticando la injusticia, no obstante, se refieren a experiencias en las que el propio sujeto de la enunciación ha sido autor u objeto de un abuso o injusticia. El problema no está sólo en una realidad externa de la que se es testigo impotente, también está en el propio individuo que testimonia una verdad que no se atreve a expresar en público. En lo público prima, pues, la posición de testigo indignado de una realidad injusta que no tiene, sin embargo, perspectivas de cambio. En la comunicación más privada se admite un involucramiento, un ser parte del problema, a título de verdugo o víctima. Este desfase entre lo público y lo privado debe ser comentado. Es claro que la enunciación pública está sometida a un control social. No es “correcto” decir que uno ha abusado y, quizá menos aún, confesar haber sido objeto de una injusticia. El control social prescribe el desconocimiento de la propia experiencia en función de los ideales sociales a los que supuestamente tenemos que responder. En la enunciación privada prima la denuncia de que uno está incriminado en la injusticia. Los jóvenes se avergüenzan de manifestar sus experiencias. De esta manera, se configura una “conciencia social”, un sentido común que no rescata las experiencias individuales, sino que las niega y las reprime. ¿Qué sucedería si el tabú se levantara y los jóvenes pudieran expresar con naturalidad sus experiencias de injusticia? Los que confesaran abusos, ¿serían admirados? ¿O serían repudiados? Y los confesaran su situación de víctimas, ¿serían repudiados? ¿O serían compadecidos? Las respuestas a estas preguntas no pueden ser simples, mucho depende de la situación. En contextos de “complicidad”, de búsqueda de un goce exaltado, el abuso puede ser sostenido como superioridad, actitud a ser envidiada. Especialmente entre hombres[1]. En contextos menos íntimos, más sosegados, es más probable que el abusador sea condenado y la víctima confortada. Finalmente, ¿cuál sería la consecuencia de eliminar el control social que prescribe en lo público la posición de testigo y que inhibe las posiciones de verdugo y víctima?
3. Los jóvenes dicen más quiénes no son que quiénes son. Es decir, sus referentes identitarios corresponden a figuras a las que ellos no quieren parecerse. De un lado, tenemos a la “gente del campo”, vista como sufrida e ignorante, aislada de la civilización, viven lejos, son buenos e inocentes, pero atrasados, representan el pasado. De otro lado, tenemos a los “extranjeros”, a los “pitucos”, a los patrones. Son vistos como abusivos y discriminadores. En este marcar la distancia respecto a estos dos grupos se configura un nosotros implícito: ni extranjero, ni atrasado. Por tanto, nacional y actualizado. No obstante, muchos de estos jóvenes participan en conjuntos de bailes vernaculares. Y lo hacen con un entusiasmo que sería incomprensible si uno toma al pie de la letra su percepción del mundo andino como lejano e inactual. En realidad, la mayoría de los jóvenes son hijos de migrantes, de manera que sus padres y sus abuelos son la “gente del campo” de la que ellos hablan. Al figurar como remotos, al debilitar el vínculo, los jóvenes están actuando el mandato de negación de lo andino. La identificación es inconsciente o vergonzante; en todo caso, no da prestigio. Por otro lado, la visión negativa del mundo acomodado pone en evidencia la continuidad involuntaria con lo andino, entendido como lo nacional-excluyente. Es el mundo que se percibe como excluyente imaginador. Un mundo, sin embargo, al que los jóvenes exitosos tienden a mudarse.
4. Es notoria la presencia de un culto a la autoestima. Los jóvenes consideran que el problema del peruano es que se avergüenza de lo que es y que esta situación le imposibilita un despliegue de su energía. La autoestima podría ganarse mediante la educación, a través de un valorar adecuadamente los logros de los peruanos, desconocidos por los extranjeros. Lo ideal sería asumir la tradición y esforzarse. Entonces, se puede concluir que los jóvenes piensan en una solución que sólo a medias practican, puesto que al negar su ascendencia están, precisamente, dificultando la autoestima que reclaman. De otro lado, el reclamo de esta autoestima tiene muchas veces ribetes esencialistas agresivos y excluyentes.
5. En las narrativas elaboradas por estos jóvenes prima una impronta decididamente trágica: sufrimiento, tristeza, impotencia. No obstante, la “vida narrada” es mucho más triste que la “vida vivida”. Es como si la gente guardara para el testimonio sólo lo traumático o, quizá, que todas las experiencias afirmativas no pueden recogidas porque desdibujan el retrato de persona sufrida que hace de la desventura su principio de identidad. Esto no tiene nada de sorprendente, pues el Perú es una colectividad que produce tragedias, nos encantan las tragedias.
——–
[1] En una entrevista donde el entrevistador establece una relación cálida de afinidad, el entrevistado, un cobrador de combi, cuenta que su trabajo es variado y divertido. Siempre hay movimiento. Una de las cosas buenas es que puede meterle la mano a las chicas. Lo malo es que después de doce horas de trabajo, regresa con dolor de espaldas a su casa. Meterle la mano a una chica es una fantasía común en tanto anticipación de un goce de posesión y poder. No obstante, llevar la fantasía a la realidad y enorgullecerse, es ya una situación totalmente distinta.
