¿Pensar con el cuerpo? La poética de Fellini y El Satiricón
1. La poética de Fellini se basa en la idea de veracidad. El punto de partida de su proceso creativo es, según manifiesta, siempre una imagen visual que traduce un sentimiento o emoción corporal. La idea es, entonces, “saltarse la palabra”. El germen de sus películas está en las imágenes que se le presentan cuando “mi alma está entorpecida”; es decir, cuando se siente prisionero de algún absurdo o sinsentido. Estas imágenes pretenden poner de manifiesto “eso” que atormenta su sensibilidad. La primordialidad de la imagen implica un dominio de la sensibilidad sobre la inteligencia, de los sentidos corporales sobre la razón discursiva. Se trata de expresar sentimientos mediante imágenes. Sentimientos que son los de un hombre “provinciano”; esto es, “alguien que se encuentra entre una realidad física y otra metafísica”. Anclado en una realidad circunscrita, pero capaz de observarla con cierto distanciamiento, desde una perspectiva que la trasciende.
2. Pese a este rechazo a conceptualizar y pensar, hay en Fellini, sin embargo, una ideología muy clara. El fin último de su obra es “mejorar las relaciones entre los hombres”. Este objetivo pasa por un auténtico desarrollo individual, por una experiencia personal cierta, que se desarrolla más en la vida, en las emociones y sentimientos que en el campo de la razón pura. En todo caso, Fellini quiere ser ante todo testigo “de lo que me sucede”, interpretando y expresando la realidad que lo rodea, de la que él es agudamente conciente de ser parte. Se trata de que los espectadores puedan realizar esa “lúcida separación de sí mismos”, ese autoconocimiento de las propias causalidades, que es esencial para poder seguir haciendo nuevas elecciones, realizar modificaciones y transformaciones.
3. Fellini rechaza categóricamente el moralismo y cualquier compromiso del arte con la política. En realidad, Fellini entiende por compromiso una vinculación con una causa de la que uno resulta instrumento. En otro sentido, se puede decir que el compromiso es central a su obra, pero entendido éste como fidelidad a sí mismo y no a “una causa”; se trata de una apuesta a la veracidad, a un decirlo todo. De todo lo anterior se infiere que Fellini no lleva sus narrativas a una conclusión cierta, como en la vida, no hay escena final. El desenlace queda como una interrogante que inquietará a los espectadores, sólo ellos podrán dar la respuesta. Y es que para Fellini no hay nada ideal: “ni mujer, ni pareja, ni lugar, ni situación: lo importante es aprender a vivir con los problemas personales”. Fellini piensa que la idealización es una suerte de tradicionalismo que lleva a permanecer como prisionero de la nostalgia, y, en consecuencia, al profetismo de la desgracia, a la negación de la vida. El profeta de la desgracia se ciega ante lo nuevo y languidece en la medida en que su mundo ideal desaparece o no se concreta. En realidad, es una figura profundamente conservadora. Fellini recusa la oposición entre la beatería bienpensante de los moralistas y el cinismo canallesco de los vividores.
4. Precisamente, la manera de escapar de esta polaridad es deconstruir la oposición entre decadencia y renacimiento. En lo que puede semejar una decadencia sin futuro ni esperanza, están trabajando ya los gérmenes del futuro. No verlos es la venda que hace a una persona un profeta de la desgracia. “Si quieres colgar una bandera a toda costa, una bandera pedagógica, resúmela en este lema: ser lo que se es, es decir, descubrirnos a nosotros mismos para poder amar la vida. La vida, para mí, como todos sus dolores y tragedias, es bella, me gusta, me divierte, me conmueve. Y hago lo posible para que también los demás puedan compartir mi modo de sentir”.
Comentario:
La poética de Fellini puede sintetizarse como un vitalismo que combate la culpa, al que subyace la idea de que una expresión radical de los propios sentimientos, conducirá a estrechar las relaciones entre los hombres y a amar más la vida. Su antipatía por la ideología y la idealidad no puede oscurecer, sin embargo, el hecho de que su trasfondo valorativo es profundamente cristiano. No obstante, podemos comentar que “saltarse la palabra”, ignorar la ley son actitudes que desconocen la potencia del mal en la criatura humana. En efecto, nada garantiza que una expresión radical lleve a un afianzamiento de las relaciones entre los hombres. Puede llevar, también, a la envidia, el odio, la crueldad. Hay, pues, una cierta endeblez ideológica en Fellini: la expectativa de que la transparencia y la expresión desenfadada lleven al bien y a la libertad. No obstante, debe señalarse que esta “debilidad” es característica de los años ’60, época donde la realidad del mal fue invisibilizada por la potente idea de una inocencia primordial del hombre que es pervertida por el poder y la ley.
Fellini habla desde la posición del artista que reflexiona sobre su obra. Pero no le interesa mucho pensar. No quiere ser un filósofo, su reflexión pretende estar arraigada en su vida. Quiere alimentarse más de la sabiduría que de los libros.
El Satiricón
En El Satiricón Fellini muestra un mundo con muy poca ley, pero con mucho goce. Muchos espectadores pueden encontrar aburrido y/o chocante el film. Aburrido por la ausencia de una tensión narrativa, por el predominio del mostrar sobre el contar. Chocante por las escenas de desenfreno que ponen en cuestión nuestra sensibilidad moral.
El mundo pagano de El Satiricón puede aparecer a la sensibilidades pías como pura decadencia. Para empezar, existe muy poca ley y casi ninguna autoridad. La producción de normatividad está representada por un ridículo emperador que es sádicamente asesinado. La debilidad del orden social implica la ausencia de la culpa y autocontrol. El sexo, en todas sus variantes, es una actividad gozosa sobre la que no pende ningún control social. Su libre ejercicio es un fin es sí mismo. Otro tanto sucede con la comida. No hay sentido de contención, y los que pueden participar en grandes comilonas, lo hacen con total regocijo. Tampoco hay sentido de la virtud, ni de la justicia. Incluso la creatividad parece estar desapareciendo para dejar lugar a un vacío existencial, llenado por gratificaciones inmediatistas. Finalmente, la religión tampoco es importante. El único dios prominente es el dios del júbilo, que invita a vivir al día, a no pensar el mañana, a entregarse a los placeres del cuerpo.
Una lectura moralista de la película pondría en el centro el concepto de decadencia. Una sociedad sin autoridad ni valores que orienta a los individuos a la satisfacción pulsional como único sentido de vida. El poder y el placer son los únicos deseos. Una sociedad, entonces, vacía que se repliega sobre la satisfacción animal al ser incapaz de crear sentidos trascendentes. Incluso el poder es presentado como medio de disfrute y no como un instrumento al servicio de un valor social. Esta lectura es corroborada por lo ténebre y claustrofóbico de las imágenes. Espacios oscuros y cerrados que tienen connotaciones infernales.
No obstante, esta lectura es unilateral. Sólo ve la mitad de lo que nos muestra Fellini. La otra mitad es la vitalidad y el goce de existir que recorre la película a través de sus dos personajes centrales. En realidad, en la película se reivindica al cuerpo y a la sensualidad. Se niega el ascetismo y la culpa cristiana para revelarnos un mundo de emociones intensas, donde todo puede ser menos la depresión, la muerte del deseo. La explosión de vida aparece como el reverso del desvanecimiento de lo trascendente. Esto queda claro en la desaparición de la virtud y la creación artística, encarnados, respectivamente, en el episodios del suicidio de la pareja de patricios, y en la muerte del poeta malherido por el rico arrogante.
Fellini nos pone frente a un dilema indecidible que confronta, inclusive, sus propias conceptualizaciones: ¿la ley o la vida?. La primacía de la vida supone la ausencia de la ley y el reinado de un desenfreno, donde el placer y la destrucción están profundamente implicados. La prevalencia de la ley, en cambio, implica la regimentación de la sensualidad, el canalizar su satisfacción hacia objetivos “sublimes”. Pero el orden puede destruir el deseo, dando lugar a una sociedad austera, deprimida, de sujetos autocontrolados por una ley social, de personas que han perdido contacto con su cuerpo y sensualidad.
Otra vez, Fellini muestra sin tomar partido: ¿qué habremos de preferir: una sociedad insegura, injusta, pero dirigida a la satisfacción de las pulsiones primordiales? O ¿una sociedad regulada de individuos autocontrolados pero inciertos respecto a su goce?
En medio de la Roma que describe Fellini, el mensaje cristiano cala hondo. Prometiendo la resurrección, la plenitud en otra vida, el llamado a vivir el placer sin freno queda debilitado. Para ello estará la eternidad, después, siempre y cuando el sujeto se someta a una regimentación de las pasiones que es precisamente el camino de la salvación. San Pablo, el apóstol de los gentiles, propone que es a través del amor que el goce y la ley pueden reconciliarse. Es decir, el vínculo con el otro, tomado éste como fin en sí mismo, hará imposible que lo usemos como medio para nuestro goce, pero nos permitirá, sin embargo, gozar con él.
Comentario:
Fellini nos muestra la tensión entre la libertad y el orden. En el mundo de El Satiricón pareciera no haber una salida constructiva. No obstante, en sus entrevistas suscribe la moral cristiana de la proximidad con el otro como valor supremo. Ahora bien, si esta filiación marcara la película es probable que ésta se inclinara hacia el beatismo pedagógico. En todo caso es claro que Fellini no quiere tomar partido ni dar soluciones, se limita a retorcer la sensibilidad de sus espectadores, dejándoles la última palabra.
Ahora bien, los colaboradores de Fellini coinciden en subrayar su perfeccionismo, su entrega total a la creación artística. Estas actitudes lo convertían en un tirano en el set cinematográfico. Era demoledor en sus críticas y sumamente exigente con la gente a su cargo. Era obedecido con amargura porque se respetaba su creatividad y porque era el jefe. No era sin embargo alguien “simpático”, al menos en el aspecto laboral. Este comportamiento obsesivo y tan estricto en función del arte está en abierta contradicción con sus postulados ideológicos de buscar un mejor conocimiento de si para ser más libre con uno mismo y más generoso con los demás.

Muy buen analisis y capacidad de entendimiento, la verdad me ayudaste a entender el film.
Gracias y saludos
Comment by oliver — 2008 03 @ 12:35 am