En el gobierno de Fujimori pareció cumplirse uno de los fenómenos más nombrados por la ciencia política contemporánea, me refiero a la absorción de la política por los medios de comunicación. La escena política estuvo prácticamente contenida por los medios. La calle perdió relevancia. No obstante, esa tendencia se ha alterado en forma radical en los últimos tiempos. La clase política se sigue moviendo dentro de los medios, pero su quehacer ya no es tan relevante. Es casi universalmente repudiada. El protagonismo ha vuelto a la calle, pero bajo la forma de turbas y masas, que piden reivindicaciones puntuales en forma extremadamente agresiva. Un autor que nos puede ayudar a comprender esta nueva situación es Elías Canetti. Su libro “Masa y Poder” representa un intento sistemático por razonar el origen profundo y los distintos rostros del fenómeno de la masa.
El regreso de las masas
Nada teme el hombre más que ser tocado por lo desconocido. En todas partes el hombre elude el contacto con lo extraño. Aún cuando nos mezclamos con la gente en la calle, evitamos cualquier contacto físico. Si lo llegamos a hacer, es porque alguien nos ha caído en gracia. La rapidez con que nos disculpamos cuando se produce un contacto físico involuntario, pone en evidencia esta aversión al contacto.
Solamente inmerso en la masa, puede liberarse el hombre de este temor a ser tocado. Es la única situación en la que ese temor se convierte en su contrario. Para ello es necesaria la masa densa, en la que cada cuerpo se estrecha con el otro; densa, también, en su constitución cívica, pues dentro de ella no se presta atención a quién es el que se estrecha contra uno. En cuanto nos abandonamos a la masa, dejamos de temer su contacto. Llegados a esta situación ideal, todos somos iguales.
La compulsión a crecer es la primera y suprema característica de la masa. Incorpora a todos los que se pongan a su alcance. La masa natural es la masa abierta, sin límites prefijados. Con la misma rapidez que surge, la masa se desintegra. Siempre permanece vivo en ella el presentimiento de la desintegración, de la amenaza y de la que intenta evadirse mediante un crecimiento acelerado. La masa cerrada renuncia al crecimiento y se concentra en su permanencia, busca establecerse creando su propio espacio para limitarse.
El fenómeno más importante que se produce en el interior de la masa es la descarga. Es el instante en que todos los que forman parte de ella, se deshacen de sus diferencias y se sienten iguales. Las jerarquías que dividen, las individuaciones que diferencian, las distancias que separan; todo esto queda abolido en la masa. Únicamente en forma conjunta pueden liberarse los hombres del lastre de sus distancias. En la descarga se despojan de las separaciones y todos se sienten iguales. En la densidad cada cual se encuentra tan próximo al otro como a sí mismo, lo que produce un inmenso alivio. Y es por mor de este instante de felicidad, en el que ninguno es más ni mejor que el otro, como los hombres se convierten en masa.
Las masas cerradas tienden a la estabilidad, mediante la invención de reglas y ceremonias características que capturan a sus integrantes. En la frecuentación regular de la Iglesia, en la repetición precisa y conocida de ciertos ritos, se garantiza a la masa algo así como una experiencia domesticada de sí misma.
Por estallido entiendo la repentina transición de una masa cerrada a una abierta. La masa ya no se conforma con condiciones y promesas piadosas, quiere experimentar ella misma el supremo sentido de su potencia y pasión animales, y con este fin utiliza una y otra vez cuanto le brindan los actos y exigencias sociales.
El ataque desde fuera sólo puede fortalecer a la masa. Físicamente separados, sus miembros tienden a reunirse con más fuerza. El ataque desde dentro es, en cambio, peligroso de verdad. Una huelga que haya obtenido determinadas concesiones se desintegrará a ojos vistas. El ataque desde dentro obedece a apetencias individuales. La masa lo siente como un soborno, como algo inmoral, ya que se opone a su clara y transparente condición básica. Todo el que pertenece a una masa lleva en sí a un pequeño traidor deseoso de comer, beber, amar y vivir en paz. La masa está siempre amenazada desde adentro y desde afuera. Una masa que no aumenta está en ayunas.
Los atributos principales de la masa son los siguientes:
1. La masa siempre quiere crecer.
2. En el interior de la masa reina la igualdad. Todas las exigencias de justicia, todas las teorías igualitarias extraen su energía, en última instancia, de esta experiencia de igualdad que cada cual reconoce a su manera a partir de la masa.
3. La masa ama la densidad.
4. La masa siempre se mueve hacia algo. Existirá mientras tenga una meta no alcanzada.
La masa de acoso se constituye teniendo como finalidad la consecución rápida de un objetivo. Éste le es conocido, y está señalado con precisión; se encuentra, además, próximo. La masa sale a matar y sabe a quién quiere matar. Con decisión incomparable avanza hacia esa meta y es imposible escamoteársela. Basta con dársela a conocer, basta con comunicar quién debe morir, para que se forme la masa. La determinación de matar es de índole muy particular, y no hay ninguna que la supere en intensidad. Todos quieren participar, todos golpean. Para poder asestar su golpe, cada cual se abre paso hasta llegar al lado mismo de la víctima. Si no puede golpear, quiere ver cómo golpean los demás. Todos los brazos salen como de una misma criatura. Pero los brazos que golpean tienen más valor y más peso. El objetivo lo es todo. La víctima es el objetivo, pero también es el punto de máxima densidad: concentra en sí misma, las acciones de todos.
Una razón importante del rápido crecimiento de la masa de acoso es la ausencia de peligro. No hay peligro porque la superioridad de la masa es enorme. La víctima nada puede contra ella. O huye o queda atrapada. Para la gran mayoría de los hombres, un asesinato sin riesgo, tolerado, estimulado y compartido con muchos otros resulta irresistible.
Es una empresa tan fácil y se desarrolla con tanta rapidez, que hay que darse prisa para llegar a tiempo. La prisa, la euforia y la seguridad de una masa semejante tienen algo de siniestro. Es la excitación de unos ciegos, tanto más ciegos, cuanto que de pronto creen ver. La masa procede al sacrificio y ejecución de la víctima para liberarse de golpe y como para siempre de la muerte de todos los que la constituyen. Lo que luego le sucede, es todo lo contrario. A partir de la ejecución, aunque solo después de ella se siente mas que nunca amenazada por la muerte. Se desintegra y se dispersa en una especie de fuga. Su miedo será mayor cuanto más elevada sea la categoría de la víctima. Sólo podrá mantener su cohesión si se suceden con gran rapidez una serie de hechos y de eventos idénticos.
Entre los tipos de muerte que una horda o un pueblo puede imponer a un individuo, puede distinguirse dos formas principales. Una de ellas es la exclusión, y la otra, la ejecución colectiva. En este segundo caso, se conduce al condenado a un lugar abierto y se lo lapida. Todo el mundo participa en esta muerte; alcanzado por las piedras de todos el culpable se desploma. Nadie es designado como el ejecutor. Es la comunidad entera la que mata. La tendencia a matar colectivamente subsiste incluso allí donde se ha perdido la costumbre de lapidar. La muerte por el fuego puede comparársele: el fuego actúa en lugar de la muchedumbre que deseó la muerte del condenado.
Todas las formas de ejecución pública remiten a la antigua práctica de la ejecución colectiva. El verdadero verdugo es la masa, que se reúne en torno al patíbulo. No se deje arrebatar la víctima fácilmente. El anuncio de la condena de Cristo refleja este hecho en toda su esencia. El grito de “¡Crucificadlo!” sale de la masa. Ella es lo realmente activo; en otros tiempos, ella misma se habría encargado de todo y habría lapidado a Cristo.
El efecto que en la muchedumbre produce ver la cabeza del ajusticiado no se agota, en absoluto, en la descarga. Al caer la cabeza entre las de la multitud, y dejar de ser superior igualándose con todas, cada individuo se ve reflejado en ella. La cabeza cercenada constituye, así, una amenaza. En tanto que la cabeza pasa a formar parte de la masa, ésta también se ve afectada por su muerte: asustada y aquejada un misterioso espanto comienza a desintegrarse. Y va dispersándose en una especie de huída.
La desintegración de la masa de acoso, una vez que ha cobrado su víctima, es particularmente rápida. Los poderosos que se sienten amenazados son muy concientes de este hecho y suelen arrojar una víctima a la masa para detener su crecimiento. Muchas ejecuciones políticas han sido ordenadas sólo con este fin.
La repulsa que provoca la ejecución colectiva es de fecha muy reciente y no debe subestimarse. Pero también hoy participa todo el mundo en las ejecuciones públicas a través de los medios de comunicación. En el público de los medios se ha mantenido viva una masa de acoso moderado, tanto más irresponsable cuanto más alejada queda de los acontecimientos; estaríamos tentados de decir que es su forma más despreciable y, al mismo tiempo, más deseable.
Fuera de las masas de acoso, Canetti distingue otros cuatro tipos de masas: las masas de fuga, las masas de prohibición, las masas de inversión, y las masas festivas.
Canetti denomina “cristales de masa” a esos pequeños y rígidos grupos humanos, bien delimitados y de gran estabilidad, que sirven para desencadenar la formación de masas. Es importante que tales grupos sean visibles en su conjunto, que se los abarque de una mirada. Su unidad importa mucho más que su tamaño. El cristal de masa es duradero. Sus integrantes han sido adiestrados para compartir un plan de acción o unas determinadas ideas. Quien los vea o los conozca deberá sentir, ante todo, que jamás se desintegrarán.
La nitidez, el aislamiento y la constancia del cristal de masa, contrastan con los agitados fenómenos que se dan en el seno de la masa misma. El proceso de crecimiento, rápido e incontrolable, y la amenaza de desintegración que confieren a la masa su capacidad de estabilidad no actúan en el interior del cristal.
Canetti llama símbolos de masa a las unidades colectivas que no están formadas por hombres, y, sin embargo, son percibidas como masas. Tales unidades son el trigo y el bosque, la lluvia, el viento, la arena, el mar y el fuego. Nos recuerdan la masa, y la representan simbólicamente en el mito y el sueño, en el discurso y el canto.
Cristales de masa y masa, derivan de una unidad más antigua, en la que todavía coinciden: la muta. En hordas de reducido número, que van en pequeñas bandas de diez o veinte hombres, la muta es una forma de excitación colectiva con la que nos topamos en todas partes. La muta es una unidad de acción y se manifiesta de manera concreta. De ella ha de partir quien desee explorar los orígenes del comportamiento de las masas. Canetti distingue cuatro formas de muta: la de casa, la de guerra, la de lamentación y la de multiplicación.
Catolicismo y masa
Un examen imparcial descubre en el catolicismo cierta lentitud y calma, unidas a una gran amplitud. Su principal aspiración, la de dar cabida a todos, se haya ya contenida en su nombre. El catolicismo desea que todos se conviertan a él, y cualquiera es aceptado bajo determinadas condiciones que no pueden considerarse duras. El catolicismo ha conservado un último vestigio de igualdad, que ofrece un marcado contraste con su estructura ya jerarquizada.
Su calma, que junto con su amplitud ejerce sobre muchos una enorme atracción, la debe a su antigüedad y su aversión hacia cualquier tipo de violencia masiva.
La peligrosidad de los estallidos públicos, la facilidad con que se propagan, su rapidez y, sobre todo, la supresión por su parte del lastre de las distancias, entre las que deben ponerse en primer plano las impuestas por las jerarquías eclesiásticas, todo ello condujo a la Iglesia, ya en fecha muy temprana, a ver en la masa abierta a su principal enemigo y a oponerse a ella por todos los medios posibles.
Todos sus contenidos doctrinales, así como todos los mecanismos de su organización, están imbuidos de esta inconmovible convicción.
Hay que pensar, ante todo, en el grupo mismo que actúa en forma inmediata sobre los fieles congregados, es de una lentitud y una solemnidad insuperables. Los movimientos de los sacerdotes en su pesado y rígido atuendo, su andar acompasado, la impostación de sus frases, todo recuerda un poco a un lamento fúnebre infinitamente diluido, repartido a través de los tibios con tal regularidad que apenas queda algo de lo súbito de la muerte o de la intensidad del dolor: el proceso estructural del lamento está momificado. La relación entre los fieles está trabada. No se predican entre ellos. Su palabra carece de carácter sagrado. La palabra sagrada se administra ya masticada y dosificada: es protegida de él, precisamente porque es sagrada. Hasta sus pecados pertenecen a los sacerdotes, a quienes debe confesarlos. En todo problema moral profundo, se encontrará solo frente al clero a quien se entrega de cuerpo y alma a cambio de la vida medianamente satisfecha que éste le permite llevar. Incluso la manera como se administra la comunión, separa los creyentes. Sólo para sí recibe el comulgante un valioso tesoro. La sensación que los comulgantes tienen de formar un cuerpo es tan exigua como la que podría tener un grupo de hombre que, habiendo encontrado un tesoro, acaban de repartírselo.
La masa autorizada, a la que el catolicismo remite una y otra vez, la de los ángeles y bienaventurados, no sólo se haya relegada a un remoto más allá, y ya por eso, por su apartamiento, resulta inofensiva y está libre de cualquier contagio inmediato, sino que es también en sí misma de una calma e impasividad ejemplares. Su impasibilidad recuerda a la de una procesión, deambulan gozosos y cantan, alaban y sienten su felicidad. Su número aumenta lentamente, no tiene una dirección, su estado es definitivo, no hay nada que puedan esperar. Ciertamente es ésta la forma de masa más dulce e inofensiva que pueda imaginarse. La estructura de la procesión impide al espectador acceder a un estado similar al de la masa, reteniéndolo en muchos grados de observación al mismo tiempo; cualquier equiparación o igualamiento de los participantes quedan excluidos.
Dos comentarios
Primero: en qué medida el amor físico es un equivalente funcional a la masa. En el amor físico, el temor por ser tocado, se convierte en una necesidad de contacto en la que lo que puede ser sucio en otros contextos se convierte en atractivo y hasta sublime. Entonces, el fortalecimiento de la familia y las parejas restaría fuerza a la constitución de las masas. Esta observación se refuerza con la observación empírica de que las masas están compuestas sobre todo de varones más que de mujeres, de jóvenes más que de hombres maduros, y de solteros más que de casados. La necesidad de ser tocado sería, pues, más intensa en este grupo. El estudio de Cardoso sobre la turba del diecinueve confirma enteramente este punto. Los muertos eran jóvenes provincianos, desempleados. Creo que lo mismo puede decirse de lo ocurrido en Ilave, donde se ha evidenciado la actividad de reservistas y jóvenes.
Segundo: en las clases medias el temor a ser tocado por un extraño es mucho mayor. La gente guarda más su distancia. El “apiñamiento” es visto como una situación abyecta. El celo por la propia individualidad es manifiesto. Esto significa que las posibilidades de hacer masa de las clases medias son reducidas. Sólo podría recordar un caso: la reacción airada a la expropiación de los diarios en el año ’74 durante el gobierno de Velasco. La clase media se enardeció, quemó ómnibuses y se enfrentó a la policía. No obstante, la masa se desinfló rápidamente y los más beligerantes fueron recruídos en el cuartel de Potao. Por el contrario, la disponibilidad de las clases populares a constituirse en masas es mucho más alta. No sólo por factores que tienen que ver con el reclamo o el deseo de justicia, sino, también, por la costumbre de una menor privacidad, que implica un menor miedo al contacto con el otro.

Orisha
Comment by Elena — 2009 08 @ 3:14 am