Escribir no es necesariamente imponer una forma de expresión sobre la materia de la experiencia vivida. La literatura, más bien, se mueve en la dirección de lo informe o de lo incompleto… Escribir es una cuestión de devenir, siempre incompleto, siempre en el medio de algo que está siendo formado, y va más allá de la materia de cualquier experiencia vivida o vivible. Es un proceso, esto es, un pasaje de la vida que atraviesa tanto lo vivible como lo vivido. Escribir es inseparable de devenir: escribiendo uno deviene mujer, deviene animal o vegetal, deviene molécula hasta el punto de devenir imperceptible… Devenir no es lograr una forma (identificación, imitación, mimesis) sino encontrar la zona de proximidad, indescernibilidad, o indiferenciación donde uno no puede ser más distinguido de una mujer, un animal o una molécula… Uno puede instituir una zona de proximidad con cualquier cosa sobre la base de que uno cree los medios literarios para hacerlo… El lenguaje debe abocarse a sí mismo a alcanzar estos desvíos femeninos, animales y desvíos moleculares, y cada desvío es un devenir mortal. No hay líneas rectas, ni en las cosas ni en el lenguaje. La sintaxis es el conjunto de desvíos necesarios que son creados en cada caso para revelar la vida en las cosas.

….La literatura existe sólo cuando descubre debajo de las personas aparentes el poder de un impersonal, que no es una generalidad, sino una singularidad en su punto más alto: un hombre, una mujer, una bestia, un estómago, un niño. No son las dos primeras personas las que funcionan como la condición de la enunciación literaria; la literatura empieza sólo cuando nace una tercera persona en nosotros que nos quita el poder de decir “Yo”. Desde luego, los caracteres literarios están perfectamente individualizados, y no son vagos ni generales; pero todos sus hechos individuales los elevan a una visión que los levanta como en un devenir que es demasiado poderoso para ellos: Ahab y la visión de Moby Dick. El avaro no es un tipo, sino al contrario, sus hechos individuales (amar a una mujer joven) hacen que él acceda a una visión: él ve oro, de tal manera que es enviado corriendo hacia un conjuro donde gana el poder de lo indefinido, un avaro…, algún oro, más oro… No hay literatura sin fabulación, pero, como Bergson fue capaz de ver, la fabulación, la función fabulante no consiste en imaginar o proyectar un ego. Más bien logra estas visiones, se levanta a sí misma a estos devenires y poderes.

Nosotros no escribimos con nuestra neurosis. Las neurosis o psicosis no son momentos de la vida, sino estados en los que caemos cuando el proceso es interrumpido o bloqueado. La enfermedad no es un proceso, sino la detención del proceso. Más aún, el escritor como tal no es un paciente sino un médico, el médico de sí mismo y del mundo. La literatura aparece, entonces, como una empresa de curación: no es que el escritor esté necesariamente en buena salud, pero él posee una salud delicada y resistible que se deriva de que él ha visto y oído cosas demasiado grandes para él, demasiado fuertes para él, cosas sofocantes cuyo acontecimiento lo deja exhausto, aunque al mismo tiempo le dan el devenir que una salud dominante y sustancial haría imposible. El escritor retorna de lo que él ha visto y oído con ojos inyectados de sangre y tímpanos agujereados. ¿Qué salud sería suficiente para liberar la vida donde ésta está prisionera por y dentro del hombre, por y dentro del organismo y los géneros?

La salud como la literatura, como la escritura, consiste en inventar una población que no está. Es la tarea de la función fabuladora el inventar una población. No escribimos con memorias, a menos de hacer de ellas el origen y el destino colectivo de un pueblo que ha devenido, cómodamente instalado, en sus traiciones y repudios. La literatura americana tiene un poder extraordinario para producir escritores que pueden recoger sus propias memorias, pero como aquellas de un pueblo universal compuesto de inmigrantes de todos los países. Thomas Wolfe “inscribe toda América escribiendo lo que puede ser encontrado en la experiencia de un solo hombre”. Éste no es exactamente un pueblo llamado a dominar el mundo. Éste es un pueblo menor, eternamente menor, tomado en un devenir revolucionario. Quizá existe sólo en los átomos del escritor, un pueblo bastardo, inferior, dominado, siempre en devenir, siempre incompleto. Bastardo no designada más un estado familiar, sino de proceso o éxodo de las razas. Soy una bestia, un negro de una raza inferior para toda la eternidad. Éste es el devenir del escritor. Kafka y Melville presentan la literatura como la enunciación colectiva de un pueblo menor, de todos los pueblos menores que encuentran su expresión sólo en y a través del escritor. Aunque siempre se refiera a agentes singulares, la literatura es un colectivo ensamblado de enunciación. Literatura es delirio, pero el delirio no es un asunto de papá – mamá; no hay delirio que no pase a través de los pueblos, las razas y las tribus, y que no embruje la historia universal. Todo delirio es histórico – mundial, un desplazamiento de razas y continentes. La literatura es delirio, y como tal su destino se decide entre sus dos polos. El deliro es una enfermedad, la enfermedad por excelencia cuando eleva una raza que se reclama pura y dominante. Pero es la medida de la salud cuando invoca su raza bastarda y oprimida que se agita sin cesar debajo de la dominación, resistiendo todo lo que la aprisiona y la aplasta, una raza que es bosquejada en salud en la literatura como un proceso. Aquí otra vez, esta siempre el riesgo de que el estado enfermo interrumpa el proceso de devenir, el riesgo constante de que un delirio de dominación será mezclado con un delirio bastardo, empujando la literatura hacia un fachismo larvario, la enfermedad contra la que aquélla lucha, aún cuando esto signifique diagnosticar el fachismo dentro de sí misma y combatirlo contra sí misma. El objetivo último de la literatura es liberar, en el delirio, la creación de la salud o su invención de un pueblo que es una posibilidad de vida. Escribir para este pueblo que no está ( “para” significa menos en lugar de, que para el beneficio de).

Nosotros podemos ver claramente el efecto de la literatura sobre el lenguaje, como dice Proust: abre una clase de lenguaje extranjero dentro del lenguaje, que no es ni otro lenguaje ni una jerga redescubierta, sino un devenir otro del lenguaje, un aminoramiento de este mayor lenguaje, un delirio que lo levanta, un conjuro que escapa al sistema dominante. La creación sintáctica o estilo, éste es el devenir del lenguaje. La literatura presenta siempre dos aspectos, mediante la creación de sintaxis, produce no sólo una descomposición o destrucción del lenguaje materno, sino la invención o inclusión de un lenguaje dentro del lenguaje. El lenguaje parece tomado de un delirio que lo fuerza fuera de sus límites habituales… Se deriva del hecho de que un lenguaje extranjero no puede ser acomodado en un lenguaje sin lenguaje con un todo a la vez siendo empujado hasta un límite, aún afuera o hacia el lado reverso que consiste de visiones o audiciones que ya no pertenecen a ningún lenguaje. Estas visiones no son fantasías, sino Ideas verdaderas que el escritor ve y escucha en los intersticios del lenguaje, en sus intervalos. No son interrupciones del proceso, sino rupturas que forman parte de él, como una eternidad que sólo puede ser revelada en un movimiento o un aluvión que sólo aparece en movimiento. No están fuera del lenguaje, sino son el fuera del lenguaje. El escritor como observador y oyente, el objetivo de la literatura: es el pasaje de la vida dentro del lenguaje que constituye ideas…

Para escribir quizás sea necesario que la lengua materna sea odiosa, pero para que así una creación sintáctica pueda abrir una clase de lengua extranjera en ella, y la lengua como conjunto puede relevar su afuera, más allá de toda sintaxis. Con frecuencia felicitamos a los escritores, pero ellos saben que están lejos de haber alcanzado su devenir, lejos de haber llegado al límite que se habían propuesto, que incesantemente se les escapa. Escribir es también devenir algo diferente que un escritor. A aquellos que preguntaban qué cosa es la literatura, Virginia Woolf responde, “¿a quiénes estás tú hablando o escribiendo? El escritor no habla acerca de ello, pero está concernido con algo más”.

Si nosotros consideramos estos criterios, podemos ver que entre todos aquellos que hacen libros con una impronta literaria, aún dentro de los locos, hay muy pocos que pueden llamarse a sí mismos escritores.
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1.-

Escribir, dice Deleuze, es “devenir otro”, en el proceso creativo nos convertimos en lo que no somos: un hombre, una mujer, un paisaje, una molécula. La creación artística, y quizá toda creación cultural, puede ser conceptualizada como teniendo lugar de dos maneras distintas:

a) La creación es expresión, un devenir otro que está dentro de uno mismo. La fuente de la creación sería la actitud introspectiva, que permite identificar voces o presencias, alteridades, que nos habitan sin que seamos necesariamente concientes de todas sus implicaciones. En el límite, sería la “escritura automática” predicada por el surrealismo. El individuo creador se abandona al flujo de imágenes y palabras que lo habita y constituye. La misma idea está en el Romanticismo, con su concepción de la “genialidad”. El gran autor es capaz de volcar hacia fuera lo que tiene dentro, en la medida en que su microcosmos personal es una reproducción a escala del macrocosmos social.

b) Para Deleuze la creación surge de la proximidad, de un espacio de indiferenciación o indecernibilidad con lo otro desde el cual podemos devenir efectivamente otra cosa. A la imagen de un “genio” aislado que lucha por expresar su “fantasmas” se contrapone, entonces la imagen de una persona que es capaz de abolir sus fronteras y disolverse en lo otro para después registrar la experiencia en la escritura.

Es probable que ambas concepciones tengan algo de verdad. También que ambas marquen estilos distintos de representar al mundo. Finalmente, es igualmente verosímil que un mismo autor las combine de una forma peculiar. No obstante, subrayar la polarización tiene como ventaja permitirnos una aproximación más compleja a la creación literaria. Por mi parte, me inclinaría más por la opción deleuziana, pues identifica en la relación hombre de mundo la raíz de la creatividad. Entonces, la contemplación y la empatía resultan hechos decisivos. En realidad, la versión deleuziana no excluye la hipótesis romántica, sino que la enriquece. Habrá que ir discriminando la capacidad sugestiva de estas hipótesis en el momento de analizar las novelas respectivas.

2.-

El lugar de enunciación “lúcido” es el que corresponde al dominado, al que se “agita sin cesar” debajo de la opresión, resistiendo; imaginando desde allí una salud de la que carece. “El objetivo último de la literatura es liberar, en el delirio, la creación de la salud, la invención de un pueblo que es una posibilidad de vida”. En contraste, la complacencia típica del dominador impide la lucidez, su mirada colapsa en lo cómodo, inmediato. Las posibilidades de exploración de la vida son muy limitadas cuando uno se considera totalmente satisfecho. Las certidumbres obturan el horizonte de futuro. Es sólo desde la “enfermedad” que se puede “delirar” con la salud.

3.-

La gran literatura está volcada en un lenguaje que excede sus límites convencionales. Es en la lucha contra el lenguaje que es posible traer a la palabra visiones o audiciones que aún no pertenecen a ningún lenguaje, que son “entre-vistas al pasar”, en momentos inciertos donde lo contemplativo domina lo utilitario. El escritor como observador y oyente permite el pasaje de la vida, de ideas verdaderas, dentro del lenguaje.