La vida es acción narrada: Arendt presentada por Kristeva
I
La concepción arendtiana de la vida humana supone que la mejor de las vidas es la “vida activa”, la que se despliega como acción política en el medio del mundo social pero que tiene como fundamento una narración que le da sentido. En efecto, narrar la propia vida es lo que permite darle coherencia. Pero el relato vale solo como recuento orientador de la acción política. El ejemplo paradigmático de la acción política es la solidaridad.
En base a la lectura de La ética a Nicómaco, Arendt distingue la poieis de la praxis. La poiesis, que es la actividad de la producción, reifica la fluidez de la experiencia humana en objetos que se utilizan como medios en vista de un fin. La praxis o acción se desarrolla en la polis, en el espacio público. La praxis no es una fabricación sino es la “posibilidad suprema del ser humano”. Ahora bien la polis no es necesariamente una localización física, es ante todo una “organización del pueblo que deriva de lo que se actúa y se habla en conjunto”. La polis puede manifestarse en cualquier momento y lugar en la medida en que yo aparezco ante los otros como los otros aparecen ante mí. La polis se funda en “la acción y la palabra”. El relato, la vida narrada, es un discurso que da cuenta de quién es el recién llegado a la polis. Este relato es una historia inventada que acompaña una historia verdadera. El espacio público, la necesidad de aparecer en la polis, exige a cada uno que demuestre un “coraje original”, que consienta en actuar y hablar, abandonar el abrigo privado para exponerse a los otros, corriendo el riesgo de la revelación: manifestar quién soy. A continuación, en la prueba agonista de la competencia, el ‘quién soy’ se mide con los ojos y, a través de la rivalidad, manifiesta su excelencia. La excelencia es la “grandeza”, lo extraordinario.
La polis es un vínculo intersubjetivo que se enriquece y potencia gracias a la memoria y el testimonio que permiten el paso de la historia verdadera a la historia narrada. Sin este tránsito no podría existir la polis como colectividad. Digamos que los hechos son elaborados por los espectadores quienes “completan” hasta su término la historia, y ello gracias al pensamiento ulterior al acto: un completar que se realiza por medio del recuerdo, sin el cual sencillamente no hay nada que contar. No son los actores, sino los espectadores, que si tienen la capacidad de pensar y recordar, los que dan a la polis una conciencia de sí. Pero el relato no es totalmente exterior a la acción pues está también insertado en ella. El relato debe guiar a la praxis para no deificarse como sustancia ajena a la vida. Monumento inactual y lejano.
La polis era para los griegos la garantía contra la futilidad de la vida individual, el espacio protegido contra esa futilidad, reservado a la permanencia relativa de los mortales. Uno se inmortaliza convirtiéndose en un quién que actúa en el espacio político, sólo de este modo puede resultar un relato memorable. La palabra que narra la acción tiene el privilegio, pues esta palabra pone en evidencia la aptitud para un comienzo, el realizarse de la individuación. Entonces lo que más vale no es la vida contemplativa del pensamiento puro, ni la revelación solitaria de la poesía, sino la acción solidaria que vigoriza a la polis en la medida en que puede ser contada.
II
La supremacía de la acción proviene de la conciencia de ser mortal, de no pertenecer a la continuidad de la especie, sino, en todo caso de pertenecer a la “memoria hablada de la opinión múltiple y conflictiva”. Entonces, a la luz de esta finitud, el “quién” deja de ser un “qué” e intenta transfigurar el “trabajo” y la “obra” en una “acción” que supone un aparecer ante los otros con un rostro propio. Arendt proclama la acción como reveladora de la unicidad de un sujeto, citando a Dante: “en toda acción, lo que es verdad en primer lugar para quien la obra es la revelación de su propia imagen…; nadie actúa si al actuar no pone de manifiesto su sí-mismo oculto”.
El actor quiere anunciar su “quién”, lo que podría llamarse su “singularidad”. La diferenciación individual se produce gracias a la acción en el espacio social del aparecer en tanto esta acción está significada por un discurso.
El pensamiento es un “apetito de significación”, una fuente incesante de preguntas sin respuesta. El yo pensante es “actividad pura”, no tiene edad, ni sexo, ni historia personal. El pensamiento supone una experiencia de desensorialización que “debe preparar los datos ofrecidos a los sentidos para que el espíritu esté en condiciones de tratarlos en su ausencia”. El pensamiento occidental pierde al abandonar lo sensorial, pero gana al situarse en la abstracción, en la inquietud interrogativa, en la discursividad apuntalada por el alfabeto. El pensamiento no proporciona respuestas: solo “disgrega”, “su sentido sólo se encuentra en su propia actividad”.
Ahora bien, ser un “enamorado del signo de interrogación”, vivir en una relación dialógica consigo mismo, tiene sus riesgos que pueden ser controlados mediante la metáfora que cierra el foso entre el mundo y el fenómeno, y la amistad que es la realidad existencial del dialogismo del pensamiento. El pensamiento devela y ahonda la “falla” o la “dualidad” del yo pensante, pero el pensamiento es también su terapia más eficaz, con la condición de que sea permanente el diálogo entre las partes constitutivas del clivaje, y se interroguen las diferencias, evitando coagularse en uno de los polos de las dicotomías que fundamentan esa experiencia. En el pensamiento el hombre se hace compañía a sí mismo, lo que quiere decir que mantiene el vínculo de amistad con el sentido común que comparte y que se insinúa en el diálogo con el aspecto del yo opuesto al yo pensante. El yo pensante que sólo ambiciona a “sostenerse en la tempestad desencadenada”, es totalmente distinto el yo de la conciencia. “En su repliegue a la escucha al ser, el yo pensante se retira a una morada fuera de los asuntos del mundo”. No obstante, el pensador tiende a ceder porque no puede “aceptar el asombro como morada”. De ahí puede nacer una inclinación tiránica, pues es demasiado tentadora la posibilidad de dejarse cautivar por el poder de sorprenderse, y proyectar ese poder sobre el mundo, igualándose de tal modo a los tiranos. El pensamiento es la quintaesencia materializada del vivir. “Pensar y estar verdaderamente en la vida son dos cosas idénticas”.

Tengo publicada en la Web una conferencia que seguramente le interesará.Su acceso es:
www.revolucion-conciencia.upv.es
Comment by JOSÉ JESÚS LIDÓN CAMPILLO — 2007 07 @ 9:43 am