Es cómoda y de buen gusto. No impulsa y preserva la buena conciencia. Aísla de cualquier compromiso y recluye en el piadoso olimpo de las buenas intenciones que se saben de antemano frustradas. Exalta un pasado antes de la “decadencia”. El lado oscuro de esta sensibilidad es casi invisible, pero es ciertamente abrumador: cercena la ilusión, apaga el fervor, alienta a la tristeza. En realidad, este talante es tan antiguo como el mundo criollo. No obstante, en la actualidad aparece intensificado. Es el caso del pesimismo agresivo del intelectual que asimila la lucidez al desencanto. Es, igualmente, la situación de los periodistas que denuncian gozosamente los escándalos. Finalmente, es la actitud de muchos que nos regordeamos en la falta de futuro. No nos engañemos, detrás del “profetismo de la desgracia” está un espíritu cansado que abjuró de la lucha. Alguien decepcionado porque la realidad no discurre por los caminos previstos de la modernización liberal o la revolución socialista. Pero a la mirada escéptica se le escapa la fluidez de la vida, tanto los reclamos de la propia vitalidad personal como el reconocimiento de lo mucho de positivo que ocurre en el mundo social. No se puede dudar de que el resurgimiento de la esperanza sólo puede brotar de un contacto íntimo con nuestra vitalidad negada por el aserrarte pesimismo que hoy se infiltra hasta los huesos.

¿Es posible una mirada más allá del abismo donde está sumergida nuestra sensibilidad, que vea más lejos, que recupere la visión del futuro que hoy se nos escapa? Sacudirse del profetismo de la desgracia, que gusta coleccionar hechos sombríos, no es tarea fácil. Pero tampoco imposible. Se trata de cambiar el modo de ver las cosas, ver el otro lado de la moneda. La corrupción, por ejemplo, ha sido una forma de gobernabilidad, de administración de las instituciones, tan antigua como el país mismo. No obstante, recién se ha hecho visible en toda su magnitud. ¿Deberíamos sentirnos abrumados por este descubrimiento? Al contrario, se trata del primer paso hacia una gestión honesta y transparente. La corrupción no es sólo una forma inmoral de gobierno, sino también es ineficiente y regresiva en su impacto sobre la distribución del ingreso. La intolerancia creciente frente a la corrupción, el continuo “destape” de escándalos no hace más que revelar lo que todos ya sabemos, pero implicando una perspectiva moralizadora e indignada de la que puede esperarse, a la corta o a la larga, un saneamiento de la institucionalidad del país. En el contexto actual, nos queda claro que corrupción y democracia son incompatibles. Por tanto, no debe menospreciarse, escépticamente, los resultados de la lucha contra la corrupción. El hecho, por ejemplo, de haber más de mil implicados en los procesos contra ésta.

Asimismo, el “caos” y el “descontrol” pueden ser valorados ante todo como un “empuje social” que resulta de la toma de conciencia de derechos. Signo, por tanto, del cambio decisivo que significa la metamorfosis del siervo en ciudadano. La angustia que puede despertar la proliferación de movimientos locales, a menudo vandálicos, no debe hacer olvidar este hecho fundamental.

Y en medio de todo, la preservación misma del sistema democrático es una situación alentadora. El hecho de que el Paro del 14 de Julio no se desbordara en una violencia insensata, tal como ilusionaban muchos de sus propiciadores, pone en evidencia una madurez cívica, una voluntad de no saltar al vacío; el río revuelto donde los demagogos esperan obtener sus frutos. En la actualidad ya no resulta verosímil señalar un “gran culpable”, llámese imperialismo u oligarquía, cuya eliminación garantice el liberar la sociedad peruana. Cada vez nos resulta más claro que nuestras restricciones están en nuestra sociedad y hasta en nosotros mismos. Y éste es, desde luego, un gran aprendizaje.

No podría faltar, en este nervioso recuento, la nueva actitud hacia la cultura y la naturaleza que hoy se generaliza en nuestro país. Más que nunca, somos sensibles al valor de nuestra historia y a la belleza de nuestro paisaje. Pasando, desde luego, por la re-apreciación de nuestras comidas y bebidas. Hay, pues, signos de esperanza. Quizá, si tomamos conciencia de ellos, podemos abordar nuestra vida como país en una forma más positiva y determinada. Y para quienes confunden la esperanza con la ingenuidad, sólo queda decir que la inhibición pesimista sólo contribuye a hacer más negro el panorama.