Christian Bendayán se apropia del lenguaje plástico popular para elaborar una reflexión personal sobre el mundo y la vida a partir, precisamente, de interrogar ese mismo mundo popular, tanto en su momento de excitación gozosa como en su momento de precariedad.

El cuerpo femenino puede parecer un objeto. No obstante, en ese cuerpo mora una sombra, una promesa: el amor romántico. Expectativa que, sin embargo, es vivida como ilusa, que está desde ya dominada por el desencanto. Entonces, esta pretensión a la que no se renuncia, pero que se sabe irrealizable genera una agresividad o amargura que recorre la subjetividad femenina. Las malas experiencias desalentarán a la mujer. Otra vez, ella persistirá en su apuesta. La sexualidad aparece como una fuerza anterior a la diferencia de género. Una fuerza animal, afirmativa de la vida en la que se trenzan la voracidad, la lucha y el goce del cuerpo. Es la manifestación suprema de la potencia de existir.

La sexualidad
masculina es posesiva y desenfrenada de cualquier actitud de respeto hacia el otro. Es intensa y autoreferida.

La homosexualidad
aparece como una opción legítima. Los travestis no se esconden, su presencia es plena, desvergonzada. Si la relación hombre – mujer está marcada por la demanda de diversión del primero y la necesidad de amor de la segunda, la relación entre homosexuales aparece como más “cómplice”, menos posesiva, más respetuosa. La dignidad de la opción homosexual está marcada por la altivez y satisfacción de los retratos que la representan.

Resumiendo, entonces, resulta que en la pintura de Bendayán encontramos tres géneros: hombres, mujeres y homosexuales. Y, aunque suene paradójico, es visible que las relaciones más igualitarias (sujeto – sujeto) son aquellas que se establecen entre los travestis.