La orden es más antigua que el lenguaje, sino los perros no podrían entenderla. El tipo de efecto más antiguo que la orden es la fuga. Le es dictada al animal por una criatura más fuerte, ajena a él.
Lo primero que llama la atención en la orden es que provoca una acción, no admite desacuerdo, no es lícito discutirla, es casi concisa, puede ser entendida de inmediato.
La acción que se ejecuta bajo una orden es distinta de todas las demás acciones. Es percibida como algo extraño; su recuerdo nos roza como algo ajeno, como una ráfaga de viento que pasara fugazmente a nuestro lado.
Toda orden consta de un impulso y un aguijón. El impuso obliga al receptor a ejecutar la conformidad con su contenido; el aguijón permanece en aquel que ejecuta la orden. Cuando las órdenes funcionan normalmente, como se espera de ellas, el aguijón permanece invisible.
El contenido de la orden queda conservado en el aguijón, su fuerza, su alcance, sus limitaciones, todo ha sido prefigurado para siempre en el momento en que se imparte la orden. Ninguna orden se pierde jamás, nunca se acaba realmente con su ejecución, es almacenada para siempre. Ningún niño, por normal que sea, pierde ni perdona ninguna de las órdenes con las que fue maltratado.
Sólo la orden ejecutada deja su aguijón clavado en aquel que la cumplió. Quien elude las órdenes tampoco tiene que almacenarlas. “Libre” es solamente el hombre que ha aprendido a eludir órdenes, y no aquel que luego se ha liberado de ellas. Y quien más tiempo necesita para esta liberación o quien se toma más tiempo en conseguirlo es, sin duda, el menos libre. Todos los hombres se revuelven en su fuego interno contra la orden que le ha sido enviada desde fuera y que tiene que ejecutar, todos hablan, entonces, de presión y se reservan el derecho a la subversión o a la rebelión.
La orden se ha domesticado. Lo que llamamos orden se desarrolla entre seres humanos. La domesticación de la orden la convierte en una promesa de alimento. En lugar de servir de alimento a su amo y ser devorada, la criatura en la que se imparte este tipo de orden recibe alimento ella misma.
Una orden es como una flecha, es disparada y da en el blanco. El que da la orden apunta antes de disparar. Queda clavada en quien la recibe; ésta deberá extraerla, disparar otra vez para liberarse de su amenaza.
El que dispara la orden recibe un ligero contragolpe. Muchos contragolpes se acumulan y acaban convirtiéndose en miedo: el miedo a dar órdenes. Se trata de una torturante sensación de peligro, pues dar una orden es correr el riesgo de que ésta sea revertida contra nosotros. El mayor miedo lo tiene el que no recibe órdenes de nadie, a la larga este miedo se convierte en un cesarismo delirante.
Del estado de miedo masivo deriva el sacrificio religioso que por un tiempo detiene la carrera y el hambre del poder peligroso.
Cuando la orden se dispersa de inmediato no se forma aguijón alguno. Es sólo la condición aislada de la orden la que acaba de formar un aguijón. La amenaza presente de una orden dada a un individuo no puede disolverse del todo. Cualquiera que ejecute una orden dirigida exclusivamente a él, irá conservando en sí mismo como aguijón su resistencia a obedecer: un duro cristal de rencor. Sólo podrá liberarse de él impartiendo, a su vez, la misma orden.
La situación de esperar órdenes es típica de los soldados. El soldado reprimirá todas las motivaciones habituales que nos llevan a actuar, como el deseo, el temor, la inquietud, y que tan esenciales son para la vida humana. Su mejor forma de combatirlas es evitar confesárselas. La disciplina constituye la esencia del Ejército. No obstante, la mayoría de los soldados tiene una disciplina secreta, es la disciplina del asenso. El asenso es la manifestación de la actividad oculta de los aguijones de orden. La acumulación de los aguijones en los soldados es muy rápida. Sólo es posible cambiarla mediante un asenso. En una posición superior comienza a desembarazarse de una parte de sus aguijones. Sus aguijones salen a la luz en forma de órdenes.
Cuando el individuo entra a la masa, se produce la descarga que debe ser entendida como liberación de los lastres distanciadores. De éstos forman parte los aguijones de orden que han ido acumulándose en cada individuo. Dentro de la masa todos los individuos son iguales, ninguno tiene derecho a dar órdenes a otro, todos dan órdenes a todos. Este salirse de cuanto constituye sus más rígidas ataduras, sus calcas limitaciones, es la causa propiamente dicha de la euforia que el hombre experimenta dentro de la masa. Cuando retorna a sí se reencuentra con sus aguijones.
El ser humano acaba siendo totalmente gobernado por sus aguijones, que determinan su fisonomía interna y constituye su destino, se libere de ellos o no.
El aguijón se forma durante la ejecución de la orden. Se desprende de ésta y, con la figura exacta de la orden, se graba en quien la ejecuta. Es pequeño, oculto y desconocido; su atributo más esencial es su absoluta inmutabilidad. Permanece aislado del resto de la persona como un cuerpo extraño alojado en su carne, siempre le será molesto. La fuerza con la que se libere deberá ser idéntica a aquella con la que fue recibida al penetrar.
En la masa de inversión muchas personas comparten el objetivo común de liberarse de aguijones de orden a los que, en tanto individuos aislados, están expuestos sin ninguna esperanza. En tales momentos, clases y castas se tornan reales, y actúan como si sus integrantes fueran todos iguales. La inversión consigue eliminar hasta el más doloroso de los aguijones.
El rico acumula montones y rebaños, representados en este caso por el dinero. Los hombres no le interesa; le basta con poder comprarse unos cuantos.
El poderoso acumula seres humanos. Los montones y los rebaños no le interesan nada, a no ser que los necesita para adquirir hombres. Pero quiere hombres que vivan para que lo precedan o acompañen en su propia muerte. Los que hayan muerto antes que él o nazcan después le importan sólo indirectamente.
El famoso acumula coros de los que sólo quiere oír su nombre. Es indiferente que estén muertos, con vida o que aún no hayan nacido, siempre y cuando sean numerosos y sepan pronunciar su nombre.
