Contra la metafísica de la identidad que perjuzga al ser humano como íntegro e invariable, Elías Canetti se propone subrayar la importancia de la metamorfosis.
“La capacidad del hombre para metamorfosearse, que tanto poder le ha conferido sobre las demás criaturas, casi no ha sido aún examinada o comprendida. Es uno de los mayores enigmas: todo el mundo la tiene, la emplea y la considera perfectamente natural, pero muy pocos se dan cuenta de que le deben lo mejor de sí mismos” (Pág. 431).
Lo fundamental de la metamorfosis es que un cuerpo se identifica con otro cuerpo, “el cuerpo del hijo es el cuerpo del padre”. El hijo siente que el padre está cerca porque siente la antigua herida de su padre en su propio cuerpo. La identidad propia de la que se puede desprender uno en la metamorfosis se conserva intacta. Se puede regresar a ella o abandonarla definitivamente. La identificación y la metamorfosis suponen un punto de enlace.
Las metamorfosis de fuga son muy importantes. El miedo de ser la presa y la necesidad de devorar hacen que ambas partes recurran a algún tipo de metamorfosis.
Las grandes crisis de histeria no son sino una serie de violentas metamorfosis de fuga. La afectada se siente aferrada por una fuerza superior que no ceja. Ya sea un hombre del que quiere escapar, ya sea un espíritu del Dios mismo, lo importante, en cualquier caso, es que la víctima perciba precisamente la presencia de esta fuerza superior y se sienta oprimido por ella. Todo lo que haga, muy en particular las metamorfosis que experimente, está destinado a diluir esta opresión. La variedad de metamorfosis de este tipo, de muchas de las cuales no han llegado a manifestarse más que conatos, resulta sorprendente. Una de las más frecuentes, muy antigua y que muchos animales practican, es hacerse el muerto. La víctima espera que creyéndola muerta, la suelten; sigue yaciendo y el enemigo acaba alejándose. Esta metamorfosis es la más central de todas: nos recluimos tanto en un centro que nos quedamos completamente quietos; renunciamos a hacer cualquier movimiento, como si estuviéramos muertos y el otro se marche.
En contraste a la metamorfosis de fuga, tenemos al chamán que, permaneciendo fijo sobre la tierra, no huye, sino que se procura de una serie de espíritus auxiliares que le obedecen. El chamán es, pues, activo. Su metamorfosis busca incrementar su propio poder, no escapar de seres más poderosos que él. Al final vuelve siempre al centro, en torno al cual sus adeptos esperan ansiosos el mensaje.
Las metamorfosis del maniaco tienen lugar con extraordinaria facilidad. El maniaco manifiesta, también, la misma exaltación y contento que el cazador siente siempre con gran intensidad y sin importar lo que consiga.
La melancolía se inicia cuando la serie de metamorfosis de fuga termina y consideramos que todas son inútiles. En ella nosotros mismos hemos sido alcanzados y apresados. Ya no podemos escapar ni seguir metamorfoseándonos, todo lo que intentamos ha sido en vano. Nos sentimos a merced del destino y nosotros mismos nos vemos como una presa. Somos, en escala descendente, presa, alimento, carroña o excremento. Los procesos de evaluación que manifiesta el melancólico y que disminuyen cada vez más su persona, se traducen en sentimientos de culpa. Originariamente, contraer una culpa significaba estar en poder de otros. Sentirnos culpables viene a ser en el fondo lo mismo que sentirnos como una presa. El melancólico se niega a comer y puede que para justificar su negativa aduzca que no lo merece. En realidad, se niega a comer porque cree que él también será comido. Transformarse en no comido es la última metamorfosis, para evitarla todos los seres vivos escaparán adoptando la apariencia que sea.
La metamorfosis suele concluir en el personaje. Es propio de éste no admitir ya otra metamorfosis. El personaje es claro y está delimitado en todos sus rasgos. No es natural, sino una creación del hombre. Es una manera de salvarse de la incesante fluidez de la metamorfosis.
No en todas partes adopta la costumbre, la misma postura frente al libre juego del rostro.
En algunas civilizaciones la libertad del rostro se ve notablemente limitada. Se considera impropio mostrar de inmediato dolor o alegría, la gente los encierra dentro de sí y su rostro permanece impasible. La razón más profunda para adoptar esta actitud es una exigencia de autonomía constante del hombre. A nadie se le permite ninguna intrusión en los demás, y cada uno se guarda muy bien de, a su vez, cometerla. El hombre ha de tener la fuerza de ser el mismo y permanecer inmutable, ambas cosas van juntas.
La máscara, pues, es precisamente aquello que no se transforma, inconfundible y perdurable, algo inmutable en el juego siempre cambiante de la metamorfosis. Mientras dura su actividad, la máscara es intocable, invulnerable, sagrada. Lo que en ella hay de cierto, su claridad, está cargada de incertidumbre. Su poder descansa en que se la conoce con precisión, sin saber jamás lo que contiene.
Para el poderoso las metamorfosis de los otros que no son impuestas por él resultan incómodas. El poderoso mantiene una lucha incesante contra las metamorfosis espontáneas e incontroladas. En medio del que se vale en esta lucha, el desenmascaramiento, se opone diametralmente al proceso de metamorfosis, y puede designarse como anti metamorfosis. La anti metamorfosis lleva por acumulación a una reducción del mundo. No se da ningún valor a la riqueza de sus manifestaciones, y toda multiplicidad resulta sospechosa.
En la paranoia, enfermedad estrechamente emparentada con el poder, la metamorfosis ejerce una especie de tiranía. El paranoico disimula tanto que, en algunos casos, nunca llegamos a saber del todo hasta qué punto lo es. El paranoico desenmascara a sus enemigos. En el fondo resulta que es siempre uno y el mismo, como ningún otro ser humana, el paranoico vive entregado en cuerpo y alma a la anti metamorfosis, y en ello revela ser un poderoso inmovilizado en su rigidez.
Un fenómeno social y religioso de la máxima importancia es la metamorfosis prohibida. Las más importantes son las sociales. Toda jerarquía sólo es posible presuponiendo ciertas prohibiciones que hagan imposible a los integrantes de una clase inferior sentirse emparentados o iguales a los de otra superior. El asenso es dificultado por todos los medios. A menudo éste es concebido como una obligación de morir primero en la clase inferior, antes de volver a la vida en la superior. La metamorfosis es un camino largo y peligroso, hay que superar todo tipo de pruebas y horrores. Pero todo cuanto sufra podrá infringírselo a los novicios que le toque examinar. Quienes pertenecen a las clases inferiores, como las mujeres, están completamente excluidas de todas las clases superiores, son mantenidas en el terror y la obediencia, mediante máscaras horribles y lúgubres sonidos.
La separación de clases se lleva a cabo con el máximo rigor en el sistema de castas. La pertenencia a una casta excluye de manera absoluta cualquier cambio social. El aislamiento de cada persona es total, tanto hacia arriba como hacia abajo. Cualquier contacto con un inferior está estrictamente prohibido. El que no se metamorfosea permanece situado a una altura determinada, en un lugar concreto, exactamente delimitado e inalterable.
Parece haber sido precisamente el talento del hombre para metamorfosearse, la fluidez creciente de su naturaleza, lo que lo intranquilizaba y le hizo recurrir a barreras firmes e inmutables. Fue todo esto lo que debió de despertar en el hombre una sed de permanencia y firmeza que no era posible de satisfacer sin prohibiciones de metamorfosis.
La esclavitud supone el deseo de convertir a los hombres en animales. Es imposible sobreestimar la fuerza de este deseo, como tampoco la de su contrario: convertir a animales en hombres. A este último debe su existencia grandiosas creaciones del espíritu humano, tales como la metempsicosis y el darwinismo, pero también ciertas diversiones populares como la exhibición de animales amaestrados.
En cuanto hubo hombres que lograron reunir tanto esclavos como hombres en manadas, quedaron establecidas las bases del Estado en el uso y abuso del poder. Y no puede caber la menor duda de que cuanto mayor es el número de personas que integran el pueblo, más aumenta el deseo del gobernante de tener a todos los súbditos como esclavos o animales.
Comentario:
La metamorfosis es, quizá, la más humana de las capacidades; la que nos permite defendernos de un entorno hostil y amenazante o, también, las que nos puede trocar en maniacos perseguidores. En todo caso, el deslizamiento de las identificaciones es lo que nos impide ser capturados por el significante-amo. Por ejemplo, los hombres prehispánicos fueron nominados como “indios”, pero ellos lograron huir parcialmente de esta imposición, metamorfoseándose en futuros súbditos del nuevo Inca, o también, se hicieron los muertos, obedecieron hasta cuando el amo se encontraba presente, pero volvieron a la vida en su ausencia. La metamorfosis como estrategia individual y colectiva de defensa frente a la imposición debe ser vista, sin embargo, como una suerte de juego de escondidas. Yo ya no estoy en el lugar donde tú me buscas, porque yo no quiero ser tu presa. El miedo dispara la fuga, así como el ansia de cazar mueve al depredador.
