1. Cuando Marx piensa que la lucha de clases es el elemento dinámico de la historia está dando como supuesto un hecho que escapa su atención: la existencia de un orden social, de un conjunto de leyes y costumbres que representa, por así decirlo, la arena o fundamento en el cual se da el conflicto. Es decir, la lucha supone algún grado de integración. En una sociedad totalmente disgregada, en la que los vínculos sociales son débiles y no existe la confianza no podría hablarse ni siquiera de clases sociales.

2. Desarrollar una fenomenología de la disgregación social es una empresa de largo aliento en el Perú. No obstante, si fuéramos a concentrarnos en los hechos más sintomáticos, podría mencionarse:

a. La actitud de la gente al recibir un billete. En los últimos tiempos se ha vuelto casi un rito examinar el billete recibido. Lo usual es sostenerlo a la luz de una lámpara o de la propia claridad del día para, de esta manera, verificar su autenticidad. Se trata de un gesto que es aceptado como normal y hasta necesario. El supuesto es que podemos estar siendo engañados y que es necesario protegernos a través de este acto de verificación que no tendría que tomarse como ofensa, pues la voluntad de engaño está demasiado extendida y tampoco se trata de ser ingenuo o tonto.

b. Al salir del aeropuerto y buscar un taxi, se puede constatar la existencia de una diversidad de precios para el mismo servicio. Desde los chóferes autorizados que cobran en dólares hasta los informales que cuyas tarifas son menos de la mitad o aún la tercera parte de la oficial. Esta situación remite a la inexistencia de un “precio justo” en circunstancias en que no se da un libre juego entre la oferta y la demanda. La negociación es complicada, pues existe una mutua pretensión de sacar ventaja.

c. La multiplicación de guachimanes, rejas y cercos eléctricos también pone en evidencia la definición del otro como un enemigo potencial, como alguien de quien se debe desconfiar.

d. En los últimos años se ha hecho sentido común la idea de que el político es corrupto y narcisista, de manera que irremediablemente miente y engaña. Más que en las personas, el problema estaría en la posición que ocupan, pues sería inevitable aprovecharse del poder para el beneficio propio. Esa expectativa trasluce, otra vez, la idea de que nadie es confiable, de que llegado el momento (casi) todos optaremos por el mal.

3. Los ejemplos mencionados, que podrían multiplicarse a discreción, ponen de manifiesto un trasfondo paranoico, de desconfianza del otro, de verse a sí mismo como víctima de un complot o, en todo caso, de una agresión al paso o, alternativamente, como un depredador en potencia. Se trata, pues, de hechos que revelan la debilidad de la confianza en sí mismo y en los otros, la precariedad de los vínculos sociales.

4. Aparentemente esta guerra latente sería de todos contra todos. No obstante, hay “reductos de confianza” acordados entre la gente que se siente más afín entre sí. Los fundamentos de esta afinidad remiten al factor étnico.

5. La guerra civil latente es la radicalización de la guerra de razas una vez que éstas se han desdibujado parcialmente.

6. El clivaje o falla geológica que atraviesa al sociedad peruana divide a los que se identifican (inconscientemente) con la tradición andina respecto a los que hacen del rechazo de esta tradición la fuente de su identidad. La tradición andina puede ser asumida en clave exótica o en una perspectiva compensatoria que puede ser hasta revanchista o fundamentalista. Ambos casos, sin embargo, no representan un “camino natural”. Lo usual es que la identificación sea vivida, practicada pero no explicitada, verbalizada. El colonialismo interno, el racismo menoscaba la integridad, la posibilidad de una identificación explícita.

7. La identificación que no llega a asumirse y el rechazo que fundamenta la identidad son como la cara y el sello de la misma moneda. La cara oficial es el racismo, la negación de cualquier vínculo, la manutención de la pureza. El sello, lo oculto, es la vigencia de esa identificación. La gente es más bonita y estimable cuanto menos tiene de indígena.

8. El terror de ser indígena, el miedo a ser choleado inhibe la integración de lo vivido. Recuperar esa parte negada.

9. Más que grupos sociales, la vigencia del colonialismo produce una suerte de gradiente de personas en las que los que son más indios siempre están abajo. Entonces, las afinidades tienden a ser muy circunscritas y la solidaridad requiere de un examen que ubique a la persona en un lugar de la gradiente próxima a donde nosotros nos ubicamos.

10. Dado que nos definimos más como diferentes que como iguales, resulta muy difícil pensar en una ley común para todos. En realidad, la ley se aplica a un conjunto vacío, al compuesto por los ciudadanos que aún no existen, por los sujetos que se definen como siendo libres a su amparo. Entonces, idea de una libertad dentro de la ley no está, pues, internalizada.

11. Asumir la identificación con lo andino y superar el racismo son, también, cara y sello de la misma moneda. Sólo la disolución del racismo permitirá la libertad para integrar lo indígena. Ello implica la reformulación en profundidad del proyecto criollo y neocolonial.