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Dice Bajtin que la novela es la forma de enunciación más compleja debido a que potencialmente incluye a todos los géneros discursivos. En el caso de La Edad de Hierro se simula un diario personal que es a la vez una carta a la hija ausente. El lugar de enunciación, la voz del narrador, corresponde a la señora Curren, una anciana que padece un cáncer terminal.

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Paradójicamente, la narración puede inscribirse en el género de “novelas de aprendizaje”, en tanto el hecho central es el crecimiento del protagonista, su aprendizaje de la vida. La señora Curren transita desde una posición de complicidad pasiva con el Apartheid, que internamente la culpabiliza, a otra posición marcada por el descubrimiento de lo que se había esforzado por ignorar y la rebeldía consiguiente. Se trata, pues, de una lucha por la lucidez y la dignidad, por el intento de permanecer como un sujeto en vez de abandonarse a la condición de objeto o cómplice de una sociedad que niega los valores sobre los que pretende fundamentarse. El rechazo a la complicidad es también el negarse a ser ese cadáver en ciernes que es el tratamiento que la institución hospitalaria promueve para pacientes en su situación. Para ser sujeto es necesario ser reconocido como tal por algún otro relevante. Ser deseado. En un inicio, las expectativas de la protagonista están puestas en su hija, la consuela la expectativa de un reconocimiento póstumo. Ahora bien, la escritura es parte esencial de su lucha por la integridad, por dar un significado a lo que le acontece; entonces en la medida en que este compromiso la impulsa a una búsqueda de coherencia ocurre que, poco a poco, la hija deja de ser su interlocutor, la persona cuyo reconocimiento la pueda instituir como sujeto. En efecto, en el proceso de esclarecimiento a que su escritura la impulsa, la protagonista se da cuenta que ha sido abandona por su hija, ella es atenta, pero nada más. Este descubrimiento se ve facilitado por la paulatina cristalización de la relación con Verkuil, un negro borracho y náufrago, que vive en la calle sin esperar nada de la vida.

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La novela discurre en tres registros: el mundo interior de la protagonista, su entorno inmediato y la Sudáfrica de las luchas finales contra el Apartheid. Sin querer queriendo, sin desearlo, pero forzada por su misma lucha por la dignidad, la señora Curren va tomando conciencia del horror sobre el cual está construida su vida cotidiana, confortable antes de su enfermedad. Entonces, tratando de hacer lo que debe, sale de su guetto para descubrir un mundo de “hierro”, donde no hay piedad y donde el exterminio del otro parece ser para muchos la única perspectiva de paz.

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El lugar de enunciación desde el cual Coetzee ve su sociedad: una anciana totalmente sola, jubilada de enseñanza de humanidades en la universidad, le permite una gran lucidez. La protagonista comprende demasiado bien todo lo que ocurre, pero no por ello deja de sentir indignación y rebelarse. Piensa que vive una sociedad fundada en un crimen que todo el tiempo es perpetuado: la dominación violenta sobre los negros. Fantasea con que esa situación de injusticia es la causa del cáncer que está terminando con sus días. La muerte prematura que la acecha es la penitencia que tiene que pagar por sus pecados. No obstante, ella quiere trascender, transformando la culpa en responsabilidad. Por tanto, trata de reparar las injusticias que la rodean. Ella piensa que a los ojos de los blancos, sobre todo los policías, debe aparecer como una vieja loca, liberal y samaritana que está totalmente fuera de la realidad. A los ojos de los negros rebeldes, ella no existe, es una anomalía que, como no debería ser, puede ser invisibilizada.

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Sudáfrica está en llamas, es la “edad de hierro”. Los actores más visible de la época son el policía de origen afrikaner, arrogante y asesino, y, de otro lado, el joven negro que fundamenta su identidad en la resistencia fanática, casi suicida, a la opresión blanca. Personajes que se engendran mutuamente. La señora Curren está contra ambos. A los primeros les reprocha su brutalidad y la de sus padres; ellos son la causa del incendio. A los segundos les echa en cara su fanatismo, en el cual el medio, la violencia, se convierte en un fin en sí mismo. Su camaradería es un culto a la muerte. Aunque la señora Curren comprenda a ambos sujetos, se siente más comprometida con los segundos, pues ellos son los débiles, los que padecen sed de justicia.

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John es el arquetipo del joven de hierro. Vive para luchar. Detesta a los negros mayores que se hunden en una resignación gracias a la embriaguez. Ése es el mundo de los abuelos serviles, mundo que él detesta y por el que no siente sino vergüenza. Sus padres lo han dejado ser, hasta han estimulado su rebeldía, pero sin participar en ella. Para John la señora Curren es un contrasentido, rompe sus esquemas. No la puede aceptar. No obstante, llega a confiar en ella porque no tiene otra oportunidad. Por su parte, la señora Curren no siente afecto por John. Si lo ayuda es porque piensa que él es también “hijo de una madre”, un niño, un prójimo al que no puede fallar si quiere ser íntegra consigo misma. No es el amor, sino la responsabilidad con la ley la que la impulsa a protegerlo. Lo hace en contra de sus inclinaciones más personales que la llevan a rechazar al muchacho. Tiene que vencerse a sí misma para ser humana.

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La relación con Verkuil va convirtiéndose en el centro de gravitación de la novela. En un inicio confía en él porque no tiene más alternativa y también porque tiene la esperanza de que siendo un prójimo él pueda corresponder su confianza. La relación es difícil: Verkuil apesta a alcohol, es mugroso, tiene las uñas largas y llenas de tierra. Vive alcoholizado. Pero su persistencia en la apuesta hace que Verkuil responda. Siempre lejano, casi totalmente desinteresado, Verkuil va, sin embargo, acercándose. En ningún momento se trata de una propuesta posesiva. La señora Curren sabe que nunca podrá cambiarlo. Respeta una alteridad por la que en un inicio siente más asco que proximidad. El momento decisivo donde se cristaliza una relación intersubjetiva es cuando la señora Curren, huyendo de su casa tomada por la policía, va a refugiarse en la covacha bajo el puente donde vive Verkuil. Entonces, sus cuerpos se abrazan en un lazo de ternura. Finalmente, en su etapa terminal la protagonista comparte su lecho con el vagabundo. De pronto el asco desaparece y la intimidad se cristaliza como por encanto.

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La lucha por la dignidad es el intento de preservar la inocencia, no hacerse cómplice de la injusticia. Esta lucha abre un camino de esperanza, de un encuentro con el otro que le permita seguir siendo sujeto. Es el intento de preservar el propio valor, de ser atractiva para sí y para los otros. En contraste, la corrupción es la pérdida de la aspiración a la coherencia, es dejarse llevar, por los impulsos al goce, a una cerrazón desesperanzada que la lleva a una condición de objeto, a una muerte anticipada.

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La Edad de Hierro es una novela chamánica, llamada a ser parte de la lucha por cerrar las hondas heridas de la sociedad sudafricana a través de imaginar una relación posible, de intimidad y confianza, entre individuos que pertenecen a grupos que se enfrentan y desgarran. El autor plantea una relación franca y sin trastiendas, un encuentro difícil de humanidades muy distintas donde, sin embargo, en el reconocimiento mutuo ambos se enriquecen. En La Edad de Hierro germina, pese a todo, una nueva socialidad en la que la diferencia deje de ser jerarquía y dominación. La señora Curren y Verkuil renuevan nuestra fe en la capacidad de hacer vínculos de los seres humanos, por más grandes que sean sus distancias. La salvación es siempre de a dos y puede ser conseguida sobre la base de la fe y la confianza. Si el asco separa, la necesidad aproxima. En última instancia, la afinidad entre sus humanidades termina por disolver las construcciones que los aleja.

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La Edad de Hierro puede compararse con el Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Se trata de construcciones discursivas que pretenden explicar una situación de conflicto a la par que proponer un futuro que no repite el pasado. No obstante, La Edad de Hierro se funda en imágenes verbales que sintetizan una realidad muy compleja. Mientras tanto, el Informe de la CVR es pormenorizado y analítico. De otro lado, en La Edad de Hierro la reconciliación tiene “rostro”, es la visión de Curren y Verkuil compartiendo el mismo lecho. En contraste, en la CVR la reconciliación es un conjunto de recomendaciones y políticas que no llegan a sugerir, plásticamente, lo que podría ser un nuevo pacto social. Por último, está el tema de la accesibilidad o legibilidad. Es probable que la mayoría de los habitantes de Sudáfrica puedan leer la novela sin rechazo, identificándose con ella, sintiéndose orgullosos de su justicia y lucidez, de su capacidad de anunciar un futuro posible que despierta amplias simpatías. El Informe de la CVR, en cambio, está, hasta el momento, restringido a ser lectura de especialistas. Quizá la diferencia entre Sudáfrica y el Perú esté en que mientras que en Sudáfrica se planteó la alternativa de integración o guerra civil, en el Perú es aún posible la exclusión sin una catástrofe total. De cualquier forma, que yo sepa, no hay en la literatura peruana una imagen de relación íntima entre personas radicalmente diferentes. En nuestro país los grupos sociales son endogámicos, de manera que las relaciones entre individuos de distintos grupos tienden a ser instrumentales y utilitarias, flotando encima de ellas la desconfianza, el desprecio y el resentimiento.