Deleuze afirma que la posibilidad de ser afectado, la sensibilidad, es el fundamento del poder de existir-actuar. Mientras que la afección conmueve nuestro mundo interior, nos detiene en él, ocurre lo inverso con el poder de actuar que, como tal, se nos presenta como “espontaneidad pura”, irreflexibilidad opaca. Llegar a entender que una práctica alegre tiene en la afección su punto de partida supone una reflexión sobre la dinámica de nuestras vivencias y conductas. La meta sería estar disponibles para ser poseídos -o generar- afecciones (principalmente) alegres de manera que nuestro poder de actuar no sea solo un hecho contingente y casual sino que esté enraizado en nuestra vida sensible, que sea una presencia constante. El punto decisivo es que solo en el encuentro con otro cuerpo pueden surgir las pasiones sean alegres o tristes. En efecto es en la proximidad con otras humanidades, afines a la nuestra, que puede emerger lo “común”, sólo así brota el encuentro en que somos parte de una combinación, en que nos indiferenciamos. Esta vivencia comunitaria, de fusión de humanidades, produce la “pasión alegre”. O la “pasión triste”. Ahora bien el ánimo jubiloso de la “pasión alegre” es, a la vez, la energía y la materia prima, la fuerza que permite conceptualizar aquello que nos vincula con el otro cuerpo, explicitar la “idea común”. En realidad la “idea común” está latente en la “pasión alegre”. No obstante, con la toma de conciencia de los factores que condicionan su dinámica esta “afección alegre deja de ser pasiva y se vuelve activa”. Tenemos, entonces, una alegría que retorna pues está sustentada en la noción de lo que es común y vincula. La alegría puede dejar de ser pasiva, contingente y azarosa. El mandato ético de Deleuze es por tanto: “llegar a ser alegre, llegar a ser activo”. Se entiende, en consecuencia, que el ser es “una estructura híbrida constituida mediante la práctica alegre… la práctica de la alegría es la construcción de combinaciones ontológicas y, por tanto, la constitución activa del ser”. Los procesos de combinación social, las comunidades de personas, permiten el surgimiento de relaciones gozosas tanto más potentes y vitalizadoras cuanto más estrecha sea la comunión que permitan entre sus integrantes. “las prácticas sociales existentes, las expresiones afectivas de la cultura popular, las redes de cooperación del trabajo son los espacios donde deberíamos procurar discernir los mecanismos sociales de agregación que pueden constituir relaciones adecuadas, afirmativas, alegres y, por lo tanto, vigorosas combinaciones subjetivas. Fortalecer el paso de la multiplicidad a la multitud continúa siendo para nosotros el proyecto central de una práctica política democrática”. (Hardt 228) .

A pesar de ser tan sugerente las ideas de Deleuze levantan de inmediato una gran inquietud. ¿Qué pasa si lo común de una colectividad es un odio exaltado que nos invita a destruir a otros? Entonces el encuentro entre cuerpos y la subsunción de la individualidad en una combinación social puede estar encausado a la destrucción gozosa de gente inocente. No queda sino pensar que la alegría puede tener “malos” efectos. Pensemos, por ejemplo, en la llamada “limpieza étnica” protagonizada por escuadrones, que ebrios de poder, violan, atemorizan, asesinan; todo ello con una crueldad desaforada. Desde la perspectiva de Deleuze estas “prácticas alegres” podrían ser razonadas -quizá- como irreflexivas y por tanto no duraderas, espúreas. Es decir, no autorizadas por una ideología que las haga parte de un camino de afirmación de la vida. Esta idea tiene sentido desde el universalismo cristiano desde donde la vida de cada ser humano es un fin en sí. Pero si uno se pone a pensar en las doctrinas de supremacía tribal, étnica o de clase, la situación cambia. Estas ideas convocan a pensar al otro como un extraño, como un simple objeto cuya destrucción gozosa no solo no debería ser problemática, sino que debería ser fuente de merecida satisfacción. Entonces la comunidad como espacio de afirmación de “pasiones alegres” no nos pone a salvo de la asechanza del mal. Solo una comunidad abierta, potencialmente universalista, rechazaría la crueldad, la alegría en el sufrimiento ajeno.