En Sin destino, Kertesz reconstruye sus memorias sobre su estadía en los campos de concentración. Kertesz quiere ser fiel a su experiencia. Para serlo debe combatir dos propuestas que implicarían tergiversarla. Secuestrar la singularidad de sus vivencias.
La primera es enunciada por el rabino antes de la deportación. La idea es que los judíos son de alguna manera culpables, aunque ignoren de qué, y, además que el sufrimiento que van a confrontar no los debe llevar a la blasfemia, a dudar de Dios. Desde esta perspectiva los judíos tendrían que aceptar con mansedumbre su suerte pues están pagando una culpa. De otro lado, como los designios de Dios son inescrutables, el hecho mismo de preguntarse por el sentido del sufrimiento es una desmesura, una desconfianza intolerable. Curiosamente estos son los mismos argumentos que Job recibe de sus amigos en el momento cuando tiene que confrontar el haberlo perdido todo. Pero Job es categórico: él está seguro de su inocencia. Piensa que no tiene sentido lo que vive. Como Dios es justo y poderoso, la justicia llegará. Como Job, Kertesz rechaza la propuesta del rabino. Le parece absurda. Está seguro de no merecer el padecimiento que le aguarda. No obstante, Kertesz no es religioso. En realidad no es judío, ni húngaro. Sus referencias identitarias son familiares e inmediatas. Al absurdo de su situación no contrapone una esperanza nacida de una fe inamovible. Sólo el deseo de sobrevivir.
La segunda es enunciada por los señores del edificio, Steiner y Fleischmann donde vivió antes de la deportación. Esta propuesta se formula apenas Kertesz regresa del campo. Tiene un trasfondo exculpatorio; en realidad, estos señores quieren justificarse. No lo han pasado nada bien. A duras penas han podido sobrevivir. ¿Qué hubieran podido hacer? Ambos coinciden en señalarle a Kertesz que él ha sido una víctima del horror pero que tiene que olvidar para seguir viviendo. Kertesz recién cae en cuenta que sí, que él ha vivido el “horror”, pero que él no puede olvidar. Además su experiencia no se reduce al “horror de la víctima”. La vivencia más reiterada fue el aburrimiento. Y hubo también lugar para la alegría y hasta la felicidad. Gracias a otros como él, Kertesz pudo agenciarse, conseguir cosas. Alimentos, sobre todo. Su experiencia es pues mucho más compleja que el modelo que los señores quieren imponerle. Es muy probable que si Kertesz se hubiera vivido como “víctima del horror” no hubiera logrado sobrevivir.
En realidad, lo que lo mantiene vivo es “una esperanza en el instante siguiente”, la expectativa de que puede haber oportunidades a ser aprovechadas. En consecuencia, hay que estar alerta. Tratar de ver las personas y situaciones que pueden ayudarlo. No encerrarse en las auto representaciones trágicas de “culpable de lo que no sé” (propuesta del rabino) o “víctima del horror” (propuesta de sus vecinos). La apertura a lo posible, la atención a los resquicios de luz en la oscuridad casi total, insuflan en Kertesz una defensa de la vida, un rechazo de la muerte. Su esperanza es casi animal, un aferrarse a la vida sin que haya una perspectiva razonable de por medio.
Kertesz logra una narración sin satanizaciones, profundamente humana. Una visión compleja donde está presente el sadismo y la crueldad pero también la ayuda y la solidaridad desinteresada. El campo es sobre todo una máquina de destrucción de vidas. En su interior, lo mejor y lo peor de lo que es capaz la humanidad conviven juntos, pero separados. Si él sobrevive es porque hay mucha gente que lo ayuda, porque él cree en algunas personas. Porque no se abandona a la muerte.
El título Sin destino puede ser interpretado de dos manera distintas que no son excluyentes. La primera es que a Kertesz le han robado su destino. Perteneciendo a una familia judía secularizada y de medios económicos, le debería corresponder un futuro confortable. Pero la guerra y el nazismo se interponen. En la segunda interpretación Sin destino significa, ante todo, ser libre, tanto del pasado como del futuro. Estar en una situación donde todo tiene que decidirse, donde nada puede darse por supuesto. Ésta es, precisamente, la coyuntura vital en la que se encuentra al final de su relato.
La visión hegemónica del Holocausto está en el film La Lista de Schindler, de Spielberg. Esta visión centrada en la victimización se parece mucho a la de los señores. Otra vez: los judíos son víctimas del horror. Pero, ahora, no es necesario olvidar para vivir, sino recordar para que no se repita. El sadismo de los nazis es la tragedia de los judíos. En medio de la hecatombe un alma buena, Schindler, permite la salvación de unos pocos judíos. No es, desde luego, que está visión sea falsa; pero si la cotejamos con la experiencia que nos transmite Kertesz podemos concluir que la visión del film es mucho más sombría y deshumanizada. Quizá se esté proyectando la desesperanza del presente en el pasado. Desesperanza que alcanza una perfección trágica y suicida en el film Dogville de Lars Von Trier.
En todo caso, la grandeza de Kertesz está en que no deja que arrebaten sus recuerdos. No es culpable, pero tampoco es una cosa-víctima en el mundo del horror absoluto. Aún en ese mundo hay compañerismo y felicidad. Motivos para la esperanza. Quien se siente culpable o cosa-víctima no podría sobrevivir. Aunque la suerte sea también decisiva.
“Puedo afirmarlo: ni las experiencias acumuladas, ni la tranquilidad más perfecta, ni la total aceptación de nuestras situaciones pueden impedirnos dejar una última posibilidad a la esperanza, en el supuesto de poder hacerlo, se entiende. Así pues, cuando, junto con otros enfermos cuyas posibilidades para reincorporarse al trabajo eran visiblemente escasas, me enviaron otra vez a Buchenwald, como de vuelta al remitente, yo compartí – con lo que me quedaba de fuerzas – la alegría de los demás, puesto que me acordaba de los días pasados allí y, sobre todo, de la sopa que se distribuía por las mañanas”.
Nótese en la cita precedente la alternancia del sujeto de la enunciación entre la primera persona en singular y la misma persona, pero en plural. En este último uso se insinúa un sujeto colectivo definido como compuesto por aquellos que no podemos “dejar en última posibilidad la esperanza”. Ése es el grupo de referencia al que el autor se adscribe. Esto es, a los que permanecen en el combate, a los que no arrían la bandera de la vida. De esta manera, cuando después de una pasajera y pequeña mejora en sus condiciones de vida en el hospital, Kertesz es devuelto al campo; su actitud no es la queja o el lamento, sino “yo compartí – con lo que me quedaba de fuerzas – la alegría de los demás, pues que me acordaba de los días pasados allí y, sobre todo, de la sopa que se distribuía por las mañanas”.
En poco tiempo, debido a la falta de alimento y al exceso de trabajo, Kertesz adelgaza hasta convertirse en un despojo, en un resto. “No había duda de que yo estaba vivo; aún débil, medio apagado, todavía no se había extinguido en mí la llama de la vida”. Otros cuerpos tan maltratados como el suyo ya no le molesta,
“casi me alegra de que estuvieran allí, conmigo, tan similares, tan familiares; por primera vez creo que me invadió un sentimiento extraño, anormal, el sentimiento tímido y torpe del amor. Lo mismo experimenté por parte de los demás, aunque no había mucha esperanza para ninguno. Quizás esto también contribuyera… a que estuviéramos tan silenciosos y tan unidos en nuestras quejas, suspiros y gemidos, y a que se dieran igualmente algunas palabras de consuelo y de aliento”.
Otra vez el relato vuelve al “nosotros”. Se trata de una comunidad donde el dolor extremo precipita el “sentimiento tímido y torpe del amor” del que nace una solidaridad difícil de imaginar desde las visiones convencionales del Holocausto que insisten en la victimización y la pérdida de agencia como los hechos definitorios de esta experiencia. Resulta que, paradójicamente, en lo más hondo del abismo, en medio de los hombres, surja una fuerza extraña que a todos insufla vida: el amor y la solidaridad.
Conclusiones:
Desde el momento en que no se considera culpable y tiene fe en la justicia de Dios, Job siente que su sufrimiento es absurdo y transitorio. Su empecinamiento forzará a Dios a restituirle lo perdido. La esperanza de Kertesz no se apoya en la trascendencia. Es una esperanza “inmanente”, de apuesta por la posibilidad y de rechazo a la complacencia con lo trágico – incontrolable, y, de otro lado, rechazo también a dejarse seducir por un esencialismo del horror que invisibiliza las afirmaciones posibles de la vida, aún en los momentos más insólitos. Éste es el mensaje de Kertesz al hombre contemporáneo.
