En: Génesis, sentido e ilusión fílmica II

El cuerpo no es una cosa sometida al espíritu, sino un poder sensible de significaciones y autoreconocimiento. Como dice Merleau-Ponty, el cine es particularmente apto para mostrar la unión del cuerpo y el espíritu, del espíritu y el mundo, y para expresar uno en otro. El cine elabora la percepción humana desde el poder de la imaginación. En la percepción del cine, el espectador mezcla imágenes mentales subjetivas con imágenes objetivadas, en un recíproco juego de identificación y proyección. La imaginación y la percepción responden a un suelo común de comportamiento del cuerpo, y están entrelazadas como formas de expresión y sentido del mundo humano. La reivindicación del cuerpo en la fenomenología de Merleau-Ponty apunta a una crítica a Descartes y a su definición de la subjetividad como hecho mental, puro pensamiento. “La percepción y lo percibido tienen necesariamente la misma modalidad existencial, pues no puede separarse de la percepción la conciencia que ésta tiene”. La percepción penetra en el mundo y lo reabsorbe en la subjetividad.

Pero si la percepción es la experiencia original que nos abre el mundo como sujetos, si hay tanto mundo como subjetividad en el medio original de la percepción humana, si el relato recrea de forma excelsa la vida, se delata con ello que la imaginación actúa internamente en esa posibilidad. Entre la vida real y la narración que miméticamente la transfigura, obra creadoramente el imaginario.

Para esclarecer la similitud entre percepción e imaginación, nada más claro que referirse a la alucinación. La alucinación no es una percepción, pero vale como una realidad. El cuerpo se divorcia de la realidad y confinado en un universo privado, crea configuraciones preceptúales. En el caso de la percepción tenemos un universo de sentido estable y compartidos por todos, en el que la sensibilidad asegura una realidad previsible como correlato. La imaginación recrea lo real dentro de su órbita puramente mental. La imaginación da forma a una presencia de la ausencia. En la creación imaginaria, el mundo concreto y físico no aparece sino existe virtualmente en el cerebro. La imaginación nos hace soñar lo posible como encuentro entre el hombre y las cosas, nos permite volver a manifestar miméticamente toda la vida con la intención de aprenderla en su esencia, nos hace encontrar nuevamente con nuestra realidad sensible a través de la lucidez interior. La imaginación es presencia del hombre en el mundo, y presencia de éste en aquél; construye una realidad sin necesidad de que la percepción está actuando, es una fuerza creadora y espontánea del cuerpo. La alucinación es sólo un extremo patológico. Sólo se alucina cuando el germen imaginario de un individuo se divorcia de la realidad y la dinámica intersubjetiva. Se trata de un desquiciamiento de una disposición propia de cualquiera. La imaginación está presente en el recuerdo, la fabulación o el sueño.

La imaginación retrotrae el mundo perceptual a la interioridad de la conciencia, reconoce y reconfigura desde dentro el mundo externo y nuestra relación entrañable con él. Y eso que ocurre esencialmente como un proceso que condiciona nuestra propia conciencia en devenir, es reelaborado miméticamente por el arte, y singularmente por el cine. El arte trata de introducir una segunda naturaleza con el fin de iluminar las atribuciones de sentido que toca y encuentra en lo real la conciencia humana. La realidad iluminadora del arte se sustenta en la posibilidad de la imaginación de intervenir creadoramente en la conformación de la conciencia.

En la inadvertida convergencia de sueño y realidad propiciada por el filme, como “lugares vagos de todas las experiencias”, logramos reencontrar y proyectar incesantemente nuestro ser, que vive entrelazado con el mundo a través de pensamientos, acciones y deseos.

El hombre requiere de una fusión perenne de imaginación, percepción y conciencia para poder ser.

La videncia hace posible que la percepción trascienda los esquemas o anticipaciones que la fundan. Es posible, entonces, describir lo invisible en el lenguaje de lo visible, recapturar las profundas vinculaciones entre lo interno y lo externo, entre lo imaginario y lo perceptual.

La proximidad entre imaginación y percepción promueve la posibilidad de crear físicamente lo que soñamos. Aquello que palpita en lo imaginario puede llegar a ser como resultado de la fabulación.

En el cine la correspondencia entre percepción e imaginación está definida por un naturalismo alucinatorio porque la percepción encaja sobre el imaginario sin que apenas lo advirtamos. Como representación que es, el cine busca disimularse para darnos la sensación de que asistimos a una historia que se cuenta por sí misma, como si ésta fuera el mundo, la vida misma. La percepción edifica laboriosamente un mundo imaginado, prefigurado desde la realidad. Todo el tinglado de significación está montado sobre el principio básico de eliminar las trazas del texto: que el actor no mire a la cámara, que no (sobre)actúe como en el teatro, que exista una continuidad espacio-temporal, de modo que la historia se deslice en el río de las imágenes para que el espectador se quede al final con un mundo imaginario que palpite en su mente.

Ver una película es palpar, una vez más, la misteriosa interpenetración de cuerpo y realidad, la trama intersubjetiva, la imaginación razonada que somos. La enfática coherencia del espacio fílmico propicia una identificación con la cámara que supone lo imaginario como un trabajo subyacente.

El cine es perceptual-imaginario. Sus estructuras narrativas potencian esta base original, de modo que se perfila un universo expresivo semejante de la ensoñación humana. Hay una proximidad onírica entre la ficción y la actitud entera del espectador, quien parece reconocer allí, en lo que ve, delirante, un proceso entrañable a él: el soñar… Se introduce una ficción palpable, sensible, que exhala la presencia del hombre en el mundo… Es por ello que podemos contemplar imágenes que son iluminadoras de sentido interno, percepciones fílmicas que son a la vez ilusiones que convierten a la vida en pulsación virtual, enigma, carcajada, desencanto, horror. Sueños que nos llevan a participar en el contexto de un reconocimiento de lo que nos atañe cuando estamos en el mundo.

Para Merleau-Ponty lo inconciente no sería una pura interioridad que rehuye a la conciencia y tiene un estatuto cerrado, sino un movimiento íntegro y variado del cuerpo que trasciende hacia la existencia personal por medio de infinitas formas de expresión, configurando con ello la unidad de la vida psíquica y la vida corpórea. Las relaciones entre ficción y realidad están signadas internamente por la diferenciación del deseo y realidad. El film es una expresión fantasmática de nuestro ser en el mundo, pues en el plano perceptual-imaginario se esconde una vida interior que es la del ser humano.

Freud pensaba que el arte es la posibilidad de conciliar el deseo con la realidad. El artista no se resigna a la imposibilidad y deja libre su fantasía, constituyendo imágenes posibles donde el deseo se afirma. Ver cine es una experiencia que nos aproxima a las condiciones de soñar. El individuo participa en la sucesión de imágenes. En la evasión se confirma el hecho de que somos deseo, por medio de la ficción alcanzamos la verdadera dimensión de nosotros mismos, porque al escapar y olvidar por un momento los límites y condiciones de este mundo, volvemos a él, descubriendo a tientas que dentro de esos límites hay muchas vidas agolpadas, variadas tendencias que interesan sobremanera y operan en nosotros. El hombre es deseo e insatisfacción de ese deseo, es deseo del deseo. Participamos en la ilusión fílmica para descubrir repetidamente, y en múltiples facetas, al yo en nosotros. La satisfacción afectiva es el móvil profundo de la participación. Potenciamos nuestro ser alimentándolo en sus carencias y aprovechando sus potencialidades. Hacemos una peregrinación de fusiones y encuentros con otras vidas, otros mundos, otras personalidades, que en el fondo están latentes y dispuestos en nosotros. El proceso de participación cinematográfica permite recrear en múltiples formas la esencia social y el devenir de la subjetividad. Cataliza y expresa las experiencias históricas que en el seno de la sociedad avanzan como drama de la intersubjetividad.