1. En una de sus novelas ejemplares Miguel de Cervantes presenta el coloquio entre dos perros, Rinconete y Cortadillo. Los animales refieren los sucesos del bajo mundo de la Sevilla de fines del siglo XVI. Los ladrones rezan no para evitar la tentación de robar, sino para que sus hurtos sean exitosos. En el Perú del siglo XX se reproduce la misma situación. En sus inicios, el culto de Sarita Colonia fue protagonizado por homosexuales y delincuentes. Los criminales se encomiendan a la Santa y si les va bien en su actividad no dejarán de compartir sus ganancias con su protectora. En ambos casos la religión, lejos de fundamentar la moral pública, sirve para crear en el malhechor un sentimiento de confianza. El favor recibido del santo le será recompensado mediante oraciones y diferentes clases de dádivas.

2. Este
“particularismo moral” supone un contrato entre el devoto y el santo por medio del cual el devoto obtendrá diversos favores a cambio de sus plegarias y ofrendas. El empresario que financia la fiesta patronal se siente confiado, seguro en el porvenir de su negocio, puesto que a través de ese gasto ha logrado comprometer una poderosa voluntad divina. Tal contrato puede dispensarlo de acatar la normatividad vigente en materia de impuestos o legislación laboral, puesto que su buena conciencia se produce a consecuencia de este pacto. Él está cumpliendo, de manera que puede esperar con tranquilidad que las cosas le vayan bien. La idea de que la buena conciencia y el apoyo del más allá pueden “comprarse” o comprometerse mediante ofrendas y plegarias, tiene raíces históricas y psicológicas muy profundas. No obstante, su efecto es el debilitamiento de la ley, la posibilidad de acceder a un goce ilícito de manera “justificada”.

3. Freud
decía que donde hay una prohibición hay un deseo. No tiene sentido prohibir que se coman las rocas, ya que nadie pretende hacerlo. En cambio, sí tiene sentido prohibir que se corten las rosas, puesto que hay mucha gente que quisiera llevárselas. La ley implica, pues, la frustración del deseo y el aceptar esta renuncia porque de alguna manera es “lógica” desde el punto de vista de la colectividad. El particularismo moral supone una posibilidad de una transgresión autorizada de la ley. De alguna manera, “sobornamos” a un poder extra-mundano para que nos dé la licencia de quebrar la ley. Entonces, la religión legitima la ruptura del pacto social en la medida en que una de las fuerzas del panteón divino entra en una relación particular con un ser humano en la que lo habilita a transgredir.

4. El supuesto implícito de quien implora al santo para evadir la ley es que ese santo tiene una autonomía decisiva respecto a Dios o que, en todo caso, tiene un poder de mediación y de convencimiento sobre Dios que le permiten actuar con total libertad. En realidad, el creyente que se confía en una devoción para transgredir, no se hace muchas preguntas. Simplemente cree en que la entrega de su confianza producirá una buena disposición en el santo. No obstante, en este no hacerse preguntas sobre cómo Dios puede aceptar una mediación que está al servicio de un acto delictivo, se hace evidente una actitud politeísta. El catolicismo es un politeísmo aminorado en la medida en que cada santo es no sólo objeto de veneración, sino también dueño de un poder que puede ser usado con autonomía. El politeísmo supone un panteón religioso, donde existe una pluralidad de divinidades, cada una de las cuales tiene a cargo un grupo de hombres definido por su ubicación geográfica, pertenencia ocupacional, género, favor que solicita, etc. Desde luego que esta concepción está más en la práctica popular que en la enseñanza de la Iglesia oficial. El culto a los santos y la expectativa milagrosa se desarrolla en sociedades donde el racionalismo y la burocracia modernas son débiles, y donde, por tanto, el individuo se siente inseguro buscando en el más allá el amparo que no siente en este mundo.

5. El particularismo moral es un obstáculo a la consolidación de la ley. Implica un debilitamiento del vínculo social. Supone que es posible que cada individuo puede buscar y obtener una relación especial y ventajosa con lo trascendente. No se plantea la coordinación de estos pedidos. Ni siquiera supone que pueda registrase una “guerra civil” en el panteón religioso cuando los pedidos de intercesión son excluyente entre sí.

6. El imperativo categórico kantiano es la actitud opuesta al particularismo moral. En efecto, el imperativo kantiano reclama al individuo que antes de actuar analice en qué medida el principio que guía su acción puede ser universalizable. La persona es combinada a ubicarse en la perspectiva del interés general. No hay otra forma de autorizarse. En el particularismo moral el individuo asume que su deseo personal contará con la simpatía de alguna fuerza tutelar. No es, por supuesto, gratuito que el protestantismo criticara a la Iglesia Católica por su tendencia a un paganismo politeísta, por la veneración de las imágenes, por no fundamentar una moralidad laica.

7. Es claro que las mayores probabilidades de vigencia del particularismo moral se asocian a una fragmentación del vínculo social, a una falta de reconocimiento del otro. El culto a los santos es una actitud antimoderna no sólo porque supone una cierta enajenación de la agencia, sino también porque implica el rechazo de la ciudadanía, facilita el desconocimiento del derecho de los otros.

8. Pese a que el particularismo moral tiene como común denominador el no ubicarse en la perspectiva del otro, el poseer un meollo mágico, debe diferenciarse en sus diversas modalidades: a) el que busca un vínculo con lo trascendente para transgredir la ley pública; b) la que se dirige a lo trascendente para reclamar algo lícito; c) finalmente, la que lo invoca para obtener algo despreocupándose de la naturaleza de los medios a emplearse.