El duelo y su relación con los estados maniaco depresivos
En: Amor, culpa y reparación. Ed. Paidos. Buenos Aires, 2003.
Freud señaló que una parte esencial del trabajo de duelo es el fortalecimiento del juicio de realidad. Es necesario “un cierto lapso para tomar conciencia del mandato a la realidad, labor que devuelva al yo la libertad de su libido, desligándola del objeto perdido” (cita de Freud). La toma de conciencia de la pérdida es dolorosa, aunque de otro lado sea lógica y natural. La realidad impone a cada uno de los recuerdos y esperanzas, que constituyen puntos de enlace de la libido con el objeto, su veredicto de que dicho objeto no existe ya. Así, el yo, situado ante la interrogación de si quiere compartir tal destino, se decide, bajo la influencia de las satisfacciones narcisistas de la vida, a abandonar su ligamen con el objeto destruido.
El juicio de realidad es básico para la realización del trabajo de duelo. La novedad que introduce Melanie Klein es mostrar la conexión entre la posición depresiva-infantil y el duelo normal. En la posición depresiva, el objeto de duelo es el pecho de la madre y todo lo que significa: amor, bondad y seguridad. El niño siente que ha perdido todo eso como resultado de su voracidad y sus fantasías destructivas contra el pecho de la madre. Estos sentimientos pueden vencerse si es que lo que le rodea al niño es un mundo de personas en paz unas con otras y con su yo, resultando de ello una integración, una armonía interior y un sentimiento de seguridad.
Las situaciones externas se internalizan en los primeros meses de vida de la criatura humana. Los objetos internos son dobles de las realidades externas. Pueblan la fantasía del niño, actuando como una pantalla que filtra la observación y las sensaciones del mundo externo.
En niños dominados por su mundo interno, de tal forma que sus ansiedades no pueden ser refutadas, son inevitables los trastornos mentales. Por el contrario, el aumento de amor y confianza, y la disminución de los temores a través de experiencias felices, ayuda a que el niño, paso a paso, venza su depresión y sentimiento de pérdida.
En el niño los procesos de introyección y proyección, dominados por la agresión y la ansiedad, conducen a temores de persecución de objetos terroríficos; a estos miedos se agrega el temor a la pérdida de los objetos amados. Es así como surge la posición depresiva.
Existen dos grupos de temores. Los primeros son persecutorios y se relacionan con la destrucción del yo por perseguidores internos. La defensa contra estos temores es la destrucción de los perseguidores por métodos secretos y violentos. Los segundos son de pena e inquietud por los objetos amados, el temor de perderlos y el ansia por reconquistarlos. Todo esto puede llamarse el “penar” por los objetos amados. En la posición depresiva, el yo está forzado a desarrollar defensas que se dirigen contra el penar por el objeto amado. Estas defensas pueden llamarse maniacas, pues se trata de controlar la ansiedad depresiva por medio de fantasías omnipotentes; de esta manera, se podría controlar y dominar los objetos malos, y salvar y restaurar los objetos amados. La idealización, que es parte de la posición maníaca, implica una negación de la realidad. Esto le permite al yo temprano afirmarse contra los perseguidores internos y contra la dependencia peligrosa y esclavizante de sus objetos amados.
Las fluctuaciones entre la posición depresiva y la maniaca son parte esencial del desarrollo normal. En el duelo de un sujeto, la pena por la pérdida real de la persona amada está en gran parte aumentada por las fantasías inconscientes de haber perdido también los objetos “buenos” internos. Se siente, entonces, que predominan los objetos “malos” y que el mundo interior se desgarra. Se reactiva, así, la posición depresiva temprana, junto con los temores de persecución.
El mayor peligro para el sujeto en duelo es la vuelta contra sí mismo del odio hacia la persona amada perdida. Una de las formas en que se expresa el odio en la situación de duelo, son los sentimientos de triunfo sobre la persona muerta. De ahí, un sentimiento de culpabilidad.
Sólo gradualmente, obteniendo confianza en los objetos externos y en múltiples valores, es capaz el sujeto en duelo de fortalecer su confianza en la persona amada perdida. Sólo así puede aceptar que el objeto no fuera perfecto, sólo así puede no perder la confianza y la fe en él, ni temer su venganza. Cuando se logra esto, se ha dado un paso importante en la labor de duelo y se lo ha vencido (página 357).
Freud llegó a la conclusión de que en el duelo normal el sujeto logra reestablecer a la persona amada y perdida en su yo, mientras que el melancólico fracasa en ese intento. En realidad, el sujeto instala dentro de sí el objeto amado perdido, pero no lo hace por primera vez, sino que a través del duelo reinstala el objeto perdido tanto como los objetos internos amados que sintió que había perdido. De este modo, recupera lo que había logrado ya en la infancia.
El mundo interno consiste en una gran cantidad de objetos dentro del yo que corresponden en parte a multitud de aspectos variados, buenos y malos, en que los padres aparecen en el inconsciente del niño, a través de varias fases de su desarrollo.
En el duelo normal, el individuo reinstala a la persona real perdida como un objeto interno bueno.
Las personas que fracasan en su trabajo de duelo son aquellas que no cuentan con objetos buenos internos, no han tenido seguridad suficiente. Cuando el sujeto en duelo reinstala dentro de sí a los padres buenos y a las personas recientemente perdidas, y reconstruye su mundo interno, que estuvo desintegrado y en peligro, puede vencer su pena, gana nueva seguridad y logra una armonía y una paz verdaderas.
