El desarrollo temprano de la conciencia en el niño
La conciencia de la persona es un precipitado o representante de sus primeras relaciones con los padres. Ellos se convierten en una parte diferenciada del yo –el súper yo–, en una agente que representa ciertas exigencias, reproches y admoniciones, y que se opone a sus impulsos instintivos. Este súper yo ejerce una influencia inconsciente, a menudo opresiva, es, en cualquier, forma un factor importante.
Melanie Klein pretende complementar la postura freudiana. Su aporte estaría en identificar un origen más temprano, entre los dos y nueve meses, del súper yo que, además, en esta primera etapa es inconmensurablemente más riguroso y cruel que en el caso del niño mayor o el adulto, pues aplasta al débil yo del niño pequeño.
En el niño pequeño, el súper yo tiene características altamente increíbles y fantásticas. El temor del niño a ser devorado o su terror a ser perseguido es algo normal. No obstante, detrás de estas fantasías se ocultan las figuras imaginarias de los padres del propio niño. El súper yo del niño es creado sobre la base de elementos imaginarios de los padres reales, imagos que el niño ha incorporado a sí. El temor a los objetos reales se funda en el hecho de que el niño los aprecia bajo una luz fantástica debido a la influencia de su súper yo.
El origen del súper yo remite no sólo al temor de ser atacado, sino también a los impulsos de agresión reprimidos. Freud ha dicho que el instinto de vida tiende a fusionarse parcialmente con el de muerte, dando lugar entonces al sadismo. A fin de evitar ser destruido por su propio instinto de muerte, el organismo emplea su libido narcisista o la autoconservación para expulsar a aquel hacia fuera y dirigirlo contra sus objetos. Melanie Klein añade que paralelamente a esa desviación hacia fuera del instinto de muerte, se produce también una reacción intrapsíquica de defensa contra la parte del instinto que no ha podido ser exteriorizada de tal modo. La idea es que el instinto de agresión provoca una tensión en el yo, una ansiedad que deja como único camino movilizar la libido. Esta tarea, sin embargo, no puede ser totalmente exitosa, ya que debido a la fusión de los dos instintos resulta imposible efectuar una separación entre ambos. Entonces, dentro de la psique, una parte de los impulsos instintivos es dirigida contra la otra.
Según Melanie Klein a partir de estas ideas podría entenderse por qué el niño se forma imágenes monstruosas y fantásticas de sus padres. Imágenes que reaparecen en el folclor o en la cultura de masas bajo la forma de brujas, ogros o toda clase monstruos.
Cada niña crea imagos de sus padres que le son peculiares. La formación del súper yo comienza al mismo tiempo que el niño efectúa la primera introyección oral de sus objetos. Estas imagos primero son sádicas y serán proyectadas sobre el mundo exterior, de modo que el chiquillo es dominado por el temor de sufrir ataques crueles. Su ansiedad aumenta sus impulsos sádicos al estimularlo a destruir los objetos hostiles para escapar de ellos. Se entabla, entonces, un círculo vicioso: la ansiedad del niño que le impulsa a destruir su objeto produce un aumento de la propia ansiedad, lo que a su vez lo lanza contra su objeto, instituyéndose, así, un mecanismo que está en el fondo de las tendencias criminales del individuo. La excesiva severidad y crueldad del súper yo es, pues, la causa de la criminalidad.
En el desarrollo del niño se aminora el sadismo y más se retiran hacia el fondo las imagos terribles, sobre todo en la medida en que éstas son producto de sus propias tendencias agresivas. Y a medida que los impulsos genitales crecen en energía, surgen imagos benéficas, de manera que la tiranía del súper yo es más suave, presenta ahora exigencias posibles de cumplir. Se transforma en conciencia moral, en el verdadero sentido de la palabra.
Cuando la organización genital adquiere preeminencia, surgen relaciones positivas con los objetos, de manera que, como dice Freud, surge la piedad como reacción a la crueldad. En síntesis, mientras la función del súper yo es la de provocar ansiedad, estimulará los violentos mecanismos defensivos asociales y aéticos. Pero en cuanto disminuye el sadismo del niño, y cambian las funciones y carácter del súper yo, se genera menos ansiedad y más sentimiento de culpabilidad; surge una actitud moral y ética y el niño comienza a sentir consideración hacia sus objetos y a responder hacia los sentimientos sociales.
La severidad del súper yo arcaico corresponde a las fantasías destructivas de los objetos externos e internos. No obstante, cuando el niño comienza a percatarse de su ataque, genera un sentimiento de culpabilidad que es la matriz de los sentimientos sociales. Surge, entonces, la posibilidad de sublimaciones. En todo caso, el análisis de las capas más profundas del súper yo conduce invariablemente a un considerable mejoramiento de las relaciones del niño con los objetos, de su capacidad para la sublimación y de sus poderes de adaptación social. Mejoramiento que hace que el niño no sólo sea mucho más feliz y más sano en sí, sino también más capaz de sentimientos sociales y éticos.
Aunque el análisis no pueda eliminar el núcleo del sadismo, puede mitigar su acción aumentando la fuerza en el plano genital, de modo que el yo, más potente, pueda enfrentar al súper yo.
Los intentos repetidos de mejorar a la humanidad, hacerla más pacífica, han fracasado porque no se ha tomado en cuanta la profundidad y la fuerza de los instintos de agresión innatos en cada individuo. Estos esfuerzos han buscado estimular los impulsos positivos, negando o suprimiendo los agresivos. El psicoanálisis no puede borrar al instinto agresivo, pero sí puede, disminuyendo la ansiedad que acentúa a ese instinto, quebrar el esfuerzo mutuo que se produce continuamente entre su odio y su temor. La descomposición de la ansiedad aminora la agresión y conduce a un deseo de ser amado y de amar, de estar en paz.
Comentarios:
1. La tesis central de Klein es que el súper yo comienza a formarse muy temprano en la vida, a consecuencia de la proyección de los impulsos destructivos sobre los objetos, principalmente los padres, que luego, interiorizados, se convertirán en imagos persecutorias y crueles. Es decir, el niño busca defenderse de su propia agresión fusionándola con su libido y colocándola afuera, como si lo que tuviera que enfrentar fuera un medio que se complace con su dolor. Así mismo, esta proyección es interiorizada, de manera que el niño se ve asediado por objetos internos persecutorios, frente a los que siente terror. La situación es aún más compleja por cuanto no toda la agresión se fusiona con la libido y se proyecta hacia fuera para luego interiorizarse hacia adentro. En efecto, parte de esa agresión se convierte en ansiedad, en angustia. Finalmente, en una tensión, en un ataque contra sí mismo. El niño dominado por este súper yo arcaico, cruel y sin principios éticos, tiende hacia la criminalidad. Paradójicamente, es la severidad excesiva y la aplastante crueldad del súper yo, la que lleva a la destrucción de los objetos y a la elevación de la ansiedad.
Sólo en la medida en que las relaciones con los objetos van a adquiriendo un carácter positivo, las imagos terroríficas pierden centralidad y van retirándose al fondo del psiquismo. La dulcificación de las imagos implica que éstas comienzan a ejercer un gobierno más suave, más persuasivo. Surge, entonces, la conciencia moral.
2. La visión de Klein sobre la conciencia moral, como la de Freud, es contraintuitiva. Paradójicamente, resulta que la criminalidad se fundamenta en una súper yo excesivamente fuerte. En imagos fantásticas y terroríficas que impulsan a la agresión contra los otros y contra sí mismo. Sólo desde la internalización en profundidad de la idea de saberse amado es que estas imagos se dulcifican, de manera que el temor y el terror dejan paso a la culpa y a la sublimación. Podría decirse que pasamos del pánico y de la agresión ciega a una posibilidad de preocuparse por el otro y por sí mismo. Convertir la crueldad en piedad. Desarrollar una conciencia moral que nos encausa hacia las relaciones de amor y cooperación con los otros. Lo clave está, pues, en mitigar los sentimientos de terror correspondientes a la sensación de carencia, y desarrollar la conciencia de saberse amado.
3. Mientras el sadismo resulta un hecho primordial, la capacidad de amar se desarrolla a partir del momento en que el niño deja de sentirse amenazado (desde fuera y desde dentro) y, gracias a los cuidados familiares, se le hace posible sublimar la agresión y vivir el amor.
4. De acuerdo con Melanie Klein, el índice de criminalidad estaría en razón directa de la preservación del súper yo arcaico y en razón inversa de los cuidados que dulcifican los objetos y hacen posible el amor, la culpa y la reparación. La persona que no ha recibido estos cuidados puede convertirse, aterrorizada por sus propios miedos, en un agresor, sea de los otros o de sí mismo. Por tanto, cuanto mayor sea la calidad de los vínculos tempranos, menor será la criminalidad de una sociedad dada.
5. Desde el punto de vista social, la calidad de los vínculos tempranos tiene que ver con las representaciones y las prácticas de la maternidad y paternidad. Entonces, si la maternidad y la paternidad no son valoradas, si no son definidas como roles centrales en la existencia humana, si no son adecuadamente (auto)recompensadas, entonces, el abandono y la falta de compromiso serán muy probables. Hecho que implica dejar al niño a la merced de su propia destructividad. En este sentido, se puede hablar de un debilitamiento de los vínculos tempranos en las sociedades modernas, hecho que obedece a la mayor importancia que van tomando para la gente otras esferas de la vida, en términos de realización personal. En efecto, el mayor reconocimiento del trabajo y la expectativa de reconocimiento social implican un desplazamiento de la libido de la esfera de cuidado hogareño a la esfera pública.
6. Convertir la crueldad en piedad implica desarticular el sadismo liberando el elemento atractivo y amoroso de la agresión, identificándose, entonces, con el otro, de manera de ya no gozar sino condolerse de su sufrimiento.
7. Desde la perspectiva de que todas las emociones son aprendidas, se tendría que decir que la piedad y la solidaridad resultan de una educación sentimental, que no se trata de reacciones impulsivas, inmediatas. Esta tesis es la que está detrás de la idea de la “banalidad del mal”. Idea que ha vuelto a ser discutida a propósito del tristemente célebre Batallón 101. Se trata de una unidad del ejército alemán, especializada en el asesinato de judíos y compuesta por personas en sus treintas y cuarentas, generalmente del mundo popular. Este batallón masacró a decenas de miles de judíos, incluyendo mujeres y niños. No hubo mayores manifestaciones de piedad. La tesis de la banalidad del mal nos hace pensar que éstos eran alemanes promedio que simplemente cumplían con lo que entendían que era su deber. Entonces, o bien la piedad es algo aprendido o, en todo caso, es un sentimiento débil que puede ser acallado por consignas ideológicas sobre la no humanidad del otro.
8. Desde la perspectiva de la piedad como una reacción natural: “el otro es como yo, lo que le está pasando puede pasarme a mí, ayudarlo es ayudarme”. Habría que pensar que la idea de banalidad del mal oculta el triunfo de la agresión y el sadismo sobre el impulso a amar. Entonces, actuaciones como las referidas no son meros cumplimientos de deberes, sino orgías sádicas que convocan a esos fantasmas arcaicos que nos aterrorizan y de los cuales pretendemos defendernos mediante la agresión sádica.
9. La perspectiva de Klein nos dice que el sadismo es anterior a la posibilidad de amar, que la crueldad es más instintiva que la piedad, que el amor es una reparación de nuestra tendencia a herir. Entonces, la piedad no es automática, sino que depende, otra vez, de la calidad de los vínculos tempranos. Y, desde luego, de las ideologías que la fomenten o la obstruyan.
10. En el caso del Perú, es claro que las víctimas del periodo de la barbarie no han contado con mucha solidaridad. La mayoría, indiferente a su sufrimiento, ha preferido no saber, darle la espalda. En realidad, hay que decir que no se dio una oportunidad para que la voz de las personas afectadas fuera escuchada. Las Audiencias Públicas no fueron transmitidas por los canales de televisión comerciales. ¿Por qué? Pueden tentarse dos hipótesis. La primera es que los propietarios prejuzgaron correctamente que esas audiencias no tendrían rating y que, además, no podría sacrificarse la programación diaria y la rentabilidad respectiva. La segunda hipótesis incidiría en que los propietarios y el gobierno no querían transmitir las audiencias, porque no deseaban exponerse a un dolor ajeno, e incriminarse en una situación de la que no querían ser partícipes. El gobierno no hizo el gesto de financiar la transmisión. Entonces, no se dio oportunidad a que la mayoría de la gente escuchara a los afectados por la barbarie. No obstante, también es verdad que esa mayoría no ha apoyado activamente el resultado del Informe de la Comisión de la Verdad. El deseo es, pues, no acercarse al dolor ajeno, rechazar la posibilidad misma de sentir piedad o solidaridad.
11. Es muy significativo que las fórmulas para implorar piedad o pedir solidaridad incidan en la común humanidad, en especial en el ser hijo de mujer. Esto se explicaría, según Klein por el hecho de que son los cuidados maternos los que posibilitan el aprendizaje de la conversión del sadismo en amor.
