Jacques Derrida y Elizabeth Roudinesco “Y mañana qué…” Ed. FCE. Bs. As. 2005. Capítulo 4 Imprevisible libertad.

En mi opinión el pensamiento más libre es el que transige todo el tiempo con efectos de máquina. Precisamente por eso utilizo raramente el término libertad. En ciertas ocasiones, sin embargo, defenderé el término libertad como un exceso de complejidad respecto a un estado maquinal determinado y lucharé por unas libertades pero no hablaré tranquilamente de la libertad. Desconfío del término libertad porque aparece cargada de presupuestos metafísicos que confieren al sujeto o la conciencia –es decir, a un sujeto egológico- una independencia soberana respecto de las pulsiones, el cálculo, la economía, la máquina. Yo definiría la máquina como un dispositivo de cálculo y de repetición. Pero en la máquina hay un exceso que la desbarata.

La relación compleja entre lo maquinal y lo no maquinal supone lo incalculable que tienen dos formas. Una contingente y otra necesaria. El acontecimiento es lo que excede la máquina.

El otro responde en la figura de lo incalculable. Eso que llega en cuanto acontecimiento impredecible. Saber tener en cuenta lo que desafía las cuentas eso es el saber, y la responsabilidad científica.

Lo que resiste y debe resistir al determinismo no lo llamaré ni sujeto ni yo, ni conciencia, ni siquiera inconciencia, pero lo convertiré en uno de los lugares del otro, de lo incalculable, del acontecimiento. La singularidad está expuesta a lo que viene como otro y como incalculable.

Una reformulación posdeconstructiva de la libertad implica hablar de “lo que viene”. (el acontecimiento, lo imprevisible, lo irresoluble, el recién llegado, el otro).

Lo que surge desborda mi responsabilidad pero todavía carece de figura reconocible… Aquello a lo que estoy expuesto, más allá de todo dominio. Lo “que viene” excede un determinismo pero también excede los cálculos y las estrategias de mi dominio, mi soberanía o mi autonomía. Por eso aunque nadie sea un sujeto libre, en este lugar existe “algo libre”, SE ABRE CIERTO ESPACIO DE LIBERTAD. Allí es donde estoy expuesto y felizmente, si me atrevo a decir, soy vulnerable. Allí donde el otro puede llegar hay un “por venir”. Con el determinismo no hay porvernir.

Allí donde viene lo que resta venir, yo estoy expuesto, destinado a ser libre, y a decidir, en la medida en que no prever. Entre le saber y la decisión se requiere de un salto. Si la decisión no es más que el predicado de lo que soy, si está bajo mi saber y mi poder, entonces en realidad no decido puedo. Entonces mi decisión debe ser la decisión del otro en mí, una decisión pasiva, una decisión del otro que no me exonera de ninguna responsabilidad.

El cálculo encuentra su límite en el juego… el afecto, la relación del viviente con el otro o consigo mismo, sigue siendo un incalculable, algo ajeno a toda máquina.

Lo incalculable, lo inanalizable, se resiste al análisis. La llegada del otro es siempre incalculable. La hospitalidad pura es el acogimiento de lo que llega. Implica un horizonte sin horizonte.

Capítulo 9 Elogio del Psicoanálisis

Acaso me equivoque pero el ello, el yo, el superyó, etc. –en una palabra las grandes máquinas feudianas- a mi manera de ver no son sino armas provisorias, hasta herramientas teóricas caseras contra una filosofía de la conciencia, de la intencionalidad transparente y plenamente responsable. No creo mucho en su porvenir…

La revolución psicoanalítica no se refugia en una coartada teológica o humanista… Me seduce esa indispensable audacia del pensamiento.

Gracias al impulso del saque freudiano, por ejemplo, se puede relanzar la cuestión de la responsabilidad: en lugar de un sujeto conciente de sí mismo, que responde soberanamente de sí mismo ante la ley, puede instalarse la idea de un “sujeto” dividido, diferenciado. .. Y de un sujeto que instala progresiva, laboriosa, siempre imperfectamente las condiciones estabilizadas, es decir no naturales, esencialmente y para siempre inestables- de su autonomía sobre el fondo inagotable e invencible de una heteronomía.

Un “sujeto” sea cual fuere (individuo, ciudadano, estado) se instituye desde ese miedo, y siempre tiene la fuerza protectora de una barrera. La barrera interrumpe, luego acumula y canaliza la energía. … El sistema y la idea son construcciones producidas para resistir lo que es experimentado como una amenaza. Pues la “lógica del inconsciente” permanece incompatible con lo que define la identidad de lo ético, lo político, lo jurídico, en sus conceptos pero también en sus instituciones, y por tanto en sus experiencias humanas.

En toda una zona de nuestra vida hacemos como si creyeramos en la autoridad soberana del yo… sabemos que hablamos diversos lenguajes…

Comentarios

Entre la “filosofía de la conciencia” y “la muerte del sujeto”, Derrida se sitúa más cerca de esta última posición. La palabra “libertad” le resulta incómoda pues está demasiado lastrada por significaciones que remiten a la idea del sujeto transparente.

Estoy habitado por una profundidad que me excede, por máquinas de las que no soy consciente. Pero esas máquinas se desestabilizan por la llegada de lo que es irreductible a ellas, por lo/el otro, la dimensión del acontecimiento.

“Lo que surge desborda mi responsabilidad pero todavía carece de figura reconocible… Aquello a lo que estoy expuesto, más allá de todo dominio. Lo “que viene” excede un determinismo pero también excede los cálculos y las estrategias de mi dominio, mi soberanía o mi autonomía. Por eso aunque nadie sea un sujeto libre, en este lugar existe “algo libre”, SE ABRE CIERTO ESPACIO DE LIBERTAD. Allí es donde estoy expuesto y felizmente, si me atrevo a decir, soy vulnerable. Allí donde el otro puede llegar hay un “por venir”. Con el determinismo no hay porvernir”.

La libertad es un momento de indeterminación que se produce en el encuentro con lo impredecible. Aquello que excede los límites de mi dominio… Entonces tengo que tomar una decisión que escapa del cálculo. Entonces soy vulnerable. Hay un exceso en la máquina. “Entre el saber y la decisión se requiere de un salto… Entonces mi decisión debe ser la decisión del otro en mí, una decisión pasiva, una decisión del otro que no me exonera de ninguna responsabilidad”. La decisión supone que la situación es “indecidible”, incalculable. No sabemos ni porque hacemos lo que hacemos ni adonde vamos con lo que hacemos. No obstante, en ese momento somos libres y podemos ser tenidos como responsables por lo que hagamos.

La libertad es el desbarajuste del mecanismo de control, basado en el saber y el poder, que remiten lo otro a lo mismo. El desbarajuste se produce cuando este mecanismo no funciona. Lo otro no puede ser asimilado. Somos vulnerables, libres. El acontecimiento debe ser acogido en vez de negado. La hospitalidad pura para con lo otro del acontecimiento abre las posibilidad de una decisión. Dejar que el acontecimiento resuene. Dejar que una respuesta se abra paso en mí. Una decisión no es entonces un cálculo, tampoco es un hecho de conciencia; en realidad, a través de ella, se impone el otro en mí. Es decir, lo que no es la máquina. La libertad es pasiva, un dejar ser lo que está en mí. Una apertura a lo otro, un acoger su novedad, un permitirse ser sin pensar. La libertad no es reflexiva es un movimiento automático de nuestro ser donde trascendemos lo maquinal.

Los momentos de libertad y las decisiones que de ellos surgen, recurren constantemente en nuestra vida. No sabemos qué hacer pero hacemos, aún sin saber el porque ni las consecuencias. Ahora bien, que haya habido libertad y decisión, o que haya habido predominio de la máquina, es algo que no puede ser deducido de la acción misma sino de los movimientos interiores que la desencadenaron. Ejemplo: me encuentro con un amigo que acaba de perder un ser querido, entonces me acerco y le doy una palmada y le digo lo siento. Esta acción puede ser maquinal o libre. O quizá una mezcla de ambos. Digamos que la situación me deja frío. Esas cosas pasan y estoy apurado; pero sé que hay que ser cortés. Entonces actúo. No se trata de una acción libre en el sentido de Derrida. En cambio, la libertad tendría que ver con la secuencia siguiente: su tristeza me produce un afecto que me conmueve y me compromete… No se que hacer, dudo, pero finalmente, en un impulso, me acerco, le doy una palmada, y le digo, lo siento. En este segundo caso ha habido una decisión.

Este ejemplo me ayuda a entenderme. Siempre he sido muy reticente para dar pésames. Ese hábito o máquina no estaba debidamente instalada en mí. Las fórmulas consagradas las he sentido como imposición ajena. Entonces, en los velorios me decía a mí mismo, a manera de explicarme, que, como era tímido y no me gustaba la hipocresía, entonces mejor sería no decir nada. De alguna manera también se trata de un hábito o máquina. Pues no había decisión, sino automatismo. En realidad decidir hubiera supuesto superar la timidez y discernir mis sentimientos de manera de ser libre para dar el pésame.

¿Se puede plantear que el “núcleo de la identidad”, aquello que centraliza el dislocado mundo interior, estaría dado por cierta coherencia en las decisiones? Es decir, por la reiteración del mismo comportamiento en iguales circunstancias. ¿Esta coherencia sería, entonces, el “el otro dentro de mi”? Ciertos compromisos o principios que damos por descontados, que tendemos a honrar por una fidelidad casi compulsiva. La idea suena plausible pero está lejos de lo planteado por Derrida. La libertad supone transigir, negociar con la máquina. Acoger, sentir, decidir sin pensar.

Pero qué es ese “otro dentro de mi” que no es una máquina, que fundamenta mi libertad en la medida en lo que dejo ser.

Elegir esos compromisos significaría elegirse a sí mismo. Bosquejar una imagen a la que debemos obediencia. El problema está en que no sabemos del todo cuáles son esos compromisos, ni, tampoco, si ellos resultan de una decisión o son imposiciones que fundan máquinas.

La decisión de no quejarse ni perdonar.