Dejarse ser con Clarice Lispector
¿Dejarse ser? Los avatares del sujeto en un soplo de vida de Clarice Lispector
Un soplo de vida (Pulsaciones) es un texto que pone en entredicho cualquier intento de clasificación. ¿Poesía? ¿ensayo? ¿teatro? ¿crónica?. Más por comodidad que por convicción, diremos: “novela”. Recordando en todo caso la afirmación de Bajtín de que la novela es la forma de enunciación más compleja pues a su interior pueden estar presentes todos los géneros discursivos. La forma o dispositivo en la que se desarrolla Un soplo de vida implica el contrapunto entre dos voces: el “autor”, y Angela Pralini, personaje que es una suerte de alter ego del “autor”. Ambas voces se “sienten” como discursos orales pues se trata de enunciaciones “en marcha”, que producen discursos que están llenos de dudas y preguntas, avances y retrocesos. Tienen un público que somos nosotros, los lectores reales que somos, sin embargo, invitados a figurarnos como supuestos oyentes. Hay, pues, algo de teatral en la propuesta de Lispector: dos personajes que hablan frente a una audiencia que los escucha. La referencia a la audiencia de lectores permanece implícita pero es esencial puesto que Un soplo de vida es un libro de sabiduría.. Una prédica acerca de cómo enfrentar la vida. Este aspecto tiene que ser subrayado puesto que Un soplo de vida es un libro póstumo, elaborado a la sombra de la muerte, cuando los días se su autora ya están contados. No hay lugar para poses o artificios, solo la voluntad de reflexionar sobre la vida, una necesidad de testimonio, un regalo postrero entregado a la manera de un mensaje en una botella que es tirada al mar.
Ahora bien, es necesario preguntarse ¿De dónde emerge la necesidad o conveniencia de este dispositivo de enunciación? De estas dos voces que, alternativamente, se complementan y se ignoran. ¿En qué sentido este dispositivo es más potente de lo que sería un diario autobiográfico o un ensayo, es decir, las formas más convencionales de enunciación asociadas a la transmisión de la sabiduría como arte del (buen) vivir? El mencionado dispositivo: ¿es necesario y productivo o es artificioso y estéril? Para responder estas preguntas veamos cada una de los dos voces. En la novela el “autor” no tiene densidad fáctica. Nada sabemos de su historia. Lo único que nos debe interesar es que el “autor” quiere-necesita escribir. Y para hacerlo requiere de respuestas a sus interrogantes. Aquí aparece la necesidad del “personaje”, de Angela Pralini, pues esas respuestas pueden ser más variadas, y menos coherentes, si provienen de otro lugar de enunciación. Digamos que Lispector necesita de al menos dos voces para poder explorar la subjetividad humana, para dar cuenta de su condición fragmentaria. En la novela el “autor” es la voz que quiere aprender, saber de que trata la vida. Y el el “autor” necesita crear a Angela porque el individuo es ya, en si mismo, alteridad insondable. La relación interior que Lipsector mantiene consigo misma es reproducida en la novela. “Inventé a Angela porque necesito inventarme”. “La mujer enigma que me hace salir de la nada en dirección a la palabra”. “Ella es intuitiva, yo soy lógico”. “Representa mi fe terrible , fe que renace todos los días de madrugada”. Devenir Angela significa “alojarse temporalmente en un modo de ser”. El “autor” se hace preguntas para las que no tiene respuesta. Angela muchas veces responde y, entonces, el “autor” comenta sus respuestas. La enunciación de Angela es misteriosa, ella es una suerte de oráculo, las palabras le vienen de “su desconcocido”. Ella es, en la medida en que no pretende entenderse. “Quiero ver cosas nuevas, y solo podré hacerlo si le pierdo el miedo a la locura.” “Angela no es un personaje. Es la evolución de un sentimiento. Una idea encarnada en el ser. En el comienzo sólo era la idea. Despues el verbo fue al encuentro con la idea. Y después el verbo ya no era mío: me trascendía, era de todo el mundo, era de Angela”.
Expresarse radicalmente requiere para Lispector de renunciar a las expectativas de control y posesión, actitudes que nos llevan a fabricar ídolos o clichés, “verdades”que nos impiden penetrar en el abismo de nuestra propia humanidad. Para explorar la condición humana es necesario lograr una libertad sin destinos prefijados. Poder reflejar “una cosa que pregunta”. Entonces hay que ser fiel a la divagación; es decir, premeditar que es aquello “que nos guía, pues está íntimamente ligado a mi inconsciencia muda. Premeditar no es racional. Es casi virgen”. “Es la tortuosa creación que se debate en las tinieblas y que sólo se libera después de meditar con palabras”.
El pensar-sentir es el núcleo de la premeditación. El pensamiento es una inconciencia sentida, un “soñar con las palabras”. Abdicar de la expectativa de controlar el flujo de nuestra conciencia nos permite acercarnos a la nada que es el comienzo de una disponibilidad libre, de una “gracia”. El pensar-sentir no conduce al discurso “lo que me importa son instántaneas fotográficas de las sensaciones pensadas, y no la pose inmóvil de los que esperan que yo diga: ¡mire el pajarito! No soy un fotografo ambulante.” La premeditación es una forma de habitar la vida donde lo teleológico-instrumental queda suprimido, vale solo “seguir nuestro hilo”, dejarse ser. Escribir no es entonces un encuentro con la trascendencia, es más bien un “trepar hacia abajo”, al animal que mora en nuestro cuerpo. De esta empresa podrá resultar un liberarse de las exigencias del sí mismo, de los mandatos sociales internalizados; será posible, finalmente, descansar. Lispector concibe que de su esfuerzo emergerá un “libro malogrado, impertinente y jugetón”.
La armonía y el desasosiego son los tonos afectivos que envuelven la experiencia. No se puede habitar en uno solo de ellos. Vienen y se van. “La armonía es prever en un instante-ya la frase musical que viene”. La anticipación de lo bonito. Experiencia incierta, llamada a desaparecer porque el mundo no puede corresponder siempre a nuestros deseos. El desasosiego, la falta de paz, es igualmente parte de nuestro ser. Es la tensión que nos domina sin que sepamos que hacer con ella. Preguntar y orar son las formas de encaminar la tensión de la vida.
La libertad implicaría ser capaces de no responder a nada pero, en realidad, no somos realmente libres pues nuestra vida discurre por caminos ya trazados, aunque los ignoremos (casi) totalmente. En todo caso, ser más libre, es asumirse como discontinuo, rechazar cualquier definición definitiva de sí mismo. Llegar entonces a la intimidad más profunda. El ser “se duerme en mi regazo lo velo a él y su respiración bien rimada”. “La vida real sólo se alcanza por lo que hay de sueño en la vida real”.
“Soñar despierto es la realidad”. En el soñar se afirma nuestro perro-entraña y en el estar despierto es el mundo que nos demanda. Nunca somos, siempre “estamos siendo”. “La vida real es un sueño con los ojos abiertos (que todo lo ven distorsionado)”. “Nunca se lo que ocurrirá en forma de palabras”.
La salud mental es permisividad, aceptar el azar… dejarse ser… Pero tengo miedo de mi libertad porque la ilusión puede terminar en decepción y sufrimiento que, para colmo, pueden terminar por gustarme. Entonces me estanco en la repetición, construyo así un refugio, una prisión, dolorosa pero segura. La libertad implica no tener hábitos sino sólo antojos. La libertad sule ofender.
La vida es un conflicto irresoluble entre la libertad, que potencia lo virtual, y la muerte que lo clausura. Pero ¿se puede hacer algo más que morar en la tensión? Lispector piensa que ser fiel a la propia y disgregada humanidad es ante todo ser consciente de la nuestra necesidad. De esta escucha y conciencia de la necesidad nace la esperanza, la posibilidad de orar. Ahora bien, rezar y esperar implican ilusionarse. Pero la ilusión, otra vez: la expectativa de lo bonito, nos hace vulnerables al goce mísero que siempre puede encontrarse en la decepción y el sufrimiento. Entonces sólo amándome puedo encontrar mi salvación. Solo dejándome ser puedo pasar por el sufrimiento sin detenerme en él. De otro modo estoy perdido.
“He hecho la más urgente: una oración. Rezo para encontrar mi verdadero camino . Pero he descubierto que no me entrego totalmente a la oración, me parece que sé que el verdadero camino acarrea dolor. Hay una ley secreta y para mí incomprensible: sólo a través del sufrimiento se encuentra la felicidad. Me tengo miedo porque estoy siempre dispuesta a sufrir. Si yo no me amo estaré perdida, porque nadie me ama hasta el punto de ser yo, de serme. Tengo que quererme para darme algo. ¿Tengo que valer algo? Oh, protegedme de mi misma, que me persigo. Valgo cualquier cosa en relación con los otros pero, en relación conmigo, soy nada.
Es tan bueno tener a quien pedir. No me molesta mucho que no me complazcan totalmente. Le pido a Dios que me haga más hermosa y de pronto mis ojos brillan al mismo tiempo que mis labios parecen más dulces y llenos. Le pido a Dios todo lo que quiero y necesito. Es lo que me corresponde. Ser o no ser complacida no me corresponde a mí: eso es ya materia mágica que se me da o se me niega. Obstinada, rezo. No tengo el poder, tengo la oración”.
Hay una verdad que desconozco pero a la que no dejo de apuntar. Mientras lo haga encontraré alguna satisfacción. “Escribo con palabras que ocultan otras, las verdaderas. Es que las verdaderas no pueden denominarse. Aunque no sepa cuáles son “las verdaderas palabras”, estoy siempre aludiendo a ellas. Mi fracaso espectacular y continuo prueba que existe su contrario: el éxito. Aunque no se me haya dado el texto me satisfago en saber que existe…”
El lenguaje, y la coagulación de sentidos que resulta de la reiteración, terrmina por envilecer la percepción. Ver una cosa guiados por el interés que nos despierta su función o utilidad es cegarnos a su materialidad plena que solo puede captarse desde su “aura”, desde una mirada capaz de restituir la pluralidad de los significados virtuales que definen al objeto. . “La casa. Este es un castillo de piedra maciza. Pero su aura es un nido de leve luz lunar. El sol brilla en él como en un espejo”. Es posible un nuevo modo de ver las cosas. “Vivir más es usar los sentidos en un terreno diferente al habitual”. La afirmación se extiende hasta mi propio ser “Soy un espejismo de tanto querer verme, me veo.”
Las cosas no existen cada una por si misma. “La cosa propiamente dicha es inmaterial”. “Lo que se llama cosa es la condensación sólida y visible de una parte de su aura”. “El aura es la savia de las cosas”. “El espíritu de la cosa es el aura que rodea las formas de su cuerpo… es el movimiento liberado de la cosa”. El aspecto cosa surge siempre desde una mirada que es de cualquiera, que no es de nadie. Esa mirada es, desde luego, una cosa. Entonces la cosa surge de la cosa. Descubrimos el aura de las cosas cuando experimentamos que las palabras no bastan para dar cuenta de la singularidad de algo. El paisaje que nos sobrecoge, la belleza que nos estremece, nos dejan mudos, vacilantes. El aura deslumbra, convoca a nuestros sentidos, a una percepción personal, a una actitud más contemplativa. No obstante, cuando nombramos esa realidad la encerramos en un concepto, la violentamos. El aura se cosifica bajo la mirada que no se detiene y que clasifica y sigue adelante. El aura de las personas “fluye y refluye, se omite o se presenta, se enternece o se encoleriza”. “El aura de las cosas es igual a si misma todo el tiempo”.
“Mi dificultad viene de lo que es veraz en mí”. “cuanto menos estilo se tenga más pura sale la palabra desnuda”. “Busco el desorden, busco el primitivo estado de cosas. Es en él donde me siento vivir”. La premeditación, la errancia de nuestro ser, es la forma de escapar de nuestro carácter de cosa. La premeditación es al pensamiento lo que el aura es a la cosa.
“Pero aun fragmentario y disonante y desafinado, creo que en todo ello existe un orden sumergido. ¡sí! Existe una voluntad”
Lispector combate en dos frentes: de un lado contra las coagulaciones de sentido que nos alejan de lo primordial de nuestras sensaciones físicas, y, de otro, contra la lasitud o viscosidad de un arraigo en el cuerpo, que puede incrementar nuestra sensibilidad, pero que desempodera la vida. Estos combates no pueden ganarse de una vez para siempre. Son luchas abiertas que comprometen al sujeto en un ir y venir entre un frente y otro.
De una parte está el deseo de ser agente, entender “esa falta de definición que es la vida”. No ser víctima de una experiencia sino “autorizarla”, “agenciarla”. Escribir es un acto volitivo que se enrumba a la “búsqueda de la veracidad íntima de la vida”. Pero la vida son ante todo “pulsaciones”, fragmentos. No es algo que se pueda asir. Por tanto lo que corresponde es “prescindir de ser discursivo. Así: polución”. Entonces cuando “el yo comienza a no existir, a no reivinicar nada, comienza a formar parte del árbol de la vida: eso es lo que lucho por alcanzar. Olvidarse de sí mismo y no obstante vivir intensamente”. La divagación es expresión fiel del carácter errático de la vida. Es una búsqueda sin encuentro, una y otra vez reiniciada. A veces satisfactoria, a veces dolorosa, pero siempre incierta y corajuda.
¿Cómo carectirizar la filosofía del sujeto implícita en Un soplo de vida? No se trata del sujeto fuerte, dueño de sí, tal como lo imaginara el racionalismo o la llamada psicología del yo. En todo caso está más cerca de esa sombra de agencia que es el sujeto en el pensamiento estructuralista. Pero tampoco se trata de una mera ilusión. El sujeto es una virtualidad que se explora a si misma para poder nacer. Finalmente, y esta es su carta de ciudadanía, logra estar con el resto de los hombres. Pero siempre es una criatura incierta. “Yo estoy amaneciendo -El resto es la tragedia implícita del hombre: ¿la mía y la suya? ¿La única salida es solidarizarse? Pero “solidario”, lo sé, se parece a “solitario”. Finalmente la voz del “autor” concluye la novela diciendo: “estoy obligado a interrumpir porque Angela interrumpió la vida yendo hacia la tierra. Pero no la tierra en la que a uno lo entierran sino la tierra en que se revive. Con lluvia abundante en los bosques y el susurro en las ventoleras. Por mi parte, estoy: Sí.´Yo… yo… no. No puedo acabar´ Creo que…” Resulta entonces que Angela se ha internado en el mundo de sus semejantes pero que el “autor” sigue preguntándose.
Un soplo de vida puede leerse como un ensayo de educación de la sensibilidad. Otra vez: un libro de sabiduría. Desechar lo falso, combatir los ídolos o modelos. Luchar ante todo contra la idea de trascendencia, y de su seducción: la promesa de un más allá en el acá de la vida. No hay un descanso total pues la vida requiere de una interrogación que nos permita escapar de aquello que pretende definirnos. Se trata, finalmente, y sobre todo, de “dejarse ser”. Aceptar la condición errante del ser que somos. Y mientras tanto aferrarnos a nuestra necesidad, a nuestro “hambre”, y seguir orando.
Dios es uno de los nombres de la esperanza, de ese valor que necesitamos para asumir nuestra libertad, para dejar que nuestra aura sea. Aura que el mundo social trata de domesticar una y otra vez mediante la violencia del lenguaje y la exigencia de una identidad fija y respetable. La sabiduría de Lispector, su ciencia del buen vivir, no proviene de los libros ni pretende ser sistemática. Resulta del decantamiento reflexivo de la experiencia, de un diálogo con la vida en un mundo donde comienza a ser posible liberar la individualidad de las ataduras del cuerpo y la sociedad.

Nos deja sin piso para quienes ya tenemos parametros ya establecidos respecto a la vida dentro de una dimensión tradicionalmente religiosa… Señala verdades que hay que contemplar “La vida real sólo se alcanza por lo que hay de sueño en la vida” con los ojos abiertos
Nunca había pensado que habia una dimensión diferente de percibir la vida, realmente es interesante y me ha dejado muchos dilemas… El “dejarse ser” de Clarice tienen algunos puntos de convergencia con la visión que se nos da en la pastoral, el Dios de la vida y de la esperanza nos acompaña para asumir nuestra libertad en el día a día. Pero voy a seguir repensando a Clarice.
Gracias por ello. ANA TERESA.
Comment by ANA TERESA ZEGARRA C. — 2008 01 @ 12:22 am