Julia Kristeva. “De los signos al sujeto”. En: Las nuevas enfermedades del alma. Ed. Cátedra, Madrid 1995.

Según Kristeva, el Evangelio según San Juan puede leerse como un “debate semiológico”. “A la concepción de los signos según las ‘gentes’, Jesús opone una interpretación diferente. Inserta estos signos en los que se presenta como una teoría del sujeto”. El relato de San Juan atraviesa la magia para inscribirla en una compresión diferente de la fe. El atravesar la magia implica partir de ella. “En primer lugar, según el evangelista, un signo no es un indicio formal para el que lo recibe. Un signo sólo tiene valor para su destinatario si responde a las necesidades sensoriales del receptor” (pp. 122). Al responder a esas necesidades como el hambre y la sed, los signos obtienen el poder que les confiere su carácter de signos. Tenemos, pues, una rehabilitación de la sensualidad de los afectos. Pero no se trata de quedarse fascinados a la vista de ese signo – don recibido. En vez de quedar subyugador por el signo “desplazados… hacia vosotros”. Es, pues, imprescindible pasar de los signos – alimentos de nuestras necesidades al yo, “confiar en yo”. Al alimento perecedero del don milagroso (maná) se contrapone el alimento que permanece para la vida eterna, que nos es dado por el Hijo del hombre.

El “Hijo del hombre” es un sujeto absoluto que se apoya en una relación estrecha con Dios Padre. El Hijo es el representante y el Padre es el representado, están “pegados” el uno al otro… La ofrenda y su destinatario se convierten en una satisfacción a través del sufrimiento y la herida. El hecho de que el Hijo significa al Padre debe ser desplegado por los destinatarios del relato evangélico. Tal como el Hijo contiene al Padre, nosotros debemos confiar en Él. “El significado es una confianza que se tiene en el otro, que a su vez es tratado por su propia confianza en su padre”… se plantea una pre-existencia del sentido en y por la persona del Padre… El signo es una trayectoria del sujeto que sustituye al signo – don.

De esta manera se abre un espacio interior invisible gracias al cual lo sensorial se traspone a una dimensión simbólica. En la medida en que el Hijo es generado por el Padre, significado por Él, el Hijo conserva su confianza y suscita las confianzas de los demás.

El acceso a este espacio es posible gracias al banquete eucarístico “mediante el cual el comulgante se ve invitado a ‘comer la carne del Hijo del hombre’ y a ‘beber su sangre’” (pp. 124). Se trata de una intensa identificación del participante con el Cristo que tiene la confianza del Padre. “También se invoca una verdadera ‘transustanciación’ que abre los diferentes registros de la experiencia subjetiva en el creyente: de los afectos al amor sublimado, de la violencia devoradora a la confianza asimiladora, y a la inversa. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él’ Juan: 6, 56.”.

El comulgante comparte la pasión de Cristo, sujeto absoluto y modelo del creyente. Entonces, los que antes eran descifradores de signos deberían transformarse en sujetos.

Se produce una subjetivación de los signos. Ello permite al sujeto el tiempo infinito de la interpretación: “tiene la eternidad de su parte”. De otro lado, la identificación simbólica con el Hijo de Dios, centrada en la palabra, posee un efecto directo sobre el cuerpo. Volvemos a encontrar aquí la base sensorial y afectiva de los signos que se planteó desde el principio. “Al saberse unido por la palabra al sujeto absoluto, el creyente consigue la revitalización de su propio cuerpo. Se trata de una experiencia de regeneración sensorial y corporal por efecto del amor al otro, que se imagina como promesa de vida eterna”… No obstante, este efecto renaciente de la palabra sólo es un efecto retroactivo de la situación del sentido. Sin desautorizar la carnalidad del sujeto, Juan insiste en la centralidad del espíritu y la palabra.

La reflexión de Juan ofrece al psicoanálisis un trayecto ejemplar. “Partiendo del signo – don que somete a ‘las gentes’ al poder de otro, el pensamiento juánico desarrolla una teoría del amor – identificación a dos niveles (entre Jesús y Dios; entre el creyente y Jesús) como fundamento de una subjetividad compleja. En su seno, el signo deja de ser un don. Efectivamente, el signo – don que satisface la necesidad y la hace morir se inscribe necesariamente en la finitud de un poder por la muerte (“vuestros padres comieron maná en el desierto y murieron”). Ahora el signo actúa como algo más que una metáfora: trasporte al padre, dominio sobre la violencia de los afectos, reactivación de la acción interpretativa y finita, y vuelta a la identidad corporal. Desde esta perspectiva, el don del Hijo al Padre, la muerte de Jesús, se inscribe dentro de la confianza (el transporte, el amor). “Reactiva la infinitud del sentido y de la vida, sin congelarse ni en la muerte – satisfacción ni en poder real mortífero”. Es lo que Jesús precisamente rechaza.

Comentarios:

Kristeva contrapone dos modelos del signo. En el primero, que tiene lugar entre las gentes necesitadas y de un Dios protector, el signo es un objeto que al satisfacer la necesidad de las gentes viene a simbolizar la presencia del donante. Dios provee a su pueblo, lo satisface, pero sólo en su necesidad inmediata.

El caso del signo tal como es elaborado por Juan es muy diferente, aunque parte también de la necesidad corporal. No obstante, ese signo remite a una identificación con el Hijo que representa al Padre. No se trata de cubrir las necesidades inmediatas, sino sobre todo de crear un lazo de confianza y de amor que es, precisamente, el fundamento de la subjetividad; un lazo de confianza que fundamenta un significado que es indefinidamente interpretable. De otro lado, esta confianza revitaliza. Es decir, fundamenta la autoconciencia y la identidad corporal a una instancia del Otro que implica la posibilidad de una autonomía basada en la seguridad del vínculo. Estamos, entonces, ante el surgimiento de la interioridad cristiana como espacio que se abre a partir de la fe en el ser amado. Con el psicoanálisis se metamorfosea el rito de la asimilación eucarística en una epifanía del sujeto.