“No hay peor pecado en la vida que ser aburrido”
(Paris Hilton)

Su “look” es de personaje de historieta. Sus pantalones apretados, su blusa color plata, y su cabellera lisa y pelirroja le dan un aura de irrealidad y caricatura. Es una apariencia fabricada, su humanidad es solo el soporte de un personaje que se pretende “sincero”, “veraz” y, sobre todo, divertido. De otro lado su gestualidad exaltada evoca a alguien que se está conteniendo de la urgencia de ir al baño, como si tuviera cosas tan importntes que decir y le faltara el tiempo para hacerlo. Finalmente, los altibajos de su voz y sus risitas desenfrenadas nos llaman a ser cómplices de una verdad “picante”, oculta, sabrosa.

No hay nada que hacer, Magaly Medina compone una figura de indudable carisma para quien está a la búsqueda de un festín u orgía de maledicencia y sarcasmo. El clima emocional de su programa captura el ánimo de sus televidentes. No en vano ha logrado un consistente rating de alrededor del 15%. Audiencia compuesta de públicos muy diversos en términos de edad, género y grupo social. Es un público fiel que sabe muy bien lo que espera. Sus televidentes están tan predispuestos a la sonrisa que a Magaly no le cuesta esfuerzo hacer reír. Entonces cualquier humorada desencadena una carcajada. No hay duda, estamos bajo su hechizo, anhelantes de más. Definitivamente leales, cómplices, comprados.

Ciertamente no reivindica la seriedad. Su impostura es sarcástica e hiriente. Su propuesta es divulgar los “secretos inconfesables” de personajes conocidos de manera de hacer pasar a su público un “buen rato”. La fórmula se repite una y otra vez. No, las cosas no son como se pretenden. Esas estrellas de la televisión y el deporte son muy distintas a como se pretenden. Tras una tenue fachada de honorabilidad se oculta lo transgresivo e inmoral. Es la vieja lógica del chisme, del relato que hace gozar desnudando la falsedad, mostrando los pies de barro de la gente famosa.

En uno de sus programas se dedicó a injuriar a Jeanet Barboza. La presentó como manipuladora y poco imaginativa, como una roba-maridos. Como una persona que, a falta de capacidades, se desespera por llamar la atención y mantenerse vigente en la competitiva escena chollywoodense. Magaly comentó declaraciones de la Barboza donde ella insinuaba una relación afectiva con Federico Anchorena. Recordó que había hecho exactamente lo mismo hace unos años cuando pretendió “colgarse” de Federico Salazar. Un hombre comprometido, igual que Anchorena. Barboza, nos dice Magaly, busca visibilidad mediática a través del sensacionalismo, insinuando relaciones galantes con hombres que no están disponibles, pero que habrían sido atraídos por sus encantos. Entonces lo que parecen confesiones espontáneas, son, en realidad, intentos de llamar la atención mediante el escándalo.

La Barboza sería pues una mujer sin talento que busca como fuere una presencia que no merece. Magaly se coloca, entonces, en el plano de una jueza que, ejerciendo una censura moral, corta las alas a esa supuesta mariposa del amor que, según ella, sería más un gusano. La descalificación nos resulta graciosa en la medida en que somos cómplices, en tanto compartimos sus apreciaciones. El subtexto sería el siguiente: “Jeannette Barboza, ese ícono admirado, que para muchos representa el logro por el esfuerzo personal no merece, en realidad, ninguna consideración, pues se trata de una mujer fácil, sin talento, y sus éxitos se los debe a “regalarse” a quien tenga el poder de hacerla visible en la escena mediática”. Lo que resulta gracioso es el gesto de “desvestir” a la figura pública, encontrar que no hay nada valioso, que todo es impostura.

No obstante, es claro que la presentación de Magaly invisibiliza las cualidades que han hecho de la Barboza una animadora de mucho éxito. Se trata de su naturalidad y calidez, de su identificación con el Perú provinciano. Estos rasgos catapultaron a su programa La movida de los Sábados a altos niveles de rating. En el trabajo de Rocío Trinidad, sobre el efecto de la televisión en los niños del campo, hay evidencia de que Jeanet Barboza es un ícono para los niños de las comunidades campesinas, pues ellos la perciben como alguien semejante, como una figura con la cual se pueden identificar. Su biografía “oficial” nos dice que ella viene del campo, del mundo de abajo, que ha usado yanques, y no se avergüenza de su origen social. Jeanet Barboza encarna, pues, una figura de éxito social y de calidez para con el mundo provinciano y migrante. La inmensa mayoría del país. Se trata de una combinación tan exitosa como difícil de lograr. Y más aún de mantener, en la medida en que en nuestro mundo social todo progreso suele conllevar la tentación a una mimesis con los de arriba y a un desprecio hacia los de abajo. Como comentario al paso puede decirse que quizá la tragedia de Jeannette haya sido ceder a esta tentación. Así en vez de perseverar en la proximidad al mundo popular apostó a una sofisticación arribista y negadora. Entonces perdió la popularidad entre los de abajo sin ser tampoco aceptada entre los de arriba.

Sea como fuere, es evidente que en los comentarios de Magaly hay una actitud racista. La Barboza sería la huachafita que sin mayores estudios trata de abrirse campo, saltando de cama en cama. Magaly pretende devolverla a su lugar, destruir su imagen pública. Aquí la situación es paradójica, por cuanto Magaly necesita que Jeanette sea famosa para que destruir su imagen tenga interés, produzca rating. Es decir, requiere que su víctima tenga un éxito que ella no quiere ni pretende explicar, pero sí desea aniquiliar. El desconocimiento de sus méritos y el goce en des-vestirla tiene, pues, un trasfondo conservador. No se valora sus virtudes, solo se denuncia su falta de capacidad. Su aparente éxito dependería de la liberalidad con que distribuye sus favores sexuales. Ahora bien, Jeanette es, en realidad, un “modelo de identidad” que exalta un nosotros- los- provincianos- que- nos- sentimos- orgullosos. No obstante, debe reconocerse que parte de su éxito responde a la exhibición de sus atributos físicos, a figurarse como mujer despampanante que, aunque de origen popular, puede gustar a todos.

¿Por qué puede ser gozosa la destrucción del carisma de un semejante? ¿Por qué tanta gente se ríe cuando una persona aparentemente importante es “reducida”? ¿No será la satisfacción de sentimientos de agresión y envidia? ¿No será la confirmación de un racismo que nos cerciora de que nuestra manera de ver las cosas es la adecuada? ¿Por qué la mezcla de desprecio y agresión resulta gratificante?

No es fácil responder estas preguntas. En todo caso es necesario “problematizar” el éxito de Magaly, es decir, investigar lo que ha ocurrido en la sociedad peruana y en nuestras subjetividades para que la propuesta de su programa sea tan exitosa. En los años ochenta, Gisela Valcárcel, la “reina del mediodía”, con la consigna “todos somos lindos”, lograba índices muy altos de rating, sobre todo en las señoras de su casa. Ahora Magaly obtiene un éxito similar con la consigna “todos somos basura”, especialmente entre los jóvenes.

El espectáculo que nos ofrece Magaly puede compararse con el Circo Romano. Es el goce en la destrucción de las honras que son denunciadas como imposturas, detrás de las que se esconde una realidad inmunda. El goce de hacer y consumir estas denuncias es sintomático de la época en que vivimos, marcada por el individualismo y la caída de todo lo elevado. La denuncia de las llamadas prosti-vedettes es al respecto emblemática. En una de las emisiones más recordadas de su programa, Magaly denunció a varias vedettes acusándolas de ejercer la prostitución. Para ello montó un operativo con cámaras secretas, disfrazando a sus periodistas como clientes dispuestos a pagar lo que fuera.

En el mundo donde Magali es la reina, el nuevo canon de interpretación de las acciones de la gente es la conveniencia personal. Es lo único que existe. Lo demás es mistificación bien pensante y absurda. Ingenuidad trasnochada o hasta hipocresía. Se trata, pues, de una visión ácida de la vida, de donde queda excluido el amor. Es una reafirmación humorística, sarcástica, del credo de que en la vida todo el mundo atiende sólo a su goce, por lo que nada bueno o generoso debería esperarse.

Magaly es un síntoma de la “magalyzación” de la sociedad peruana. En los medios de comunicación se registra el mismo fenómeno en los programas políticos. En casi todos estos programas se, goza con fruición de las denuncias a los personajes públicos. El público es fiel pues está esperando justamente eso, la ración cotidiana de desencanto, la persuasión de que todo es una cochinada.

La “maldad” de Magaly se oculta como ironía o como “investigación seria”, como un reestablecer la verdad de las cosas. La propia Magaly se presenta a sí misma en clave humorística. Ante todo, pretende hacer reír. Eventualmente se justifica como una desmitificadora lúcida de inocencias supuestas. ¿En qué medida esta ironía viene a neutralizar el sentimiento de culpa que debe traer el gozar con el sufrimiento infringido?

Magaly se justifica como pretendiendo hacer reír. Hacer daño sería sólo un medio o instrumento, pues lo importante sería generar alegría. La risa tendría “daños colaterales” inevitables, pero justificados. En síntesis, lo importante es la risa fácil y el costo no interesa. ¿En qué medida es defendible esta posición? Si fuera cierta tendríamos que decir que su programa es en el fondo cómico. No obstante, en los programas realmente cómicos, la risa no destruye, no es amarga. Es benevolente, reconcilia con la vida, puesto que cualquiera puede ser como la persona que provoca risa. Esa debilidad humana está en presente en todos. No es una risa moralista que distancia, juzga y se escandaliza; sino que acerca y humaniza. Por tanto, no podría decirse que la crueldad sea algo accesorio en el programa de Magaly. Se trata de algo central, la suya es una propuesta de gozar con la denigración ajena.

Y es que lo peor que hay en el mundo es el aburrimiento y la tristeza. Magaly le garantiza a su público que ella alejará ambos fantasmas. Entonces, podemos concluir que el entretenimiento sádico que ofrece Magali es una forma de huir de las complejidades de la vida. Se traslada al otro los propios sufrimientos. Simone Weil decía que la paciencia es la virtud que nos permite no convertir el sufrimiento en crimen. La propuesta de Magaly es justamente la opuesta pues se trata de convertir el sufrimiento en crimen.