1.- La crónica urbana es un género discursivo que apunta a una reconstrucción razonada de hechos “interesantes”. En este sentido, se aleja de lo que sería el cuadro de costumbres o la estampa típica, en tanto géneros donde se identifica la costumbre por todos conocida. La crónica urbana debe apuntar a razonar lo vivido pero no pensado, a desenmascarar los supuestos invisibles de la vida cotidiana. La cuestión del lenguaje y las técnicas narrativas es, desde este aspecto, totalmente secundaria. El virtuosismo en el uso del lenguaje puede llevar una retórica elegante, pero vacía de urgencia comunicativa. Por el contrario, un uso defectuoso del lenguaje no está reñido con el poner en evidencia esas realidades sabidas pero de todas maneras ocultas.

2.- En la crónica urbana la posición de enunciación es fundamental. Cuando se trata de la primera persona la crónica se convierte en un testimonio. Si se insiste en la manera en que los hechos han afectado al cronista se logrará una mayor empatía, comprensión e inteligibilidad. Esto no significa descalificar las crónicas escritas desde la posición de testigo, donde las cosas ocurren a otros. De cualquier forma algún grado de involucramiento es lo que permite la “profundidad”, la “novedad” de nuestro relato en contraste a las narraciones estereotipadas y predecibles.

3.- Es muy instructivo comparar las crónicas escritas por los estudiantes de sociología de EE.GG.LL de la PUCP con las escritas por los alumnos de IV año de media del colegio José María Arguedas de Comas. Muchas de las crónicas de los estudiantes de la PUCP están muy bien logradas desde el punto de vista estilístico. Todo lo contrario sucede por las elaboradas por los alumnos de José María Arguedas. No obstante, yendo a lo sustantivo, el poder iluminador del relato, la cuestión es más compleja. Las crónicas del Arguedas tienden a ser testimonios donde la gente expone sus “púas”, y al hacerlo hacen que el lector vislumbre la situación existencial en la que viven. Un ejemplo aclarará lo que quiero decir. Se trata del relato de un joven que cuenta que al salir del colegio vio que un estudiante era masacrado por jóvenes que desconocía. No obstante, a la mañana siguiente el joven masacrado había traído a sus amigos del barrio y junto con ellos estaban haciendo ahora lo propio con los agresores. A partir de esta situación el joven cronista se hace una serie de preguntas de una gran pertinencia: Si a mi me pegan nadie me va a defender pues no tengo barrio. Pero si me aúno a un barrio me convierto en un objeto codiciado de la agresión de los jóvenes de los demás barrios. Por tanto, solo estoy indefenso, pero protegido suscito las ganas de pelear de otros jóvenes. Entonces, el dilema de estar por su cuenta o sumarse a una pandilla es el dilema entre lo malo y lo peor. Sin que se sepa qué es lo malo y qué es lo peor. En el otro extremo estaría la crónica de una estudiante de la PUCP en la que narra el examen médico a la que fue sometida para conseguir su brevete. La estudiante se presenta como una ciudadana ejemplar que entra en un submundo informal cuya lógica desconoce, produciéndole, no obstante, indignación. La clínica y el consultorio están destartalados y el médico rápidamente la declara apta, obviando los pasos legalmente instituidos. En esta última crónica, muy bien lograda desde el punto de vista estilístico, no se abandona, sin embargo, el terreno de lo obvio.

4.- Pensar que esta situación resulta de que mientras que los alumnos del Arguedas viven entre púas, los de la PUCP viven entre algodones, es demasiado simplista. Los algodones y las púas, en diferentes proporciones, están presentes en toda existencia humana. La pregunta, entonces, es ¿por qué los estudiantes de la PUCP no se ponen en contacto con sus púas y resaltan sus algodones? Y a la inversa, ¿por qué los del Arguedas hacen identidad más en torno a las púas que a los algodones? A esta cuestión de clase social hay que añadir el factor de género. Las mujeres no tienen el tabú de ocultar sus púas. Ocurra de manera inversa con los varones, cuyo modelo es el de una persona potente, que no ha sufrido.

5.- Para
potenciar la capacidad de iluminación del mundo social que la crónica debe tener el autor tiene que exponerse. No tener vergüenza de mostrar su vulnerabilidad, pues ésta es en mismo fundamento de lo humano. Quien pretende escapar se convertirá en un semblante de triunfador vacío por dentro o un “calabaza”. Escribir una crónica implica, pues, una cierta desvergüenza, una restricción de ir más allá de estereotipos, aquel lugar donde “duele”. Es desde ese lugar que podemos apreciar eso vivido pero no razonado que la crónica debe mostrar.

6.- El cronista debe visualizar la realidad en la que se desenvuelva su historia. Describir a las personas, detenerse en sus gestos; poner en evidencia los ambientes y los espacios físicos; hablar de los propios estados anímicos y de las reflexiones que éstos inducen. Entonces, más que lo sorprendente de los acontecimientos, interesa la posición desde la que son sentidos y observados. Una anécdota aparentemente trivial puede contener una gran riqueza de significaciones. Pero el único que puede revelarlas es el propio cronista.

7.- Conclusiones: El cronista necesita devenir un “autor”. Es decir, alguien que ve y siente las cosas desde una perspectiva particular y que puede expresarlas por su propia voz. Alguien que ahonda en lo reiterativo para devolvernos lo acostumbrado como hecho sorpresivo, que manifiesta tanto la dinámica social no visibilizada como nuestras propias reacciones emocionales.