Zizek – A propósito de Lenin. Ed. Atuel. Buenos Aires, 2004
En una ideología efectivamente en funcionamiento, los individuos trasponen su creencia al “gran Otro” (encarnado en la colectividad), que así cree en su lugar; los individuos así permanecen cuerdos en tanto individuos, manteniendo la distancia hacia el “gran Otro” del discurso oficial. No se trata solamente de que la identificación directa con el “engaño” ideológico volvería insensato a los individuos, sino también que la suspensión de su creencia (renegada y desplazada). En otros términos, si los individuos fueran privados de esta creencia (proyectada hacia el “gran Otro”), ellos tendrían que dar el salto de asumir directamente la creencia (quizá esto explica la paradoja de tanto cínicos que se convierten en sinceros creyentes en el punto mismo de la desintegración de la creencia “oficial”).
Esta brecha necesaria en la identificación nos permite localizar la instancia del súper yo: el súper yo surge como resultado de una interpelación fallida; me reconozco como cristiano, aunque profundamente en mí mismo realmente no creo, y este conocimiento de no responder plenamente a la interpelación de mi identidad simbólica, retorna como culpa súper-yoica. Sin embargo, ¿esta lógica no oculta exactamente la situación opuesta? En un nivel “más profundo”, el súper yo da expresión a la culpa, a una traición que pertenece al acto de la interpelación como tal: el resultado de la interpelación en tanto identificación simbólica con el yo ideal es como tal, en sí mismo, una solución de compromiso, una manera de “dar cause al propio deseo”. La culpa de no ser un verdadero cristiano funciona como una presión súper-yoica sólo en la medida en que descansa en la culpa “más profunda” de comprometer el propio deseo identificándome en primer lugar como cristiano…
La fórmula de Lacan “Dios es inconsciente”, apunta a la mentira fundamental que proporciona la unidad fantasmática de una persona: lo que encontramos cuando sombreamos el corazón más profundo de nuestra personalidad no es nuestro verdadero yo, la mentira primordial, en secreto todos creemos en el “gran Otro”.
Lo social es algo con lo que el individuo tiene que relacionarse, que experimentar con un orden que está mínimamente reificado, externalizado. El problema no es, por consiguiente, cómo pasar del individuo al nivel social; el problema es ¿cómo debe estructurarse el orden socio-simbólico descentrado, de creencias y prácticas institucionalizadas para que el sujeto conserve su “cordura”, su funcionamiento “normal”? Tengamos presente el caso común del egoísta, que rechaza cínicamente el sistema público de normas morales; como regla, semejante sujeto puede funcionar sólo si este sistema está “allí fuera”, públicamente reconocido, es decir que para ser un cínico privado, éste tiene que presuponer la existencia de otros ingenuos que “realmente creen”.
Es toda la clave de cómo debe conducirse una verdadera “revolución cultural”: no apuntando directamente a los individuos, intentando reeducarlos… sino privar a los individuos del apoyo en el “gran Otro”, en el orden simbólico institucional. En otras palabras, una “revolución cultural” debe tener en cuenta el descentramiento inherente de todo proceso ideológico, en el que el ritual insensato tiene primacía ontológica por sobre la forma en que intentamos darle un sentido… La creencia de los que participan en un ritual es una “racionalización” del siniestro impacto libidinal del propio ritual.
